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martes, 5 de marzo de 2013

El necesario adiós.

Sheila Acosta Anzalone




El taxi se detiene detrás de las máquinas. Azucena Márquez desciende con dificultad y, luego de atravesar la vereda, cruza, sigilosa y emotiva, el extenso zaguán. Lo desconoce, aún suspendido en el tiempo, lo desconoce. No cambió ese piso de baldosas bordó cuyo entramado geométrico se esfuma hacia un ocre majestuoso. Siempre la obnubiló, durante la infancia, ese destello que unía los herrajes dorados y las manijas de bronce de la ancha puerta de entrada, con el ocre del piso en el que ella daba saltitos de niña feliz. Ahora no podría darlos. Apenas logra deslizarse con sus pies cansados luego de asirse, para recuperarse un poco, de las rejas ya herrumbradas de la cancela. Aquella que otrora fuera el deleite del barrio, la admiración de los vecinos y el regocijo de los moradores de la casa que hoy es un edificio en ruinas. Pero algo de esa soberbia del pasado ha permanecido incólume. Algo no está desvencijado a pesar del tiempo y sus embates.

Tomando del aire que deviene en aliento, el que le permiten inhalar sus ochenta y nueve años de biografía, Azucena Márquez regresa a casa. Regresa a sabiendas de que ésa, la visita que plasma luego de décadas, será, de seguro y definitivamente, la última. Se siente íntegra, la memoria la mantiene tan cabal como su tozudez. Pero el cuerpo, ése que le molesta porque no la deja manejarse como querría, cada día la desobedece más.

-¿Necesita ayuda, doña?-pregunta el taxista.

-No, mijo, esperá que en un rato vuelvo-responde, y agrega para sí, con vehemencia- dejame a solas con mis recuerdos.

Por fin está en la amplia sala, la misma en la que se erigía, imponente, el piano de cola que el padre le compró al cumplir los diez años. Ya no está, ni su niñez crecida ni su juventud perdida. Tampoco la madurez gozada con vitalidad. Pero están los recuerdos. Sin los recuerdos uno no es nada, piensa. Sube la vista hacia los techos altísimos, hoy deteriorados y despojados de la araña señorial que la tentaba a cerrar los ojos e imaginar diversos mundos hacia donde viajar. Recuerda lo pequeña que se sentía recostada en el regazo de su madre, mientras tejía mañanitas a croché y carpetas de macramé. Le habitaron la memoria, vívidos, esos bordados meticulosos en sábanas, manteles, delantales. Las artes que toda mujer que se preciara de honrada debía aprender, además de la elaboración y cocción de los más sabrosos platos que mantendrían en el hogar al hombre de la vida futura. La que tuvo, sí, con el que se llevara la muerte una década y media atrás. Recuerda que él, su esposo, el padre de los hijos, la visitaba antes y después de comprometerse, y se quedaban dialogando en el zaguán. Ése que hoy le cuesta reconocer, es el mismo en el que el único hombre que amó y con quien estuvo en la intimidad, aquel a quien entregó su virginidad en la noche de bodas, le robaba los primeros besos de la adolescencia en flor. Ahí, en ese zaguán inolvidable que escudriña desde la sala, se sintió mujer por primera vez. El cuarto de los padres y el suyo están juntos, unidos por el grueso muro. Se sostuvo con el bastón cuando se asomó a su habitación vacía, la misma en la que se despertó cada mañana hasta los dieciséis años, hasta el mismo día que se marchó casada con Felipe.

Parada, sobre el piso de madera apolillada de su habitación, Azucena recordó esa noche de febrero, cuando luego de la fiesta de carnaval a la que había asistido con su madre, dos tías y Mimí, su prima de idéntica edad, no pudo conciliar el sueño. Tenía catorce años esa vez en la que Felipe, que era un ilustre desconocido, le dijo al oído: “En dos años, cuando termine mis estudios, te vengo buscar y te casás conmigo”. Quedó aterrada por mucho tiempo, pero recordaba esa mirada inquisidora y protectora, a la vez, surgida de los ojos oscuros de Felipe que era tan hermoso a los veintidós años, y se tranquilizaba. Luego fue hasta la habitación de los padres, tantos recuerdos, tanto pasado imborrable revoloteando en la memoria. Recordó ese instante único antes de la boda; aquel en el que la madre, sentada en la cama que de niña le parecía inmensa, le daba consejos para esa primera noche de amor.

Una voz masculina frenó los recuerdos y cavilaciones de Azucena:

-Señora, apúrese, por favor, la gente ya no puede esperar más.

-Está bien, no se preocupe, ya puede comenzar con la demolición-dijo, y una sola lágrima rodó por su mejilla colmada de arrugas, en tanto se afirmaba en el bastón para salir a la calle.


viernes, 1 de marzo de 2013

"LA INSATISFACCIÓN"



Sheila Acosta Anzalone.

Y cómo me rescataría, ahora, la parafernalia maternal, si me hundo, insalvable, en este mar de la infamia. Ya no puedo hacer volver atrás las agujas del reloj. Me resulta imposible, dada mi condición humana, hacer retroceder las crueles arenas del tiempo. El autoritario decidir de Cronos ya lo cubre todo, inmutable. Ya no puedo volver atrás en el espacio en el que medirán estas miserias mías, únicamente mías. Inmorales miserias, si las hay. Imperturbables. Las que, impertérritas, se hallan plasmadas en la pertinacia a calmar mi insatisfacción. Impúdicas acciones las que emprendo diariamente mientras me queman la culpa y la desazón. ¿El motivo? Inescrutable.
Aquí, detrás de la cortina, me hago una y mil veces la pregunta, sólo para intentar aplacar mis ansias: “¿Por qué?” Y no hallo respuestas que me justifiquen. Ya nadie me perdonará ni entenderá ni se pondrá en mi lugar. Sólo se dedicarán a juzgarme, a medir cuan débil soy al haber caído en el más oprobioso de los pecados. El de no poder detenerme ni contenerme. El de no cesar de hacerlo. En todos lados, casas, departamentos, instituciones. Hasta en lugares públicos lo he perpetrado y, en medio del acto, no sentía pudor. Pero ahora, que lo he hecho con todos y delante de todos, he ocupado ese rol que ellos y los que son como ellos, saben. El más doloroso. El más terrible porque me hace presa de los prejuicios de las mayorías. Esta insondable y profana insatisfacción me condujo hacia los peores terrenos. Me ha hundido en las sombras del castigo ejemplar. Me erigió y sepultó en la Magdalena bíblica desprovista de Cristos que pudieran salvarla. No podrían. La lapidación, aunque simbólica, ya será un hecho consumado.
Y me continúo preguntando por qué lo hice y por qué no puedo detenerme. Quizás, lo que pretendía morigerar mis penas sólo las agudizó. Ese consejo, el de no compungirme tanto por algo en lo que muchas caen, en poco, mínimamente, calma mi desolación. Ellos, los que me aconsejan diciendo que peor están las que no lo hacen nunca y que por eso se enferman de gravísimas enfermedades y hasta granos horribles les brotan, desconocen lo que significa esta carga. La de representar y llevar grabado en el rostro y en el cuerpo víctima de la insatisfacción, el estigma del peor de los pecados capitales. El que se provee de los excesos de la carne. La que se niega a ser mortificada. El más repudiado de los pecados, el más temido. Nadie quiere caer en esa difamación de la que nunca se sale.
Y continúo detrás de la cortina, esperado la fatal pregunta, la que será formulada sin la mínima clemencia. Vuelvo a preguntarme por qué participé de esas orgías interminables, porque, aunque gastronómicas, eran orgías. Ya está, ahí viene, está del otro lado. Fuera del vestidor está esa calumniadora que se quedará comentando con la que es como ella, y me pregunta:
-¿Y? ¿Cómo te fue?
Y yo, asumiendo la resultante de la insatisfacción y, dejando de preguntarme por qué carajo comí tanto, le respondo:
-Ni me sube. Traeme, por lo menos, dos talles más.

jueves, 28 de febrero de 2013

"Una asignatura pendiente"



Sheila Acosta Anzalone.



Y todos tenemos, en el transcurso de la vida, una asignatura pendiente. Un muerto en el
placard al que hay que ventilar de cuando en cuando para que eso que debemos y, nos
debemos, no comience a invadirlo todo con el aroma de sus miserias. Yo sabía de estas
cosas desde los catorce años. Desde ese día en el que organicé, simulando ser una líder
de multitudes, la firma de la prueba en blanco. La de Música, aquella que sobrevino a las
audiciones soporíferas de los acordes de cámara del clero. Ésos que el profesor, con
tanta convicción, nos obligó a escuchar. Una lástima que el profe nos hubiese impuesto
ese tema, que desconocíamos era obligatorio. Qué se le iba a hacer, la organización de la
firma sobre la hoja en blanco ya era un secreto a voces, un acto decidido. Pero cuando el
profe dictó las consignas no pude evitar que se revolviera, en mi interior asustado, lo que debía
asumir como responsable: la prueba era una real tontería, podrían haberla contestado los
nenes de la escuela primaria. Desesperada, y habitada por el sentimiento de culpa
mientras el que dictaba su última clase, cuestión que todos desconocíamos, ordenaba sus
partituras, hice el intento, infructuoso, de parar lo que yo misma había organizado.
“Tarde piaste”, decía mi padre cuando la cosa no tenía retorno. No tenía, claro que no.
Mis compañeros me exigían que cumpliera con lo consensuado y, ¿qué iba a hacer? Inútil era
que insistiera. Yo era una líder de principios, una jefa de manada digna, precoz, a mis
catorce años. Cómo no serlo. Cómo no emprender los delirios de heroína venida a menos y
ensoberbecida de más, luego de auto inocularme tantos capítulos de Heidi haciendo caminar
a su amiga alemana paralítica. Después de inyectarme la emisión semanal de La Mujer
Maravilla dispuesta, siempre, a salvar el mundo. Cómo no soportar, en silencio, la
humillación de mi profe de Música que era más bueno que el pan, si gozaba sin pudor las
desventuras del pobre Coyote a manos, o a patas, para decirlo mejor, del cretino a la
enésima potencia del Correcaminos. Y lo hice: firmé la hoja. Fui la última, pero lo hice.
Y el profe, que cuando nosotros llegábamos estaba cansado de ir y venir, me preguntó,
mirándome a los ojos: “¿Por qué?”. Sólo bajé la mirada. No contesté, no le dije la última
palabra que le podría haber dicho. Un simple y sentido “perdón”. No lo hice y, cuando me
arrepentí y quise volver atrás, el profe ya se había ido. Había renunciado. No por mi
culpa, claro. Tendría sus motivos para irse a otra provincia. A Córdoba, me dijeron.
Y así me quedé con mi asignatura pendiente desde los catorce años, esperando ver a quien
debía pedir disculpas por un acto simple de la adolescencia. Recordaba que el profe tenía
un gesto placentero cuando nos explicaba algún tema. Enseñar, seguramente, era algo que
dotaba de un gran placer. Por eso decidí convertirme en docente cuando tenía veinte años,
porque me imaginaba que enseñar y aprender de los otros sería algo formidable. No me
equivoqué y, años después,tuve la posibilidad de acompañar a los profesores de Música,
asesorarlos, guiar su tarea. Y en esa época recordé, como siempre, mi deuda con el profe.
Por eso les sugerí que variaran estrategias, que entendieran que era muy importante que
se comunicaran con los estudiantes, que les transmitieran el disfrute de la música como
un aporte artístico único, inigualable. Uno que acompaña a la humanidad desde los tiempos
más remotos, desde sus inicios. Les pedí que fueran tolerantes y que esperaran, que
tuvieran paciencia, que quizás alguno de esos jóvenes que un día insinuaban no valorar su
trabajo sufrían de un pedido de perdón atorado. Les conté que no era bueno andar con esa
asignatura pendiente, con ese muerto en el placard, desde los catorce años.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Lo que quedó pendiente



de Emi Tudi


Sabía que en algún momento tendría que volver, la casa estaba tal y como ella la había dejado, había que vaciarla, guardar en cajas rotuladas cada recuerdo, separar lo que podía conservarse de lo que sería destinado a algún pariente interesado.

Pero su cuerpo no iba a resistir tanta nostalgia, hacia ya 2 meses y cinco días, que la casa estaba cerrada, no había vuelto a entrar. El sol ya no se colaba por las rendijas, las plantitas del patio fueron muriendo de tristeza, una a una, había llovido, no era falta de agua, era pena.

El mate y el termo sobre la mesa, las galletitas en su latita de Bagley sobre la mesada. La cama tendida. Todo igual que aquel día.

Ana llegaba hasta la puerta y de golpe la envolvía un frio que la paralizaba. No podía pasar de la puerta cancel. Lloraba en silencio, y cuando sentía que las piernas ya no aguantaban corría las dos cuadras que la llevaban hasta su casa.

Sabía que era una tarea pendiente, tenía que poder entrar. La chica de la inmobiliaria la había llamado insistentemente, tenia varios posible locatarios interesados y la plata hacía falta, no podía darse el lujo de tener la casa cerrada.

Mañana temprano después del desayuno vengo si o si, pensó dándose animo. Y como si nada hubiera pasado retomo su rutina y siguió camino hacia el mercado.

Esta vez algo en su interior sabia que al día siguiente lo haría.

Lloro las tres cuadras que la llevaron hasta el mercadito, sin importarle que la vieran. Estaba asumiendo el duelo, estaba sacando afuera ese dolor que la tenia presa.

Ese martes, tempranito, sonó el reloj, lo pospuso sus 5 minutitos mas, dio unas vueltas en la cama, la perra de un salto subió a la cama moviendo el cuartito trasero, le lengüeteó los cachetes con inmensa alegría, como si supiera que tenía que darle valor.

Se levanto, fue a la cocina, tomo su te con dos tostadas y miel mirando por la ventana sus cactus que crecían felices en macetas coloridas.

Se cambio muy despacito, y emprendió la salida.

Finalmente ese día, caja a caja fue vaciando la casa, y con cada cosa que salía del placard iba llenado el corazón. Cada foto un suspiro que la llevaba lejos.

Lloro hasta que las lagrimas no salieron mas, rio, canto, rego las pocas plantitas que quedaban aun vivas.

Abrió las ventanas y entro el sol, brillo como nunca. Ya no había nada pendiente.

martes, 26 de febrero de 2013

El viaje.


Sheila Acosta Anzalone

Una debería obedecer a pie juntillas los consejos de las madres, pensaba en ese instante. Y como para que no: ella me había dicho hasta el cansancio que viajar así era un peligro. Que cualquier día de estos me iba a levantar un loco de ésos, de las películas de terror o suspenso, y me iba a arrepentir de ser impuntual y perder los ómnibus, o directamente viajar a dedo por tacaña. Por no pagar el boleto no porque no tuviese con qué sino por un equívoco sentido del ahorro con el que ponía en riesgo mi vida. Por eso ella me daba, a pesar de haber sido siempre tan categórica, tan altamente taxativa con la frase “la beca ‘mamá que no llega a fin de mes’ caduca el día que te recibís”, el dinero justo para el pasaje de ida y vuelta. Yo era una hija desobediente, prefería gastarme esos pesos en un pancho y alguna golosina, cuestión que borraría del mapa, en poco tiempo, esta figura privilegiada que tengo y muchas de mis compañeras envidian, y me iba a la rotonda a esperar la solidaridad de los que viajaban en auto. Total, la cosa era llegar y gratis, un día en Audi y otro en Rastrojero, pero llegar. Ahora no se me ocurre pensar en esa sugerencia que yo consideraba de vieja anticuada. Amparada, seguramente, en la educación autoritaria que tuvo mi madre al igual que tantas como ella. Las que se privaron en la juventud de vestirse como en el fondo querían.

Ahora ya es tarde, nunca le di crédito a eso que me decía sobre la vestimenta, que si iba a viajar así como viajaba, a dedo, que por lo menos me tapara toda, que me vistiera casi de monja. Y yo no le hacía caso, menos hoy, con este calor de mediados de marzo. Cómo voy a privarme de mostrar mis piernas que las tengo perfectas. Ni una arañita me apareció hasta ahora, y eso que llevo tres veranos trabajando con esos explotadores que no te dejan apoyar el culo en las nueve horas de corrido. Por eso me puse la mini. No, nada exagerada, soy una maestra, tampoco voy andar casi desnuda. Ésta es una pollerita corta, pero no mucho, aunque ahora que voy con este tipo que no me saca los ojos de encima y con gesto lascivo de abusador y desquiciado me pregunto por qué no me puse un yean. Ya es tarde, pienso en este instante.

El tipo no me escucha, le di el discurso de siempre, el que invoco, de memoria, cuando me lleva un hombre. Lo hago suponiendo que una maestra jardinera enternecería al propio Jack el Destripador. Pero éste, que en un primer momento me pareció tan atractivo además de oler bien, a un Hugo Boss que no es una imitación, tiene cara de asesino serial de los lindos. No como los de las películas norteamericanas que ya sabemos cómo los caracterizan: son todos negros horribles, no como esos con los que fantasea una, o latinos feos y con las caras colmadas de cicatrices. Éste no, éste era un abusador pintón, por eso no estaría preso aún, porque su aspecto evitaría las sospechas, me dije. Puteé en silencio contra los estereotipos de esta sociedad, aunque no me sirviera de nada. Nada me servía de nada. Esas cadenas enseñando a prevenirse de una violación no me servían de nada, las que aseguraban que había que serenarse y gritar además de vestirse con ropa que a estos degenerados les costara sacarte, eran dos sugerencias que no me servían para nada: si gritaba nadie me iba a escuchar porque estaba dentro de un auto que circulaba a excesiva velocidad en la ruta, uno a cuyo conductor yo misma había llamado con mi señal del pulgar en alto y en el sentido que viajaba, y estaba vestida con una pollerita que, si quería, me la arrancaba de un tirón o me la subía, y listo.

Ahora, que el tipo se distrae, no me habla, y sube la velocidad a más de 150, pienso en la vida. Nos vamos a matar, el degenerado soltó el volante y me toca. No, no puede ser, voy a morir y sólo tengo veinticinco años. Si no estuviera paralizada le diría que pare, ahí, en los pajonales, al lado de un bañado y, con tal de que me deje vivir, lo hagamos, entre las totoras y los cardones que no cesan de expeler panaderos. Total, puedo simular que estoy borracha, que lo estoy haciendo otra vez con Mauri Torres, sólo mamada pude hacerlo con él. Fue horrible, después me persiguió un año entero, como si ese acto del que no me acuerdo, después de tanta cerveza y fernet lo hubiese dotado de algún certificado de propiedad.

El tipo me manosea mientras sostiene el volante sólo con la mano izquierda y va como a 160. No quiero morir, “hagámoslo”, me sale en un hilo de voz, sólo para vivir, pienso. Total, después de eso, si no me mata, me voy a los grupos de autoayuda. Seguro que hay. Para todo hay grupos de autoayuda. Pero, ¿y si me mata y en la autopsia sale que a pesar de que me mató lo hice sin resistencia? Eso sería un deshonor, pero ya es tarde, el auto se va a la banquina, a 160, me voy a morir, con el honor intacto pero no será un trofeo de nada. Ya estoy camino al túnel, escucho la voz de mi madre. Es natural, antes de ingresar al túnel a una le habla la madre, inconscientemente lo hacen. Después, ya en el interior, te reciben los parientes muertos, los abuelos, los tíos, algún antecesor con una jefatura selecta en el árbol genealógico. Sí, alguno que se mandó alguna hazaña, que estuvo en la guerra, preso, vaya a saberse quién me está por recibir mientras mi vieja grita como una loca, como siempre, bah. Pero ella no me puede escuchar, porque estoy por ingresar al túnel, si me pudiera escuchar le diría que le pase mis bombachas Victoria’ s Secret a Camila, mi mejor amiga, antes que se las rapiñe mi hermana menor, que me olvidé un carefree usado debajo de la cama, que lo saque y lo tire, así nadie me critica y, sobre todo, le diría que se deje de gritar, que los muertitos me van a recibir con bronca si escuchan tanto escándalo. Pero no puedo hablar en estado de muerta que se está despidiendo, no puedo y mi vieja sigue gritando como una condenada:

-¡Nena! ¡Despertate de una buena vez que llueve a cántaros y tenés que viajar sí o sí en micro!

domingo, 24 de febrero de 2013

De la virtualidad y otras yerbas para secar al sol

Sheila Acosta Anzalone

No te entiendo, sabés que no. Cómo te pudiste enganchar con ese tipo. Así, diciendo que estás enamorada. Cómo pudiste, siendo que las relaciones que surgen en la red son eso, sólo eso: una ficción. Que es normal, me decís, que internet es un concierto de soledades y, por eso, porque en esa inmensa telaraña virtual, red de redes, súper carretera informática, pulula tanta gente necesitada de afecto, vos, que sos una soñadora y una crédula te creíste que tu alma gemela andaba por ahí. Mezclada con las de otros millones de mujeres ávidas del amor de su vida. Pero no podés ser tan infantil, che. Largá con el cuento maravilloso del príncipe azul que ya no se lo cree nadie. Está bien, sé que nos formaron así, o deformaron, que vos y yo, que ya cumplimos cuarenta, nos fumamos todos esos teleteatros, desde chicas, acompañando a nuestras madres o no, porque a Andrea del Boca haciendo de pobrecita la soportamos solas, ¿te acordás? Pero, ¡qué manera de bajar línea en esos culebrones! Pretendían que nos convirtiéramos en unas taradas. Como para que no salieras así de ilusa, de descerebrada, habiéndote auto inoculado el veneno de todos los teleteatros de Verónica Castro.Una grosa la petisa, ni viento le echó Thalía con su mala imitación en “Los ricos también lloran”. ¿Y la vieja mala de “Cuna de lobos”? Horror que te tocara una suegra así. O una madre, válganos la suerte, la de habernos salvado de convivir con una víbora, aunque haya tantas por las calles, en el trabajo y hasta en internet, donde nada es verdad. Que el tipo de doró la píldora porque te comentó algo de Borges. Pero no podés ser tan cándida, nena, si en tu información de perfil decís que sos de “la cofradía de adoradoras de Borges”, si alguien quiere acercarse te hace el verso con eso, y listo. O te creíste, de verdad, que te cruzaste con un erudito, con un lector compulsivo. Aterrizá, es obvio que googleó cada mentira que te dijo. ¿Todavía no caés en la cuenta de que todos los tipos están cortados por la misma tijera? Que este es diferente, decís. Pero, nena, son todos idénticos: mentirosos, infieles, mujeriegos, machistas, manipuladores, nenes de mamá. Inmaduros crónicos. No me hagas hablar del género masculino porque estaríamos hasta mañana. Que no te desilusione, me pedís. No, no te desilusiono, si la ilusión la tenés vos. Solita la tenés que abandonar, no necesitás ayuda de nadie para abrir los ojos y ver. Pensá, si el tipo fuese tan real, tan palpable y tan sincero, ¿para qué sigue la historia en el chat? ¿Por qué no te encontrás con él, y se sacan las dudas los dos? Que está lejos, decís, que está en la Patagonia y por ahora no puede venirse, que está agobiado por el trabajo, te dice él. No te digo, cualquier excusa tienen estos mentirosos. Seguro que es una justificación para mantenerte en vilo y que después, al haber esperado tanto el encuentro, le soportes todos los defectos. Porque eso piensan de nosotras los tipos, de las que ya cumplimos cuarenta y estamos solas, que somos unas fracasadas, unas histéricas, y por eso nos tenemos que conformar con cualquier cosa. Bueno, te tengo que dejar, debo contestar unos mensajes. Ah, no te conté, me envió solicitud Alejo Suárez, ¿te acordás qué potro era? Sí, lo seguían todas las pibas, era el traga más lindo y fachero de la escuela. Pero está cambiado. También, como para que no lo esté, pasaron más de veinte años. Se lo nota muy serio en su muro de facebook, se interesa en lo social, no en cosas superfluas. No sabés, me comentó una frase de Benedetti que tengo en la información de perfil y me escribió un montón de poemas lindísimos, dedicados, casi me hago pis con el último. Ahora vive en Rosario, dice que está con mucho trabajo, que por ahora no puede venir. ¿Qué te parece? ¿Dará que vaya a verlo yo?

sábado, 9 de febrero de 2013

"Cuestión de peso"



Natalia Spina
 


Ni me lo cuente. Yo lo se todo. Yo soy el narrador omnisciente –el que todo lo sabe- el que usted no se anima a personificar cuando escribe.

Este año usted cumplirá cuarenta. Y el primero de enero, usted tomo la decisión de empezar una vida sana. Mas bien diría yo, lo que quiere es una vida más equilibrada, más adulta, sin tanto dramatismo, con menos ansiedad. Era hora.
 A pesar de que debía ser más paciente, no había tanto tiempo pues debería dejar de fumar e ir contra lo previsible: engordar. Ya andaba con unos kilos importantes de más pero si, como está escrito, usted dejaba su vicio y aumentaba de peso, el volumen resultante de la experiencia seria lamentable.

Primero lo primero: basta de cigarrillos; olor a tabaco en el pelo, uñas amarillentas y voz de Gata Varela.

Encaró terribles e interminables días con mate sin pucho, con charlas de matrimonio sin humo, consigo misma y sus pensamientos sin confidente, sin su cómplice mas prudente. Dejo desatar todos los efectos químicos, físicos, psíquicos, psicológicos que produce la abstinencia de nicotina en usted. Atravesó todas juntas, la ira, la impotencia, la angustia, la intolerancia, la irritabilidad y hasta pisó los bordecitos de la histeria. Sufrió usted…y su familia que, advertida previamente de la feroz metamorfosis que se venia, obro con cautela y ni opino cuando usted era capaz en el transcurso de un minuto, de llenarse los ojos de lágrimas, limpiar sus mejillas con las manos, poner cara de homicida, y soltar una carcajada de loca que dejaba a la concurrencia de tal espectáculo, tiesa con los ojos sin pestañar y el rictus de de la boca subrayando la preocupación por su dudoso estado de cordura. –“Denme un tiempo por favor" – decía mientras intentaba volver a la compostura.



Evitó bastante mirarse al espejo cuando se vestía pero, a la semana el cierre del pantalón elastizado simplemente explotó, se rasgó como su espíritu tan versátil siempre tan decidido a sostener las más desproporcionadas situaciones. Sépalo: nadie es tan abarcativo. Ni siquiera el cierre de un Jean elastizado. Por eso, buscó ayuda una vez más y fue a la décimo primer nutricionista de su vida.



Luego de dos horas de recorrer la historia clínica (o cíclica?) de su masa corporal y espiritual, tomar medidas como para confeccionar el vestido de Morticia, decidió ella, prescribirle algo muy atinado: “comer como usted ya sabe que corresponde.” Si le llegaba a imprimir un régimen con un menú diario, se moría del aburrimiento y la decepción.

Le habló del respeto por usted misma y la escuchó durante dos horas. ¿Quiere que le recuerde la cantidad de cosas que le contó? Al terminar de escuchar el monólogo de su nueva paciente, lanzó en un suspiro: “Y…sí. Es que el hombre no es sólo lo que come… si no lo que piensa” No consideremos con esto que debe además ir a un psicólogo. Por favor no me haga eso; por lo menos por unos meses.



A las balanzas, ahora las licenciadas, no les llevan mucho el apunte Parece que el ánimo premenstrual pesa tanto como el del tiempo de la seductora ovulación y entre medio hay unos cinco y cinco días de verdad relativa pues depende no sólo de la hora de su digestión sino de la cosita salada que hizo que retuviera líquido si no es el castigo del único permitido que se dio en la semana.



Al salir del consultorio, se dirigió al gimnasio. No quedaba otra. El de la esquina naranja para ser mas preciso; el de amplias ventanas vidriadas y gente admirable tras ellas, mas bien envidiables, ejercitándose y mirando como pasan los autos por la avenida. Es de ahí donde vuelven las madres de los compañeros de sus hijos cuando se saludan al buscar los chicos en el colegio. Pareciera que nadie las hubiera deshidratado Llegan con el cabello brillante y planchado, el conjunto de lycra combinado con zapatillas medias y bolso; la piel siempre bronceada y un noble maquillaje muy natural por cierto, incorruptible Aroma? Perfecto, fresco, cítrico en general y soberbio.



El asunto es que usted ingresó al salón lleno de gente sana realizando movimientos musculares que pensó jamás podría realizar y, tras recibir una sonrisa proveniente de la parte superior de un anchísimo cuello masculino, salio con el papelito amarillo de los horarios, ya inscripta formalmente. Entonces, escuchó sus primeros aplausos. No fueron “los” aplausos de su vida pero sí sonaron las palmas. Sonrió satisfecha.



Tras organizar su vida, la de sus hijos y el trabajo, romper con las tareas terriblemente sedentarias que ama, recurrió a buscar algo de ropa para la primer clase. Como nunca hizo gimnasia, no hay jogging; como nunca muestra las piernas, no hay shorts y lo único suelto que tiene son unas bombachas de gaucho que cuando se las calza, los bolsillos se abren como pinzas en sus caderas. Imposible (escuchó la voz de su madre diciendo “ni se te ocurra ponerte eso”).



Fue entonces-cuando le habló su mamá- que miro hacia arriba y se dio con la parte alta del placard. Constató que no hubiera nadie acercándose a la habitación y, subida en un banquito blanco, abrió la puertita y la sacó: la bolsa de los disfraces. En fin; para no torturarla con el recuerdo de su imagen revolviendo entre alas de abejas, orejas de conejo, peinetones y enaguas resumamos que se subió al auto con una babucha de odalisca, lila, de jersey, ancha y ajustada en los tobillos.



En el gimnasio, la chica que la recibió, escucho la historia de su sedentarismo: “nunca fui a un gimnasio, nunca hice un deporte, nunca salgo a caminar; no necesito moverme mucho para realizar mi rutina cotidiana.” También la escuchó y observó comprensiva y tiernamente, cuando usted le explicó que tenía que bajar catorce kilos, que había comenzado a cuidarse en las comidas y dejado de fumar.



“Pamplona”, así se llama el centro de torturas logotipeado con un hercúleo rinoceronte tomando de una botellita, no tiene tantos espejos como se había imaginado. Entre tantos aparatos, para encontrarse con la propia imagen hay como que buscarse pero cuando usted, accidentalmente se dio con ella, no lo pudo creer. Parecía lista para animar una fiestita. Lo que tiene usted bueno señora, permítamelo señalar también, es que comenzó a reírse y pensó en que sería conveniente sacarse una foto del “antes”. Resultaría un recurso de marketing interesante para los dueños del establecimiento. No deje de recomendárselo.





Mover la estructura ósea fue toda una conmoción interna pero lo más escalofriante fue, sobre la cinta, sentir sudar la gota gorda por sus sienes y ver que “salpicaba” el suelo de goma corredizo. Con el pelo completamente mojado, salió por la puerta ancha, recordando, no sé por qué tan brutal comparación, la escena de la película de Rocky Balboa, cuando golpeado, sudado y sangrante, pensamos todos que no podría volver a pararse para seguir luchando en el cuadrilátero. Percibió nuevamente los aplausos.



Así se sucedieron unos días. Cambió la situación cuando se compró las calzas negras. Estaba bueno mirarse ahora al espejo. De costado no señora, póngase de frente para sentirse mas armónica. A la panza ya la bajará de a poco. El profesor dice que sus músculos abdominales carecen absolutamente de fuerza. Así nomás. Notó que este hombre, esposo de su dulce primer maestra, era tan exigente cuan le habían advertido. Le diré que combina ese aspecto con su obsesión señora. Ah, un comentario al margen: ¿Vio cómo grita de golpe cuando saluda a alguien o cuando anima a algún vencido tras las pesas?



Todo venía aconteciendo de maravilla. La heladera tenía ocupados los cajones de abajo con verduras, las galletitas dulces ahora eran negras, insípidas, finitas y espantosas y reemplazó las gomitas mogul por unos extraños caramelos de algas. Cada mañana al levantarse se sintió mas liviana y ágil; hasta salió a caminar para pasear el perro de una amiga (con lo que odia a los perros).



Pero, un día, luego de media hora de aerobics, se le ocurrió preguntar si había balanza en el gimnasio. Sí. Había. Ahí detrás. Frente al dispenser de agua. Sabía que no debía ir allí; sabia ! Encaró pensando que no podría sacarse la ropa y que no valía la pena descalzarse pues sería lindo ver que, además del peso bajado, tenía que descontar unos quinientos gramos de las zapatillas, por lo menos. Pero allí fue, se subió a ella y, luego de un buen rato, al bajarse del aparato tras haber movido ilusamente la pesita de la decena y visto la flecha indicadora haciendo equilibrio un kilo arriba de hacia dos semanas, la profesora la miró y temió lo que venía. “No te vayas a poner chinchuda ahora ¡Venís tan bien! La balanza no tiene nada que ver… no te amargues!”



Con los ojos llenos de lágrimas, terminó dignamente su rutina y salió , peleada con usted misma, con la balanza, con el sudor, las pesitas y la ridícula bincha de toalla . Creyó que el entusiasmo demostrado era un papelón. Pensó en que quizás esté viviendo una premenopausia y no se había dado cuenta hasta ahora. ¿Que seguiría después? Lo previsible? Yo se cuánto detesta los hechos previsibles… Por eso, quise dejarle por escrito todo. Para que no se olvide de lo que hizo y lo que no hizo.


Escúcheme, léame, y reconozca: ¿llegó a su casa y se preparó un super nesquik? ¿Compró un paquete de cigarrillos, una factura hojaldrada de manzana y unas borlas de fraile? No. ¿Abrió el pan dulce que quedó de la Navidad? ¿ Tomó el frasco de dulce de leche, lo mezcló con avena y se sentó con él a ver “El Clon”? No. Usted simplemente buscó a sus hijos y los acompaño mientras se zambullían en la pileta de natación. Majestuosamente, se llamó al silencio y dijo como Scarlett O’hara en “Lo que el viento se llevó”: “Mañana. Esto lo resolveré mañana” y como por arte de magia sonrió recordando lo feliz que había sido con una porción de cheese cake un par de choclos, una tostada con dulce de zarzamoras y unos adorables chipá de queso.

Aplausos. Más aplausos.



Se lo digo yo que lo se todo. Se lo digo yo que soy usted y él y nosotros: Aunque no lo vea todavía, a usted en la balanza, le está quedando muy bien, la década de los cuarenta.

miércoles, 23 de enero de 2013

Extraña sensación de espera

De Cecilia Ochoa


 



Me río.

Temo. Temo mucho.

Que me pasa? Lo desconozco.Tengo miedo a saber.

Todas las pruebas de supermercado parecen concluyentes.Voy por la tercera y siempre es igual: No.

El singo ¨menos¨ mata la esperanza y yo descarto opciones.

Queda la incertidumbre.

Espero. Algo espero, pero ya no se bien que es. Será en efecto la muerte? Porque me siento ir...

Enfrentar.

Busco un profesional y sigo mecánicamente las indicaciones para un análisis mas exacto. Debí haber empezado por ahi.

De todos modos yo presiento el resultado: se agota el tiempo.

Vivir es una resistencia inútil. Me estoy entregando.

Que me pasa?Sigue el vacío, sigue la extraña sensación dentro de mi. Mi cuerpo no me obedece. Está como desdoblado. Tantos años mío y no lo conozco.

Vómitos. Se sumaron hace días.

Una llamada. La voz de un profesional con el veredicto de mi estado.

¨Sub unidad Beta: ¨POSITIVA¨.

Ya no espero muerte. Mi hijo crece en mi.

Que me pasa?

VIDA.

viernes, 4 de enero de 2013

VACACIONES PARA EL ALMA




Silvana Mandrille



Horas de calma,

ausencia de voces…

Imperio del “Yo”;

necesidad de pensar en sí mismo,

de hilvanar recuerdos,

de escribir poemas,

de leer por placer un libro.



Dejar de extrañar

andar en pijama y pantuflas

por la casa.

Saborear una taza

de café humeante,

disfrutar de los dramas

sólo en las buenas películas.



Vaciar la mente,

llenar el alma;

reír a carcajadas

de los que se quedaron trabajando,

lidiando con las mismas cosas

que uno lidiaba.



Quedarse sin jefe

y sin agravios.

Deshacerse de colegas

envidiosos y frustrados.

Recuperar los vínculos primarios,

afectuosos, emotivos, familiares.

Descansar de la mirada

de rostros impersonales.

Descontar las presiones

y la hipocresía.



Transformar la energía negativa

en positiva.

Construir diques de reserva,

cual almacenes de amor,

para aguantar la estocada

del regreso.

Salvarse del poder y de la gloria,

y así de las angustias

y de las impotencias.



Estar pasivo… Echado en un sillón,

es mucho más que eso;

es buscarse interiormente

y descubrir la esencia,

organizar una fiesta con amigos

lejos del caos laboral.



Libertad de sentir,

decir y hacer

sin cuidado de sensiblerías baratas.

Feliz de que los lomos virgen,

criticadores y ventajeros

por una vez no les quede

otra opción que trabajar

y de convertirse

en sus propios verdugos.



El alma, dueña de paz y alegría,

encuentra su ruta en vacaciones.

Y el ego toma revancha

¿Por qué no?

¡Míralos son humanos como uno

y están padeciendo en el cadalso!

Cada uno, a su tiempo, comprende

cuando camina por el mismo sendero por otros recorrido.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Habitantes de verano




Natalia Spina





Me lo preguntaron. Se los voy a responder. Me lo voy a contar también a mí misma. Hace bien.



Luego de un crudo invierno, una primavera ventosa, austera en colores, huelo la brisa templada de un diciembre inaugurado con lluvias como hacía mucho no llegaban. A pesar de que habíamos creído que la sequía dejaría para siempre manchones de polvo y largas extensiones de piedra, como pircas en los cauces de los arroyos, la vida del agua desató todo el verde baldeando las sierras del pueblo que elegí para vivir, donde nació mi madre, donde pasamos siempre las vacaciones de chicos, Los Cocos.




La luz que me despierta tocando la ventana, la sombra nueva de los árboles de mi jardín, el aroma del dulce de damasco haciéndose, las campanas del Monasterio del frente, me avisan que los habitantes del verano están llegando. Como hormigas cargadas con flores, como saltamontes, constantes y felices, llegan los que cerraron las casas el pasado febrero.




A los costados de una larga avenida de cinco kilómetros, se encuentran escondidas y sorprendentes como hongos recién nacidos, entre bosquecitos de pinos, molles y montes, casitas, casas y casonas antiguas que los lugareños cuidan durante el año, esperando que lleguen sus dueños en la temporada.




No podría yo a estos últimos llamarlos turistas; son coquenses de verano. Un día llegaron y sintieron que habían pertenecido siempre a este lugar. Ya sea porque sus padres los traían de pequeños o porque el destino hizo que bajaran una tarde del vehículo mientras daban vueltas, lo cierto es que los que llegan estos meses a sus casas, vienen a “vivir” y cuando tienen que volver al lugar donde trabajan o estudian, sienten que dejan acá el hogar; “la patria chica”, dice mi padre.




Los miro ahora desde otro lugar pero yo era uno de ellos, uno de esos habitantes de verano.




Cada fines de diciembre, salíamos del auto con mi uno, dos, tres, cuatro, cinco hermanos de acuerdo iban naciendo. Llegábamos escapando del calor de la ciudad, de los grises, de los ventiladores, las inundaciones.


Avanzábamos por la ruta tan cargados que no veíamos casi por las ventanas. Es que traíamos todo lo que más queríamos: los regalos que el Niño Dios nos había dejado en Navidad más el pino que había sido arbolito para plantarlo, las muñecas, los playmóvil, los cuentos, la guitarra, la ropa para “chivatear”-como llamaba mamá a los pantalones emparchados- los trajes de baño, frascos de vidrio para los dulces y algún perro, gato, cabrita o conejo de turno que había sobrevivido en nuestra terraza durante meses para volver con nosotros a disfrutar “La Tarde”, como se llamaba y llama nuestra casa.



Al levantarnos, la primer mañana, la vida ya olía diferente.


Acomodábamos la ropa en los placares con dejos de naftalina; abríamos los cajones con ramitas de lavanda en sus fondos, tendíamos las camas con las sábanas del verano, lisitas, lisitas.

Todo era lo de siempre pero siempre gustaba como nuevo. Los tazones para el café con leche, las teteras de la tarde, los platos de bordecito verde, los coladores de madreselva, los cuchillos para untar de madera y la cucharita con forma de panal de abeja para enroscar la miel.

Una vez “estrenada” la casa, comenzaba la vida en Los Cocos.



Los Reyes Magos llegaban dejando rastros de cáscaras de naranja, pasto revuelto y una jarra de agua vacía. También dejaban un juego de mesa para todos, algún libro, algún cuaderno de tapas duras, gordo y cuadriculado para ser mi confidente el resto del año. Los árboles volvían a ser nuestras “casas”, cada hermano tenía el suyo. Los caballos se buscaban del campo y se llevaban al corral. Se compraba maíz y avena, se los calzaba y, vestían siempre algo nuevo, algún freno, una montura, una caronilla, un cepillo para las crines. Ellos también estrenaban.


Aparecían de a quincenas los amigos de otras provincias y empezaban las caminatas por las montañas. Subíamos al Mástil (un monumento a la bandera construido a 1500 mts), atravesábamos las Pampillas (enormes pastizales ondulados, cubiertos de paja brava resbalosa y fuerte). Por allá arriba, mirábamos los sapitos de colores de un arroyo, los puestos de Brown (un inglés sabiamente delirante que tenía vacas lejos del mundo), trepábamos las pircas de sus corrales, comíamos piquillín, manzanas y sándwiches de queso. Nos llenábamos de viento las caras y volvíamos rojos de sol bajando por el cerro de la Cabeza del Soldado.

Íbamos al río o a alguna pileta, comíamos galletitas con paté y naranjas. Buscábamos ver las víboras de cascabel, si seguía existiendo la iguana al lado del peral, si había alacranes y cascarudos, si daban frutos los durazneros silvestres. Cuando andaba a caballo, cortaba hojas de un eucalipto y las saboreaba un buen rato.

Llegaba el tiempo de las zarzamoras del arroyo de Villa Rosa… Todos creíamos que éramos los únicos que las conocíamos, que sabíamos cuándo y donde llegar. Nos enojábamos si luego de trepar el arroyo con los baldes, las habían llevado antes algunos turistas…. Porque nosotros nunca nos consideramos uno de ellos. Pero cuando teníamos suerte, volvíamos con los dedos y la boca morados, las piernas rayadas y la panza llena. Comíamos el doble de lo que cargábamos para que mamá hiciera el dulce y la tarta de moras. Tomábamos el té al terminar el día y nos acostábamos releyendo las novelas de todos los años. Cuando se terminaban leíamos Selecciones del año del ñaupa e intentábamos entender el humor norteamericano de “La Risa, remedio infalible”.



Crecí repleta de veranos y, cuando pude, salí de la ciudad para arraigarme definitivamente.


¿Cómo es vivir en este pueblo en “no vacaciones”? es un tema muy interesante para otro capítulo. El asunto de hoy, son los días estivales en este pueblo.



Por estos tiempos, tengo casi cuarenta años y algunos descendientes de los que vienen a pasar sus vacaciones a Los Cocos, los de las casitas, casas y casonas que les hablaba, hacen lo mismo que hacíamos mis hermanos, mis amigos y yo.


Hoy que una amiga me regaló damascos; que comí con mis chicos más de lo que recolectamos, me acuerdo de esos días y puedo responder la pregunta.Los comparo con los de la actualidad y, gratamente, puedo decir que es lo que viven hoy nuestros hijos. Que son cinco es otro tema.



“¿No tienen los mismos hábitos, vicios y deseos que los que viven en las ciudades?” Esa también es una pregunta que responderé en otra ocasión, si me lo permiten.




Mientras tanto, déjenme que busque la ropa de chivatear, prepare los frascos para envasar el dulce y compre, para esconder detrás de mis alpargatas en Reyes, un cuaderno gordo, de tapas duras y hojas cuadriculadas para comenzar un nuevo año.