Espacio literario abierto para mujeres que disfrutan escribir. Entre ellas raramente se conocen. Provienen de muchos lugares y tienen realidades absolutamente diferentes. Se fueron sumando y formaron esta ronda.Une palabras, Natalia Spina.
Para participar enviá un mail a palabrasenronda@gmail.com Todas las imágenes están extraídas de la red INTERNET
miércoles, 27 de febrero de 2013
Lo que quedó pendiente
de Emi Tudi
Sabía que en algún momento tendría que volver, la casa estaba tal y como ella la había dejado, había que vaciarla, guardar en cajas rotuladas cada recuerdo, separar lo que podía conservarse de lo que sería destinado a algún pariente interesado.
Pero su cuerpo no iba a resistir tanta nostalgia, hacia ya 2 meses y cinco días, que la casa estaba cerrada, no había vuelto a entrar. El sol ya no se colaba por las rendijas, las plantitas del patio fueron muriendo de tristeza, una a una, había llovido, no era falta de agua, era pena.
El mate y el termo sobre la mesa, las galletitas en su latita de Bagley sobre la mesada. La cama tendida. Todo igual que aquel día.
Ana llegaba hasta la puerta y de golpe la envolvía un frio que la paralizaba. No podía pasar de la puerta cancel. Lloraba en silencio, y cuando sentía que las piernas ya no aguantaban corría las dos cuadras que la llevaban hasta su casa.
Sabía que era una tarea pendiente, tenía que poder entrar. La chica de la inmobiliaria la había llamado insistentemente, tenia varios posible locatarios interesados y la plata hacía falta, no podía darse el lujo de tener la casa cerrada.
Mañana temprano después del desayuno vengo si o si, pensó dándose animo. Y como si nada hubiera pasado retomo su rutina y siguió camino hacia el mercado.
Esta vez algo en su interior sabia que al día siguiente lo haría.
Lloro las tres cuadras que la llevaron hasta el mercadito, sin importarle que la vieran. Estaba asumiendo el duelo, estaba sacando afuera ese dolor que la tenia presa.
Ese martes, tempranito, sonó el reloj, lo pospuso sus 5 minutitos mas, dio unas vueltas en la cama, la perra de un salto subió a la cama moviendo el cuartito trasero, le lengüeteó los cachetes con inmensa alegría, como si supiera que tenía que darle valor.
Se levanto, fue a la cocina, tomo su te con dos tostadas y miel mirando por la ventana sus cactus que crecían felices en macetas coloridas.
Se cambio muy despacito, y emprendió la salida.
Finalmente ese día, caja a caja fue vaciando la casa, y con cada cosa que salía del placard iba llenado el corazón. Cada foto un suspiro que la llevaba lejos.
Lloro hasta que las lagrimas no salieron mas, rio, canto, rego las pocas plantitas que quedaban aun vivas.
Abrió las ventanas y entro el sol, brillo como nunca. Ya no había nada pendiente.
martes, 26 de febrero de 2013
El viaje.
Sheila Acosta Anzalone
Una debería obedecer a pie juntillas los consejos de las madres, pensaba en ese instante. Y como para que no: ella me había dicho hasta el cansancio que viajar así era un peligro. Que cualquier día de estos me iba a levantar un loco de ésos, de las películas de terror o suspenso, y me iba a arrepentir de ser impuntual y perder los ómnibus, o directamente viajar a dedo por tacaña. Por no pagar el boleto no porque no tuviese con qué sino por un equívoco sentido del ahorro con el que ponía en riesgo mi vida. Por eso ella me daba, a pesar de haber sido siempre tan categórica, tan altamente taxativa con la frase “la beca ‘mamá que no llega a fin de mes’ caduca el día que te recibís”, el dinero justo para el pasaje de ida y vuelta. Yo era una hija desobediente, prefería gastarme esos pesos en un pancho y alguna golosina, cuestión que borraría del mapa, en poco tiempo, esta figura privilegiada que tengo y muchas de mis compañeras envidian, y me iba a la rotonda a esperar la solidaridad de los que viajaban en auto. Total, la cosa era llegar y gratis, un día en Audi y otro en Rastrojero, pero llegar. Ahora no se me ocurre pensar en esa sugerencia que yo consideraba de vieja anticuada. Amparada, seguramente, en la educación autoritaria que tuvo mi madre al igual que tantas como ella. Las que se privaron en la juventud de vestirse como en el fondo querían.
Ahora ya es tarde, nunca le di crédito a eso que me decía sobre la vestimenta, que si iba a viajar así como viajaba, a dedo, que por lo menos me tapara toda, que me vistiera casi de monja. Y yo no le hacía caso, menos hoy, con este calor de mediados de marzo. Cómo voy a privarme de mostrar mis piernas que las tengo perfectas. Ni una arañita me apareció hasta ahora, y eso que llevo tres veranos trabajando con esos explotadores que no te dejan apoyar el culo en las nueve horas de corrido. Por eso me puse la mini. No, nada exagerada, soy una maestra, tampoco voy andar casi desnuda. Ésta es una pollerita corta, pero no mucho, aunque ahora que voy con este tipo que no me saca los ojos de encima y con gesto lascivo de abusador y desquiciado me pregunto por qué no me puse un yean. Ya es tarde, pienso en este instante.
El tipo no me escucha, le di el discurso de siempre, el que invoco, de memoria, cuando me lleva un hombre. Lo hago suponiendo que una maestra jardinera enternecería al propio Jack el Destripador. Pero éste, que en un primer momento me pareció tan atractivo además de oler bien, a un Hugo Boss que no es una imitación, tiene cara de asesino serial de los lindos. No como los de las películas norteamericanas que ya sabemos cómo los caracterizan: son todos negros horribles, no como esos con los que fantasea una, o latinos feos y con las caras colmadas de cicatrices. Éste no, éste era un abusador pintón, por eso no estaría preso aún, porque su aspecto evitaría las sospechas, me dije. Puteé en silencio contra los estereotipos de esta sociedad, aunque no me sirviera de nada. Nada me servía de nada. Esas cadenas enseñando a prevenirse de una violación no me servían de nada, las que aseguraban que había que serenarse y gritar además de vestirse con ropa que a estos degenerados les costara sacarte, eran dos sugerencias que no me servían para nada: si gritaba nadie me iba a escuchar porque estaba dentro de un auto que circulaba a excesiva velocidad en la ruta, uno a cuyo conductor yo misma había llamado con mi señal del pulgar en alto y en el sentido que viajaba, y estaba vestida con una pollerita que, si quería, me la arrancaba de un tirón o me la subía, y listo.
Ahora, que el tipo se distrae, no me habla, y sube la velocidad a más de 150, pienso en la vida. Nos vamos a matar, el degenerado soltó el volante y me toca. No, no puede ser, voy a morir y sólo tengo veinticinco años. Si no estuviera paralizada le diría que pare, ahí, en los pajonales, al lado de un bañado y, con tal de que me deje vivir, lo hagamos, entre las totoras y los cardones que no cesan de expeler panaderos. Total, puedo simular que estoy borracha, que lo estoy haciendo otra vez con Mauri Torres, sólo mamada pude hacerlo con él. Fue horrible, después me persiguió un año entero, como si ese acto del que no me acuerdo, después de tanta cerveza y fernet lo hubiese dotado de algún certificado de propiedad.
El tipo me manosea mientras sostiene el volante sólo con la mano izquierda y va como a 160. No quiero morir, “hagámoslo”, me sale en un hilo de voz, sólo para vivir, pienso. Total, después de eso, si no me mata, me voy a los grupos de autoayuda. Seguro que hay. Para todo hay grupos de autoayuda. Pero, ¿y si me mata y en la autopsia sale que a pesar de que me mató lo hice sin resistencia? Eso sería un deshonor, pero ya es tarde, el auto se va a la banquina, a 160, me voy a morir, con el honor intacto pero no será un trofeo de nada. Ya estoy camino al túnel, escucho la voz de mi madre. Es natural, antes de ingresar al túnel a una le habla la madre, inconscientemente lo hacen. Después, ya en el interior, te reciben los parientes muertos, los abuelos, los tíos, algún antecesor con una jefatura selecta en el árbol genealógico. Sí, alguno que se mandó alguna hazaña, que estuvo en la guerra, preso, vaya a saberse quién me está por recibir mientras mi vieja grita como una loca, como siempre, bah. Pero ella no me puede escuchar, porque estoy por ingresar al túnel, si me pudiera escuchar le diría que le pase mis bombachas Victoria’ s Secret a Camila, mi mejor amiga, antes que se las rapiñe mi hermana menor, que me olvidé un carefree usado debajo de la cama, que lo saque y lo tire, así nadie me critica y, sobre todo, le diría que se deje de gritar, que los muertitos me van a recibir con bronca si escuchan tanto escándalo. Pero no puedo hablar en estado de muerta que se está despidiendo, no puedo y mi vieja sigue gritando como una condenada:
-¡Nena! ¡Despertate de una buena vez que llueve a cántaros y tenés que viajar sí o sí en micro!
domingo, 24 de febrero de 2013
De la virtualidad y otras yerbas para secar al sol
No te entiendo, sabés que no. Cómo te pudiste enganchar con ese tipo. Así, diciendo que estás enamorada. Cómo pudiste, siendo que las relaciones que surgen en la red son eso, sólo eso: una ficción. Que es normal, me decís, que internet es un concierto de soledades y, por eso, porque en esa inmensa telaraña virtual, red de redes, súper carretera informática, pulula tanta gente necesitada de afecto, vos, que sos una soñadora y una crédula te creíste que tu alma gemela andaba por ahí. Mezclada con las de otros millones de mujeres ávidas del amor de su vida. Pero no podés ser tan infantil, che. Largá con el cuento maravilloso del príncipe azul que ya no se lo cree nadie. Está bien, sé que nos formaron así, o deformaron, que vos y yo, que ya cumplimos cuarenta, nos fumamos todos esos teleteatros, desde chicas, acompañando a nuestras madres o no, porque a Andrea del Boca haciendo de pobrecita la soportamos solas, ¿te acordás? Pero, ¡qué manera de bajar línea en esos culebrones! Pretendían que nos convirtiéramos en unas taradas. Como para que no salieras así de ilusa, de descerebrada, habiéndote auto inoculado el veneno de todos los teleteatros de Verónica Castro.Una grosa la petisa, ni viento le echó Thalía con su mala imitación en “Los ricos también lloran”. ¿Y la vieja mala de “Cuna de lobos”? Horror que te tocara una suegra así. O una madre, válganos la suerte, la de habernos salvado de convivir con una víbora, aunque haya tantas por las calles, en el trabajo y hasta en internet, donde nada es verdad. Que el tipo de doró la píldora porque te comentó algo de Borges. Pero no podés ser tan cándida, nena, si en tu información de perfil decís que sos de “la cofradía de adoradoras de Borges”, si alguien quiere acercarse te hace el verso con eso, y listo. O te creíste, de verdad, que te cruzaste con un erudito, con un lector compulsivo. Aterrizá, es obvio que googleó cada mentira que te dijo. ¿Todavía no caés en la cuenta de que todos los tipos están cortados por la misma tijera? Que este es diferente, decís. Pero, nena, son todos idénticos: mentirosos, infieles, mujeriegos, machistas, manipuladores, nenes de mamá. Inmaduros crónicos. No me hagas hablar del género masculino porque estaríamos hasta mañana. Que no te desilusione, me pedís. No, no te desilusiono, si la ilusión la tenés vos. Solita la tenés que abandonar, no necesitás ayuda de nadie para abrir los ojos y ver. Pensá, si el tipo fuese tan real, tan palpable y tan sincero, ¿para qué sigue la historia en el chat? ¿Por qué no te encontrás con él, y se sacan las dudas los dos? Que está lejos, decís, que está en la Patagonia y por ahora no puede venirse, que está agobiado por el trabajo, te dice él. No te digo, cualquier excusa tienen estos mentirosos. Seguro que es una justificación para mantenerte en vilo y que después, al haber esperado tanto el encuentro, le soportes todos los defectos. Porque eso piensan de nosotras los tipos, de las que ya cumplimos cuarenta y estamos solas, que somos unas fracasadas, unas histéricas, y por eso nos tenemos que conformar con cualquier cosa. Bueno, te tengo que dejar, debo contestar unos mensajes. Ah, no te conté, me envió solicitud Alejo Suárez, ¿te acordás qué potro era? Sí, lo seguían todas las pibas, era el traga más lindo y fachero de la escuela. Pero está cambiado. También, como para que no lo esté, pasaron más de veinte años. Se lo nota muy serio en su muro de facebook, se interesa en lo social, no en cosas superfluas. No sabés, me comentó una frase de Benedetti que tengo en la información de perfil y me escribió un montón de poemas lindísimos, dedicados, casi me hago pis con el último. Ahora vive en Rosario, dice que está con mucho trabajo, que por ahora no puede venir. ¿Qué te parece? ¿Dará que vaya a verlo yo?
sábado, 9 de febrero de 2013
"Cuestión de peso"
Natalia Spina
Ni me lo cuente. Yo lo se todo. Yo soy el narrador omnisciente –el que todo lo sabe- el que usted no se anima a personificar cuando escribe.
Este año usted cumplirá cuarenta. Y el primero de enero, usted tomo la decisión de empezar una vida sana. Mas bien diría yo, lo que quiere es una vida más equilibrada, más adulta, sin tanto dramatismo, con menos ansiedad. Era hora.
A pesar de que debía ser más paciente, no había tanto tiempo pues debería dejar de fumar e ir contra lo previsible: engordar. Ya andaba con unos kilos importantes de más pero si, como está escrito, usted dejaba su vicio y aumentaba de peso, el volumen resultante de la experiencia seria lamentable.
Primero lo primero: basta de cigarrillos; olor a tabaco en el pelo, uñas amarillentas y voz de Gata Varela.
Encaró terribles e interminables días con mate sin pucho, con charlas de matrimonio sin humo, consigo misma y sus pensamientos sin confidente, sin su cómplice mas prudente. Dejo desatar todos los efectos químicos, físicos, psíquicos, psicológicos que produce la abstinencia de nicotina en usted. Atravesó todas juntas, la ira, la impotencia, la angustia, la intolerancia, la irritabilidad y hasta pisó los bordecitos de la histeria. Sufrió usted…y su familia que, advertida previamente de la feroz metamorfosis que se venia, obro con cautela y ni opino cuando usted era capaz en el transcurso de un minuto, de llenarse los ojos de lágrimas, limpiar sus mejillas con las manos, poner cara de homicida, y soltar una carcajada de loca que dejaba a la concurrencia de tal espectáculo, tiesa con los ojos sin pestañar y el rictus de de la boca subrayando la preocupación por su dudoso estado de cordura. –“Denme un tiempo por favor" – decía mientras intentaba volver a la compostura.
Evitó bastante mirarse al espejo cuando se vestía pero, a la semana el cierre del pantalón elastizado simplemente explotó, se rasgó como su espíritu tan versátil siempre tan decidido a sostener las más desproporcionadas situaciones. Sépalo: nadie es tan abarcativo. Ni siquiera el cierre de un Jean elastizado. Por eso, buscó ayuda una vez más y fue a la décimo primer nutricionista de su vida.
Luego de dos horas de recorrer la historia clínica (o cíclica?) de su masa corporal y espiritual, tomar medidas como para confeccionar el vestido de Morticia, decidió ella, prescribirle algo muy atinado: “comer como usted ya sabe que corresponde.” Si le llegaba a imprimir un régimen con un menú diario, se moría del aburrimiento y la decepción.
Le habló del respeto por usted misma y la escuchó durante dos horas. ¿Quiere que le recuerde la cantidad de cosas que le contó? Al terminar de escuchar el monólogo de su nueva paciente, lanzó en un suspiro: “Y…sí. Es que el hombre no es sólo lo que come… si no lo que piensa” No consideremos con esto que debe además ir a un psicólogo. Por favor no me haga eso; por lo menos por unos meses.
A las balanzas, ahora las licenciadas, no les llevan mucho el apunte Parece que el ánimo premenstrual pesa tanto como el del tiempo de la seductora ovulación y entre medio hay unos cinco y cinco días de verdad relativa pues depende no sólo de la hora de su digestión sino de la cosita salada que hizo que retuviera líquido si no es el castigo del único permitido que se dio en la semana.
Al salir del consultorio, se dirigió al gimnasio. No quedaba otra. El de la esquina naranja para ser mas preciso; el de amplias ventanas vidriadas y gente admirable tras ellas, mas bien envidiables, ejercitándose y mirando como pasan los autos por la avenida. Es de ahí donde vuelven las madres de los compañeros de sus hijos cuando se saludan al buscar los chicos en el colegio. Pareciera que nadie las hubiera deshidratado Llegan con el cabello brillante y planchado, el conjunto de lycra combinado con zapatillas medias y bolso; la piel siempre bronceada y un noble maquillaje muy natural por cierto, incorruptible Aroma? Perfecto, fresco, cítrico en general y soberbio.
El asunto es que usted ingresó al salón lleno de gente sana realizando movimientos musculares que pensó jamás podría realizar y, tras recibir una sonrisa proveniente de la parte superior de un anchísimo cuello masculino, salio con el papelito amarillo de los horarios, ya inscripta formalmente. Entonces, escuchó sus primeros aplausos. No fueron “los” aplausos de su vida pero sí sonaron las palmas. Sonrió satisfecha.
Tras organizar su vida, la de sus hijos y el trabajo, romper con las tareas terriblemente sedentarias que ama, recurrió a buscar algo de ropa para la primer clase. Como nunca hizo gimnasia, no hay jogging; como nunca muestra las piernas, no hay shorts y lo único suelto que tiene son unas bombachas de gaucho que cuando se las calza, los bolsillos se abren como pinzas en sus caderas. Imposible (escuchó la voz de su madre diciendo “ni se te ocurra ponerte eso”).
Fue entonces-cuando le habló su mamá- que miro hacia arriba y se dio con la parte alta del placard. Constató que no hubiera nadie acercándose a la habitación y, subida en un banquito blanco, abrió la puertita y la sacó: la bolsa de los disfraces. En fin; para no torturarla con el recuerdo de su imagen revolviendo entre alas de abejas, orejas de conejo, peinetones y enaguas resumamos que se subió al auto con una babucha de odalisca, lila, de jersey, ancha y ajustada en los tobillos.
En el gimnasio, la chica que la recibió, escucho la historia de su sedentarismo: “nunca fui a un gimnasio, nunca hice un deporte, nunca salgo a caminar; no necesito moverme mucho para realizar mi rutina cotidiana.” También la escuchó y observó comprensiva y tiernamente, cuando usted le explicó que tenía que bajar catorce kilos, que había comenzado a cuidarse en las comidas y dejado de fumar.
“Pamplona”, así se llama el centro de torturas logotipeado con un hercúleo rinoceronte tomando de una botellita, no tiene tantos espejos como se había imaginado. Entre tantos aparatos, para encontrarse con la propia imagen hay como que buscarse pero cuando usted, accidentalmente se dio con ella, no lo pudo creer. Parecía lista para animar una fiestita. Lo que tiene usted bueno señora, permítamelo señalar también, es que comenzó a reírse y pensó en que sería conveniente sacarse una foto del “antes”. Resultaría un recurso de marketing interesante para los dueños del establecimiento. No deje de recomendárselo.
Mover la estructura ósea fue toda una conmoción interna pero lo más escalofriante fue, sobre la cinta, sentir sudar la gota gorda por sus sienes y ver que “salpicaba” el suelo de goma corredizo. Con el pelo completamente mojado, salió por la puerta ancha, recordando, no sé por qué tan brutal comparación, la escena de la película de Rocky Balboa, cuando golpeado, sudado y sangrante, pensamos todos que no podría volver a pararse para seguir luchando en el cuadrilátero. Percibió nuevamente los aplausos.
Así se sucedieron unos días. Cambió la situación cuando se compró las calzas negras. Estaba bueno mirarse ahora al espejo. De costado no señora, póngase de frente para sentirse mas armónica. A la panza ya la bajará de a poco. El profesor dice que sus músculos abdominales carecen absolutamente de fuerza. Así nomás. Notó que este hombre, esposo de su dulce primer maestra, era tan exigente cuan le habían advertido. Le diré que combina ese aspecto con su obsesión señora. Ah, un comentario al margen: ¿Vio cómo grita de golpe cuando saluda a alguien o cuando anima a algún vencido tras las pesas?
Todo venía aconteciendo de maravilla. La heladera tenía ocupados los cajones de abajo con verduras, las galletitas dulces ahora eran negras, insípidas, finitas y espantosas y reemplazó las gomitas mogul por unos extraños caramelos de algas. Cada mañana al levantarse se sintió mas liviana y ágil; hasta salió a caminar para pasear el perro de una amiga (con lo que odia a los perros).
Pero, un día, luego de media hora de aerobics, se le ocurrió preguntar si había balanza en el gimnasio. Sí. Había. Ahí detrás. Frente al dispenser de agua. Sabía que no debía ir allí; sabia ! Encaró pensando que no podría sacarse la ropa y que no valía la pena descalzarse pues sería lindo ver que, además del peso bajado, tenía que descontar unos quinientos gramos de las zapatillas, por lo menos. Pero allí fue, se subió a ella y, luego de un buen rato, al bajarse del aparato tras haber movido ilusamente la pesita de la decena y visto la flecha indicadora haciendo equilibrio un kilo arriba de hacia dos semanas, la profesora la miró y temió lo que venía. “No te vayas a poner chinchuda ahora ¡Venís tan bien! La balanza no tiene nada que ver… no te amargues!”
Con los ojos llenos de lágrimas, terminó dignamente su rutina y salió , peleada con usted misma, con la balanza, con el sudor, las pesitas y la ridícula bincha de toalla . Creyó que el entusiasmo demostrado era un papelón. Pensó en que quizás esté viviendo una premenopausia y no se había dado cuenta hasta ahora. ¿Que seguiría después? Lo previsible? Yo se cuánto detesta los hechos previsibles… Por eso, quise dejarle por escrito todo. Para que no se olvide de lo que hizo y lo que no hizo.
Escúcheme, léame, y reconozca: ¿llegó a su casa y se preparó un super nesquik? ¿Compró un paquete de cigarrillos, una factura hojaldrada de manzana y unas borlas de fraile? No. ¿Abrió el pan dulce que quedó de la Navidad? ¿ Tomó el frasco de dulce de leche, lo mezcló con avena y se sentó con él a ver “El Clon”? No. Usted simplemente buscó a sus hijos y los acompaño mientras se zambullían en la pileta de natación. Majestuosamente, se llamó al silencio y dijo como Scarlett O’hara en “Lo que el viento se llevó”: “Mañana. Esto lo resolveré mañana” y como por arte de magia sonrió recordando lo feliz que había sido con una porción de cheese cake un par de choclos, una tostada con dulce de zarzamoras y unos adorables chipá de queso.
Aplausos. Más aplausos.
Se lo digo yo que lo se todo. Se lo digo yo que soy usted y él y nosotros: Aunque no lo vea todavía, a usted en la balanza, le está quedando muy bien, la década de los cuarenta.
miércoles, 23 de enero de 2013
Extraña sensación de espera
De Cecilia Ochoa
Me río.
Temo. Temo mucho.
Que me pasa? Lo desconozco.Tengo miedo a saber.
Todas las pruebas de supermercado parecen concluyentes.Voy por la tercera y siempre es igual: No.
El singo ¨menos¨ mata la esperanza y yo descarto opciones.
Queda la incertidumbre.
Espero. Algo espero, pero ya no se bien que es. Será en efecto la muerte? Porque me siento ir...
Enfrentar.
Busco un profesional y sigo mecánicamente las indicaciones para un análisis mas exacto. Debí haber empezado por ahi.
De todos modos yo presiento el resultado: se agota el tiempo.
Vivir es una resistencia inútil. Me estoy entregando.
Que me pasa?Sigue el vacío, sigue la extraña sensación dentro de mi. Mi cuerpo no me obedece. Está como desdoblado. Tantos años mío y no lo conozco.
Vómitos. Se sumaron hace días.
Una llamada. La voz de un profesional con el veredicto de mi estado.
¨Sub unidad Beta: ¨POSITIVA¨.
Ya no espero muerte. Mi hijo crece en mi.
Que me pasa?
VIDA.
Me río.
Temo. Temo mucho.
Que me pasa? Lo desconozco.Tengo miedo a saber.
Todas las pruebas de supermercado parecen concluyentes.Voy por la tercera y siempre es igual: No.
El singo ¨menos¨ mata la esperanza y yo descarto opciones.
Queda la incertidumbre.
Espero. Algo espero, pero ya no se bien que es. Será en efecto la muerte? Porque me siento ir...
Enfrentar.
Busco un profesional y sigo mecánicamente las indicaciones para un análisis mas exacto. Debí haber empezado por ahi.
De todos modos yo presiento el resultado: se agota el tiempo.
Vivir es una resistencia inútil. Me estoy entregando.
Que me pasa?Sigue el vacío, sigue la extraña sensación dentro de mi. Mi cuerpo no me obedece. Está como desdoblado. Tantos años mío y no lo conozco.
Vómitos. Se sumaron hace días.
Una llamada. La voz de un profesional con el veredicto de mi estado.
¨Sub unidad Beta: ¨POSITIVA¨.
Ya no espero muerte. Mi hijo crece en mi.
Que me pasa?
VIDA.
viernes, 4 de enero de 2013
VACACIONES PARA EL ALMA
Silvana Mandrille
Horas de calma,
ausencia de voces…
Imperio del “Yo”;
necesidad de pensar en sí mismo,
de hilvanar recuerdos,
de escribir poemas,
de leer por placer un libro.
Dejar de extrañar
andar en pijama y pantuflas
por la casa.
Saborear una taza
de café humeante,
disfrutar de los dramas
sólo en las buenas películas.
Vaciar la mente,
llenar el alma;
reír a carcajadas
de los que se quedaron trabajando,
lidiando con las mismas cosas
que uno lidiaba.
Quedarse sin jefe
y sin agravios.
Deshacerse de colegas
envidiosos y frustrados.
Recuperar los vínculos primarios,
afectuosos, emotivos, familiares.
Descansar de la mirada
de rostros impersonales.
Descontar las presiones
y la hipocresía.
Transformar la energía negativa
en positiva.
Construir diques de reserva,
cual almacenes de amor,
para aguantar la estocada
del regreso.
Salvarse del poder y de la gloria,
y así de las angustias
y de las impotencias.
Estar pasivo… Echado en un sillón,
es mucho más que eso;
es buscarse interiormente
y descubrir la esencia,
organizar una fiesta con amigos
lejos del caos laboral.
Libertad de sentir,
decir y hacer
sin cuidado de sensiblerías baratas.
Feliz de que los lomos virgen,
criticadores y ventajeros
por una vez no les quede
otra opción que trabajar
y de convertirse
en sus propios verdugos.
El alma, dueña de paz y alegría,
encuentra su ruta en vacaciones.
Y el ego toma revancha
¿Por qué no?
¡Míralos son humanos como uno
y están padeciendo en el cadalso!
Cada uno, a su tiempo, comprende
cuando camina por el mismo sendero por otros recorrido.
viernes, 28 de diciembre de 2012
Habitantes de verano
Natalia Spina
Luego de un crudo invierno, una primavera ventosa, austera en colores, huelo la brisa templada de un diciembre inaugurado con lluvias como hacía mucho no llegaban. A pesar de que habíamos creído que la sequía dejaría para siempre manchones de polvo y largas extensiones de piedra, como pircas en los cauces de los arroyos, la vida del agua desató todo el verde baldeando las sierras del pueblo que elegí para vivir, donde nació mi madre, donde pasamos siempre las vacaciones de chicos, Los Cocos.
La luz que me despierta tocando la ventana, la sombra nueva de los árboles de mi jardín, el aroma del dulce de damasco haciéndose, las campanas del Monasterio del frente, me avisan que los habitantes del verano están llegando. Como hormigas cargadas con flores, como saltamontes, constantes y felices, llegan los que cerraron las casas el pasado febrero.
A los costados de una larga avenida de cinco kilómetros, se encuentran escondidas y sorprendentes como hongos recién nacidos, entre bosquecitos de pinos, molles y montes, casitas, casas y casonas antiguas que los lugareños cuidan durante el año, esperando que lleguen sus dueños en la temporada.
No podría yo a estos últimos llamarlos turistas; son coquenses de verano. Un día llegaron y sintieron que habían pertenecido siempre a este lugar. Ya sea porque sus padres los traían de pequeños o porque el destino hizo que bajaran una tarde del vehículo mientras daban vueltas, lo cierto es que los que llegan estos meses a sus casas, vienen a “vivir” y cuando tienen que volver al lugar donde trabajan o estudian, sienten que dejan acá el hogar; “la patria chica”, dice mi padre.
Los miro ahora desde otro lugar pero yo era uno de ellos, uno de esos habitantes de verano.
Cada fines de diciembre, salíamos del auto con mi uno, dos, tres, cuatro, cinco hermanos de acuerdo iban naciendo. Llegábamos escapando del calor de la ciudad, de los grises, de los ventiladores, las inundaciones.
Avanzábamos por la ruta tan cargados que no veíamos casi por las ventanas. Es que traíamos todo lo que más queríamos: los regalos que el Niño Dios nos había dejado en Navidad más el pino que había sido arbolito para plantarlo, las muñecas, los playmóvil, los cuentos, la guitarra, la ropa para “chivatear”-como llamaba mamá a los pantalones emparchados- los trajes de baño, frascos de vidrio para los dulces y algún perro, gato, cabrita o conejo de turno que había sobrevivido en nuestra terraza durante meses para volver con nosotros a disfrutar “La Tarde”, como se llamaba y llama nuestra casa.
Al levantarnos, la primer mañana, la vida ya olía diferente.
Acomodábamos la ropa en los placares con dejos de naftalina; abríamos los cajones con ramitas de lavanda en sus fondos, tendíamos las camas con las sábanas del verano, lisitas, lisitas.
Todo era lo de siempre pero siempre gustaba como nuevo. Los tazones para el café con leche, las teteras de la tarde, los platos de bordecito verde, los coladores de madreselva, los cuchillos para untar de madera y la cucharita con forma de panal de abeja para enroscar la miel.
Una vez “estrenada” la casa, comenzaba la vida en Los Cocos.
Los Reyes Magos llegaban dejando rastros de cáscaras de naranja, pasto revuelto y una jarra de agua vacía. También dejaban un juego de mesa para todos, algún libro, algún cuaderno de tapas duras, gordo y cuadriculado para ser mi confidente el resto del año. Los árboles volvían a ser nuestras “casas”, cada hermano tenía el suyo. Los caballos se buscaban del campo y se llevaban al corral. Se compraba maíz y avena, se los calzaba y, vestían siempre algo nuevo, algún freno, una montura, una caronilla, un cepillo para las crines. Ellos también estrenaban.
Aparecían de a quincenas los amigos de otras provincias y empezaban las caminatas por las montañas. Subíamos al Mástil (un monumento a la bandera construido a 1500 mts), atravesábamos las Pampillas (enormes pastizales ondulados, cubiertos de paja brava resbalosa y fuerte). Por allá arriba, mirábamos los sapitos de colores de un arroyo, los puestos de Brown (un inglés sabiamente delirante que tenía vacas lejos del mundo), trepábamos las pircas de sus corrales, comíamos piquillín, manzanas y sándwiches de queso. Nos llenábamos de viento las caras y volvíamos rojos de sol bajando por el cerro de la Cabeza del Soldado.
Íbamos al río o a alguna pileta, comíamos galletitas con paté y naranjas. Buscábamos ver las víboras de cascabel, si seguía existiendo la iguana al lado del peral, si había alacranes y cascarudos, si daban frutos los durazneros silvestres. Cuando andaba a caballo, cortaba hojas de un eucalipto y las saboreaba un buen rato.
Llegaba el tiempo de las zarzamoras del arroyo de Villa Rosa… Todos creíamos que éramos los únicos que las conocíamos, que sabíamos cuándo y donde llegar. Nos enojábamos si luego de trepar el arroyo con los baldes, las habían llevado antes algunos turistas…. Porque nosotros nunca nos consideramos uno de ellos. Pero cuando teníamos suerte, volvíamos con los dedos y la boca morados, las piernas rayadas y la panza llena. Comíamos el doble de lo que cargábamos para que mamá hiciera el dulce y la tarta de moras. Tomábamos el té al terminar el día y nos acostábamos releyendo las novelas de todos los años. Cuando se terminaban leíamos Selecciones del año del ñaupa e intentábamos entender el humor norteamericano de “La Risa, remedio infalible”.
Crecí repleta de veranos y, cuando pude, salí de la ciudad para arraigarme definitivamente.
¿Cómo es vivir en este pueblo en “no vacaciones”? es un tema muy interesante para otro capítulo. El asunto de hoy, son los días estivales en este pueblo.
Por estos tiempos, tengo casi cuarenta años y algunos descendientes de los que vienen a pasar sus vacaciones a Los Cocos, los de las casitas, casas y casonas que les hablaba, hacen lo mismo que hacíamos mis hermanos, mis amigos y yo.
Hoy que una amiga me regaló damascos; que comí con mis chicos más de lo que recolectamos, me acuerdo de esos días y puedo responder la pregunta.Los comparo con los de la actualidad y, gratamente, puedo decir que es lo que viven hoy nuestros hijos. Que son cinco es otro tema.
“¿No tienen los mismos hábitos, vicios y deseos que los que viven en las ciudades?” Esa también es una pregunta que responderé en otra ocasión, si me lo permiten.
Mientras tanto, déjenme que busque la ropa de chivatear, prepare los frascos para envasar el dulce y compre, para esconder detrás de mis alpargatas en Reyes, un cuaderno gordo, de tapas duras y hojas cuadriculadas para comenzar un nuevo año.

viernes, 21 de diciembre de 2012
La Navidad, el nacimiento de Palabras en Ronda
Queridas escritoras, estimadísimos lectores de "Palabras en Ronda":
Ameritan estas ocasiones que dediquemos un tiempito a ellas. Esta
vez la Navidad
y el Año Nuevo, son un amplísimo espectro de disparadores internos para
ponernos a escribir.
No quisiera venir con ideas o comentarios que considero un poco
trillados como... "nacimiento de algo"..."finalización, balance
del otro" pero hay que ser humilde y creo que de esos dos sustantivos,
aparecen muchos verbos activos pemanentemente en nuestro sentir. A mí se me
figura en ese plano navideño, contarles a ustedes el comienzo de Palabras en
Ronda. Para esto es necesario hablar de alguien.
Lalo.
En aquel tiempo, alrededor de la navidad de 2010, este amigo de mi
esposo y regalo inmenso de amistad para mí, apareció una tarde en casa y me
dijo de repente: "vengo a realizar un pacto con vos".
Es un ser muy especial, analítico pero no complicado, y lo respeto
muchísimo por su cultura, su constante búsqueda de enseñanzas, su pasión innata
por la conducta de los seres humanos y sobre todo por la nobleza y capacidad de
amar que lleva y dispersa por el mundo.
Las personas que conversan con él perciben que pueden quedarse
horas y horas sin darse cuenta del paso del tiempo. Al terminar la charla que
tengas -no porque tuviera un fin sino porque él siempre recuerda un
pendiente de su santa esposa, querida amiga mía- sentís que has sido
cuestionado profundamente, con preguntas agudas pero benévolas, que te has
visto obligado a reflexionar sin sentirte por esto mal (todo lo contrario), que
hubo alguien que se interesó por vos y te escuchó mucho, mucho. Te leyó entre
líneas pero no te sentís invadido sino gratamente descubierto y valorado.
El te vuela. Avanza y te sondea. Sabe donde están los remolinos y
tiene estrategias para enfrentarlos. Creo que por eso es piloto de aviación.
Porque es la manera clara, concreta, ilustrativa y sustentable de ser él mismo.
Él vuela...y conduce aviones; acciones totalmente diferentes.
Conduciendo transportes aereos en un lejano país, se sustenta y
puedo considerar que es feliz. Pero volando, con todo lo que que ello implica,
es pleno. Sobre todo desde que se cayó de su parapente y se quebró toda
su estructura ósea, perforando así sus pulmones y lastimando órganos internos vitales,
teniendo que vivir ahora con hierros, clavos y tornillos, conviviendo para
siempre con el dolor.
Sí. Le pasó eso. Y es un privilegiado. La plenitud del ser
está en la experiencia de no ser. El sabe mejor que nadie y como nunca antes lo
que es volar, desde que no puede más hacerlo con un instrumento. Ahora vuela a
otros, les enseña y los sostiene. Ni hablar de los vuelos que tiene en el cielo
de sí mismo.
Pero les contaba que vino a proponerme un pacto.
Desde que tuvo su accidente, siente una imperiosa necesidad de
comunicarse, de expresarse y pensó en escribir un libro. Para esto, buscó
capacitarse intensamente, practicó y necesitó establecerse un plazo, una meta
para exigirse concretarla. Y se encontró con que yo necesitaba algo parecido.
Yo escribo desde los siete años. Nunca dejé de escribir mi diario.
Lo escribí en poesía y prosa. Lo redacté mal y bien. Vivió a la par mía. De mis
metas para mañana, de mi realidad de hoy, del implacable ayer. Es el único
que atravesó conmigo la epilepsia durante toda mi vida.
Probablemente, no se si fue conciente de ello, Lalo viera que yo
también volaba hacia rato y me caía como insistentemente.
Sabía que me gustaba escribir y atendió a ese detalle.
“Escribamos. Pongamos una fecha. Ese día nos mostramos lo que escribimos”.
Le propuse el 23 de febrero. Resumiendo, yo escribí algo muy malo
y le presenté “Palabras en Ronda”. El no me mostró nada escrito pero me dijo
que había descubierto que era mejor y se sentía más feliz con las palabras
cuando las hablaba y no cuando las escribía. Él es un orador. Siempre lo fue.
Un “orador volador” o un ave que habla, como lo quieran ver.
Todo este relato, para mí es indispensable que conozcan, a la hora
de saber qué es ese lugar virtual que contiene nuestras palabras, a nuestra
manera. Quién es esa que te postea el blog de vez en cuando. Tenían que saber
quién era Lalo. Es el creador también de sus espacios de vuelo.
Dejo estas palabras. Espero como siempre, surjan las suyas y las
compartan.
Les estoy agradecida hasta el infinito, donde está lo mejor de mí,
lo que quiero guardar para siempre y compartir uniendo en una ronda: todas las
palabras.
martes, 18 de diciembre de 2012
RECUERDOS QUE ACOMPAÑAN
De Verónica Nicotra
Recordando días felices, los colores fueron perdiendo su brillo, haciendo difícil el camino que transitaba buscando tu sonrisa y la luz de tus ojos para crear, construir las huellas hacia el cierre de aquellas heridas que tu ausencia marcaron mis días de soledad, repletos de vacío.
Recordando días felices, encuentro en mi interior todos aquellos tiernos momentos que son los que sensaciones en mí producen, con el deseo de cubrirlos para que nunca se borren.
Transitando todos los caminos de aquellos, nuestros momentos, se me escapan los detalles de cada situación que pasamos, encontrándose con nuevas y contrarias emociones que son los que no deseo cargar por que la rutina diaria es difícil de llevar.
Pasan los instantes diarios y de a poco me doy cuenta que mi corazón late desgarrado, como queriendo olvidar todo dolor y buscar nuevas luces que guíen mi senderos mucho más calmos, serenos colmados de aprendizajes.
Hoy recuerdo aquellos días felices y con nostalgia me pregunto por que ¿??
lunes, 17 de diciembre de 2012
La espera
De Thelma Molina Perazolo
“En ese momento de su vida,
la espera pareció haber concluido”.
Siento que estoy en un callejón, acorralada... He agotado todos los recursos sin obtener resultados.
Él me conoce mejor que nadie, sabe mi nombre, dónde vivo, todos mis movimientos... Yo no sé nada, sólo que desde hace meses es mi cazador, un fantasma que salido de las profundidades del averno aparece súbitamente, paralizándome por el sorpresivo terror que me inspira. ¡Me encuentro infinitamente sola, esperándolo!...
¡Porque sí! aguardo, busco con la mirada por todos lados, al no estar me intranquilizo, cuando surge ante mí soy un animal a punto de ser apresada...
Sentada en el ómnibus detrás suyo, observo, bajará en el mismo lugar que yo... estamos llegando, con movimientos felinos dirige su andar hacia la puerta de descenso, hago lo contrario, el conductor mueve la cabeza extrañado, corro ciegamente hasta mi casa, mis manos tiemblan, no puedo colocar la llave en la cerradura... abro, me apoyo contra la puerta cerrándola, el corazón va a escaparse de mi pecho. Me recibe con manifestaciones de cariño mi perra, el timbre suena, ella ladra y los sonidos se entremezclan produciendo un grito lastimero. Busco refugio ocultándome en el rincón de la habitación abrazada a mi mascota, sujeto fuertemente su hocico, cierro los ojos para no saber... espero. Escucho pasos que se aproximan cada vez más cerca, y yo inmóvil, sin respirar... Mi madre ha llegado, me busca.
Está adueñándose de mi vida, hasta de mis sueños, pesadillas por las que transitamos juntos, presentándose imprevistamente en lugares habituales; es una sombra detrás mío. Despierto acongojada, confundida, buscando en derredor un espectro inexistente...
Hoy como todos los días atravieso el parque... De entre los árboles sale furtivamente interceptándome el camino... En ese momento mi espera terminó.
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