- Había amanecido un día gris. Muy gris. La bruma marina auguraba una jornada de encierro pero Jorgelina, de todos modos, salió. Debía hacer las compras de los ingredientes necesarios para los ñoquis, pues ese día gris era veintinueve.Y ese día del mes, como es bien sabido desde el culto a las ceremonias gastronómicas, se debe saborear tan sustancioso plato.Jorgelina no había prestado mayor atención al contexto climático de otros veintinueve, aunque sí a los recuerdos de aquellos almuerzos familiares con el billete colorido debajo de cada plato. Vertiginosa había sido la devaluación de la moneda argentina durante su infancia, por lo que los billetes de la ceremonia de prosperidad habían sido colorados, violáceos, verdosos y marrones. Todo el grupo de su casa natal disfrutaba de la delicia casera de la madre, quien había estado un buen rato parada en la cocina, para pasar por la tablita de marcado a los confeccionados con papa y harina. Aquellos que luego quedarían embebidos dentro de la boloñesa en que navegaban las hojas del laurel. Al que le quedara una hoja en el plato, le tocaría el turno de lavar los platos, había indicado a la madre que bien merecido tenía un breve descanso.
A nadie se le ocurría, por esas épocas, desobedecer un mandato materno. Menos, paterno. Eran tiempos en que estos rituales familiares se seguían al pie de la letra. Y la letra de la escuela también era obedecida sin chistar. A pocos se les hubiese ocurrido, décadas atrás, cuestionar a la maestra, contestarle, opinar acerca de su práctica. A menos osados, aún, se les hubiese ocurrido desobedecer al director, o no saber nada para una prueba.
Jorgelina había sido una buena alumna, pero no una mejor compañera. Era egoísta y competitiva en sus épocas de escuela. Le gustaba jactarse de lo que otros no tenían, y dejar en evidencia a los que poco habían estudiado. Además, no prestaba los útiles, no convidaba a nadie con sus golosinas, y siempre quería destacarse entre los demás. Sus métodos le valían el desprecio de la mayoría de sus compañeros, pero a ella no le importaba. O, más exactamente, parecía no importarle el ser rechazada por los que eran sus iguales durante la jornada escolar. En definitiva y en el fondo, muy en el fondo de sus actitudes mezquinas, ella sabía que ser querida y valorada por sus compañeros era más importante que los muchos felicitados, excelentes y muy bien diez de sus cuadernos y libretas. Llegó el día, primer y soleado día del trabajo grupal. Jorgelina no sabía lo que significaba trabajar en equipo desde la horizontalidad y con un objetivo común. Su yoísmo exacerbado le impedía verse igual a los otros, sus compañeros, pasando del yo al nosotros. No sabía de esas cosas porque se jactaba, se regocijaba luciéndose sola y no entendía cómo se podía disfrutar de la posibilidad destacarse junto a otros. Otros que fueran sus iguales. Y fue el sorteo de la maestra el que decidió con quiénes se reuniría. Con pereza y habitada por la soberbia, fue a reunirse a lo de un compañero. Trabajaron mucho, y ella trató de dejar en claro su papel desatacado en el grupo. Sería la primera en decir, de memoria, su texto que, además, sería el más extenso. Continuarían los otros y ella cerraría la lección con unas menciones que destacaran su lugar en el grupo de estudio.A pesar del esfuerzo se hizo muy tarde y no lograron terminar con las láminas ese día, por lo que acordaron reunirse otra vez, pero en la casa de Jorgelina. Era un veintinueve gris y brumoso, cuando los compañeros de Jorgelina llegaron aún quedaba en el ambiente el aroma inconfundible del tuco de los ñoquis. Marcela, una de las compañeras, valoró con su memoria olfativa ese detalle, y contó que su madre, fallecida un año atrás, hacía una comida que tenía ese olor. Que seguramente habían almorzado ñoquis, agregó. Tobías, el compañero que había sido anfitrión antes, tomó de la mano a Marcela en señal fraterna y otra de las chicas la abrazó. Jorgelina no se dio cuenta de nada porque estaba muy ocupada en jactarse de su posición económica. Su casa era mejor que la de Tobías y las de Mariana y Rosa. Era más grande, más vistosa, estaba mejor ubicada según las imposiciones de la urbanidad.
Marcela vivía en un conventillo a cargo de unos tíos viejos. Nadie iría hacia allí a reunirse para un trabajo grupal porque quedaba en un barrio de las afueras.
Marcela se entretuvo, mientras Tobías desplegaba las láminas sobre la mesa, observando unos adornos de cristal de la madre de Jorgelina. La anfitriona, quien si tenía madre que ese día había cocinado unos deliciosos ñoquis, le dijo:
-Que no se te ocurra robarte nada, ¿eh?Tobías la miró sorprendido, las otras chicas también. Y Marcela, tomando avergonzada su carteritaa escolar de cuero, salió de la casa llorando mientras Tobías corría y desde el cuarto del hermano mayor de Jorgelina se escuchaba Abba en su versión castellana de Chiquitita. Marcela corría y en la casa de la mezquina que no prestaba los útiles ni convidaba golosinas quedó flotado la frase “Chiquita no hay que llorar, que las penas vienen y van y desaparecen…”.
El día de la lección Marcela no fue, tampoco los días siguientes por lo que la maestra no reprogramó más el lugar del grupo y Tobías dio la parte de la que se fue llorando, herida por una ofensa.
La bruma lo invadía todo y el auto de Jorgelina tuvo un desperfecto. Dado el ruido y el aumento intempestivo de la temperatura, supuso había sido el corte de la correa del alternador. No andaba nadie por la costanera con ese tiempo por lo que, resignada, salió caminando a pedir auxilio. Pocos metros había transitado cuando un auto se detuvo junto a ella. La conductora le habló, era Marcela. Tantos años habían pasado y se la podía reconocer por la sonrisa franca que revelaba algo de tristeza y mucho de sinceridad. Llevó a Jorgelina hasta un taller y luego a su casa, cuando el auto quedó en manos del mecánico. Ya se despedían y Jorgelina se animó:
-Marcela, te escribí una carta el mismo día en que te ofendí-le tembló la voz y agregó-sé que hice algo horrible, imperdonable. Escribí una carta pidiéndote disculpas, pero no me animé a dártela. La guardé durante muchos años.-¿La tiraste?-preguntó su interlocutora, emocionada. -No. La guardé en una caja junto a los adornos de cristal de mamá, ¿te acordás?
-De tu mamá me acuerdo, cómo no, era una gran mujer. De lo otro no, ya pasó, Jorgelina. Fueron cosas de la infancia. No te preocupes, ya lo había olvidado.
Se abrazaron, fue un largo y apretado abrazo el que las halló reunidas en un día tan gris como el de antaño y, cuando Marcela se subía a su coche, Jorgelina le dijo:
-Esperá, con lo del auto voy a cambiar el menú y pasar lo planificado para esta noche ¿Por qué no venís a cenar? Voy a cocinar unos ñoquis como los que hacían nuestras madres.-Ni loca me perdería esos ñoquis, compañerita- respondió, mientras los hoyuelos de su sonrisa franca de tres décadas atrás le mostraban, a la que había sido cruel, que había una oportunidad para reivindicarse.
Sheila Acosta Anzalone.
Espacio literario abierto para mujeres que disfrutan escribir. Entre ellas raramente se conocen. Provienen de muchos lugares y tienen realidades absolutamente diferentes. Se fueron sumando y formaron esta ronda.Une palabras, Natalia Spina.
Para participar enviá un mail a palabrasenronda@gmail.com Todas las imágenes están extraídas de la red INTERNET
viernes, 13 de septiembre de 2013
La carta que no pudo entregar.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
PALABRAS AL VIENTO
Sheila Anahí
Te escribo, a pesar de nuestra ruptura irreversible, te escribo. A pesar de la decisión, elucubrada decisión de no enviarte mis cartas, te escribo. Si alguna vez te las hubiese enviado, quizás, regresarías a mí como aquel personaje de Crónica de una muerte anunciada, que volvía al encuentro de la que lo amaba como si no volviera. Como si las décadas hubieran sido segundos. Llegaba viejo, cansado y derrotado pero con las cartas sin leer, los sobres sin abrir. Antes de pasar por eso, por la insondable tristeza de condenar mis palabras a la indiferencia y el olvido, prefiero escribirte para mí, decirte que no importa, ya, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Lo que realmente importa, y esta es la mayor verdad que abrazo por estos días, mi mayor certeza, es lo que provocó en mí la necesidad de escribir para vos como si fuera para nadie. Esa necesidad me condujo a crear sin límites, me pemitió inventar un mundo nuevo en el que cualquiera puede habitar si se propone dar infinitas interpretaciones a lo que no nació para ser interpretado. No sólo puede habitar mi mundo aquel a quien escribí mil cartas monotemáticas, cartas sin sentido que se esmeraban en decir lo que, en cualquier idioma, ocuparía unas pocas palabras: aún no te he olvidado.
Te escribo, a pesar de nuestra ruptura irreversible, te escribo. A pesar de la decisión, elucubrada decisión de no enviarte mis cartas, te escribo. Si alguna vez te las hubiese enviado, quizás, regresarías a mí como aquel personaje de Crónica de una muerte anunciada, que volvía al encuentro de la que lo amaba como si no volviera. Como si las décadas hubieran sido segundos. Llegaba viejo, cansado y derrotado pero con las cartas sin leer, los sobres sin abrir. Antes de pasar por eso, por la insondable tristeza de condenar mis palabras a la indiferencia y el olvido, prefiero escribirte para mí, decirte que no importa, ya, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Lo que realmente importa, y esta es la mayor verdad que abrazo por estos días, mi mayor certeza, es lo que provocó en mí la necesidad de escribir para vos como si fuera para nadie. Esa necesidad me condujo a crear sin límites, me pemitió inventar un mundo nuevo en el que cualquiera puede habitar si se propone dar infinitas interpretaciones a lo que no nació para ser interpretado. No sólo puede habitar mi mundo aquel a quien escribí mil cartas monotemáticas, cartas sin sentido que se esmeraban en decir lo que, en cualquier idioma, ocuparía unas pocas palabras: aún no te he olvidado.
martes, 10 de septiembre de 2013
UN AMOR DE OFICINA
De Emi Tudi
Le escribo
sabiendo que nunca enviare esta carta…por obvios motivos, usted no sabe que
existo y yo no sé su dirección…
Le escribo estas
líneas sabiendo que nunca las va a leer, pero no me importa, porque quiero que
sepa que cada mañana me enfundo en mis mejores galas solo para colgarme por la
ventana a verlo, con la vana esperanza que mientras habla por teléfono levante
su vista y de pronto me vea.
Cada medio día,
me almuerzo la angustia de que no ha mirado ni siquiera un segundo hacia mi ventana,
y al caer la tarde bajo la persiana con el anhelo de que quizá lo hará mañana.
Quisiera que sepa que no soy de esas locas que
se obsesionan con un desconocido, pero desde que usted se ha mudado a ese
edificio que linda con el mío, mis días han cobrado vida, me despierto cada
mañana con una sonrisa pensando en usted, y casi me he olvidado de cuan
miserable eran mis jornadas en este trabajo que odio.
Solo
agradecerle, que ha devuelto a mi cotidiana rutina la ilusión y que desde su
llegada ha vuelto a entrar el sol en este cubículo frio en el cual trabajo 8
largas horas de mi hastiosa vida.
PD: Por si acaso
algún día esta epístola llega a sus manos, y si solo por casualidad usted
decide levantar la vista de puro curioso, mi ventana es la del séptimo piso,
tercer cuadradito (al medio), tiene un macetero con una plantita que solía
estar seca, pero que esta brotando otra vez desde que la riego a diario.
Saludos cordiales, Maria…
lunes, 9 de septiembre de 2013
La carta que no envió
De Sheila Acosta Anzalone
Era un septiembre ventoso pero cálido, y Silvia organizó la ropa del placard. Ahí estaba ese pantalón biege amantecado que le cerraba, con suerte, y luego de unas destrezas gimnnásticas: acostada sobre la cama a los fines de subir el cierre.
-Lo uso igual- se dijo, y sacó unas botitas color camel que combinaban perfecto.
Vestida mejor que otros días, salió para su trabajo en la escuela. Varias compañeras ponderaron el pantalón y las botas y ella se regicijó valorando el esfuerzo del cierre contra el rollo. Pero algo no planificado e irregular, justo en contra de ella, que era tan regular, sucedió. Estaba escribiendo sobre el pizarrón unas consignas, mientras los alumnos terminaban una guía, cuando sintió que la elección del pantalón, dado el color, no había sido la acertada. Sabía que se había manchado, lo sabía y esperó hasta que culminara el recreo para pasar desapercibida. No quería ir para el baño, que quedaba cerca de la sala de los docentes. Cuando logró llegar supo que la situación era más trágica de lo que suponía. Recordó esa primera vez de la que sabía vendría una vez al mes, según los anticipos maternos. La madre no le había anticipado que justo en el cine le iba a pasar lo que le pasó, manchándose la babucha rosada casi hasta llegar a las skipy fucsia, aquellas sandalias de plástico con tiritas cruzadas como las franciscanas. Había sido el estreno de Elliot, mi amigo el dragón, que andaba socorriendo a los chicos en problemas, y ella, justo ella necesitaba por esos momentos que la socorriera algún bicho volador, pero se tuvo que conformar con atarse, en la cintura, el pullovercito de bremer bordó.
Y ahí estaba Silvia, tres décadas después del recordado papelón, tratando de salvar ese nuevo. En la sala había una sola docente que pudiera ayudarla. Se había quedado después del recreo, con permiso de la directora, porque estaba totalmente afónica, y en los inicios de su carrera no podía pedir licencias. Llevando su cuaderno Arte para el baño, y con una comunicación en la que ella como emisora hablaba y su receptora, al intercambiar el rol, contestaba con gestos, Silvia inició su pedido de socorro. Escribió una esquela dirigida a una preceptora y se la dio. La notita, decía.
-Sonia, vení hasta el baño. Es urgente.
Minutos después la afónica devenida en paloma manesajera regresó con una notita que decía:
-¿Qué pasa?
Silvia volvió a escribir, encerrada en el baño.
-Me manché toda, busquen a Laura, que vive a dos cuadras y es más o menos como yo, para que me mande un calzón y un pantalón.
La paloma mensajera volaba con las esquelas de un lado a otro:
-Y sabiendo que te venía te pusiste un pantalón clarito, si serás boluda, nena. Laura no me atiende. Decime de otra.
-Ana Zuñiga, podría hacer-escribió en otro trozo de hoja sobre el cuaderno Arte apoyado sobre el lavatorio del baño.
La paloma mensajera, la profe muda en forma momentánea, iba con la nota y volvía con la respuesta.
-¿Le digo que te mande culquier cosa?
-Cualquier cosa, no-contestaba, enojada, Silvia-si me manda una calza de goma como la que usó Olivia Newton Jones bailando funky con Travolta, seguro no me va a entrar. O sea: ¡que me mande algo que me entre! De Fiebre de sábado por la noche, no.
Cuando leyeron esa respuesta, las que leían las notas de la atacada por la tragedia mensual, comenzaron a debatir y la interlocutora de Silvia, en la cadena de mensajes en papelitos, escribió.
-Che, acá dicen que la de Fiebre de sábado por la noche no era Olivia, que era una morochita de pelo corto. Acordate, che, la vimos en el super ocho de Rosita Bandeira.
Cuando Silvia leyó esa última respuesta se terminó de enfurecer. Sin sacar la hoja del cuaderno Arte, escribió una misiva insultante, amenazante, plagada de palabrotas y vituperios. Entre las madres, hermanas y abuelas meretrices de las que debatían sobre las películas de Travolta, había sugerencias de relaciones zoofílicas con los burros y otras obscenidades más. Ya estaba por abrir la puerta del baño, nuevamente, para darle la misiva a la paloma mensajera de ese día, cuando reaccionó, rompió la hoja en varios pedazos y la tiró al inodoro. Luego, tratando de serenarse, escribió:
-Cómo las quiero, chicas, pídanme, por favor, un remís, y me madan avisar con la muda cuándo llega. Gracias por todo.
Después de entregar la última nota, se ató el saquito marrón, en la cintura, como otrora lo hiciera con el pullover de bremer mientras entendía que ni Elliot, la salvaría y esperó que, por lo menos, el remisero no se pareciera a Travolta
Era un septiembre ventoso pero cálido, y Silvia organizó la ropa del placard. Ahí estaba ese pantalón biege amantecado que le cerraba, con suerte, y luego de unas destrezas gimnnásticas: acostada sobre la cama a los fines de subir el cierre.
-Lo uso igual- se dijo, y sacó unas botitas color camel que combinaban perfecto.
Vestida mejor que otros días, salió para su trabajo en la escuela. Varias compañeras ponderaron el pantalón y las botas y ella se regicijó valorando el esfuerzo del cierre contra el rollo. Pero algo no planificado e irregular, justo en contra de ella, que era tan regular, sucedió. Estaba escribiendo sobre el pizarrón unas consignas, mientras los alumnos terminaban una guía, cuando sintió que la elección del pantalón, dado el color, no había sido la acertada. Sabía que se había manchado, lo sabía y esperó hasta que culminara el recreo para pasar desapercibida. No quería ir para el baño, que quedaba cerca de la sala de los docentes. Cuando logró llegar supo que la situación era más trágica de lo que suponía. Recordó esa primera vez de la que sabía vendría una vez al mes, según los anticipos maternos. La madre no le había anticipado que justo en el cine le iba a pasar lo que le pasó, manchándose la babucha rosada casi hasta llegar a las skipy fucsia, aquellas sandalias de plástico con tiritas cruzadas como las franciscanas. Había sido el estreno de Elliot, mi amigo el dragón, que andaba socorriendo a los chicos en problemas, y ella, justo ella necesitaba por esos momentos que la socorriera algún bicho volador, pero se tuvo que conformar con atarse, en la cintura, el pullovercito de bremer bordó.
Y ahí estaba Silvia, tres décadas después del recordado papelón, tratando de salvar ese nuevo. En la sala había una sola docente que pudiera ayudarla. Se había quedado después del recreo, con permiso de la directora, porque estaba totalmente afónica, y en los inicios de su carrera no podía pedir licencias. Llevando su cuaderno Arte para el baño, y con una comunicación en la que ella como emisora hablaba y su receptora, al intercambiar el rol, contestaba con gestos, Silvia inició su pedido de socorro. Escribió una esquela dirigida a una preceptora y se la dio. La notita, decía.
-Sonia, vení hasta el baño. Es urgente.
Minutos después la afónica devenida en paloma manesajera regresó con una notita que decía:
-¿Qué pasa?
Silvia volvió a escribir, encerrada en el baño.
-Me manché toda, busquen a Laura, que vive a dos cuadras y es más o menos como yo, para que me mande un calzón y un pantalón.
La paloma mensajera volaba con las esquelas de un lado a otro:
-Y sabiendo que te venía te pusiste un pantalón clarito, si serás boluda, nena. Laura no me atiende. Decime de otra.
-Ana Zuñiga, podría hacer-escribió en otro trozo de hoja sobre el cuaderno Arte apoyado sobre el lavatorio del baño.
La paloma mensajera, la profe muda en forma momentánea, iba con la nota y volvía con la respuesta.
-¿Le digo que te mande culquier cosa?
-Cualquier cosa, no-contestaba, enojada, Silvia-si me manda una calza de goma como la que usó Olivia Newton Jones bailando funky con Travolta, seguro no me va a entrar. O sea: ¡que me mande algo que me entre! De Fiebre de sábado por la noche, no.
Cuando leyeron esa respuesta, las que leían las notas de la atacada por la tragedia mensual, comenzaron a debatir y la interlocutora de Silvia, en la cadena de mensajes en papelitos, escribió.
-Che, acá dicen que la de Fiebre de sábado por la noche no era Olivia, que era una morochita de pelo corto. Acordate, che, la vimos en el super ocho de Rosita Bandeira.
Cuando Silvia leyó esa última respuesta se terminó de enfurecer. Sin sacar la hoja del cuaderno Arte, escribió una misiva insultante, amenazante, plagada de palabrotas y vituperios. Entre las madres, hermanas y abuelas meretrices de las que debatían sobre las películas de Travolta, había sugerencias de relaciones zoofílicas con los burros y otras obscenidades más. Ya estaba por abrir la puerta del baño, nuevamente, para darle la misiva a la paloma mensajera de ese día, cuando reaccionó, rompió la hoja en varios pedazos y la tiró al inodoro. Luego, tratando de serenarse, escribió:
-Cómo las quiero, chicas, pídanme, por favor, un remís, y me madan avisar con la muda cuándo llega. Gracias por todo.
Después de entregar la última nota, se ató el saquito marrón, en la cintura, como otrora lo hiciera con el pullover de bremer mientras entendía que ni Elliot, la salvaría y esperó que, por lo menos, el remisero no se pareciera a Travolta
sábado, 6 de julio de 2013
EL SALUDO
Sheila Acosta Anzalone
Todo había acaecido por un saludo. Todo. El otoño se avizoraba en todo su esplendor, y los árboles, los majestuosos árboles de follajes caducos, se hallaban casi desnudos a la espera del inclemente invierno. La comunicación o incomunicación entre ellos, un hombre y una mujer, había acontecido en los terrenos escarpados de la virtualidad, geografía imaginaria que habita las vidas de sus usuarios, reunidos en las populosas tertulias de las redes sociales.
Ella, Eugenia, recibió con naturalidad aquel saludo virtual, el “toque” y no le dio mayor importancia. Pero después, cuando incursionó, sorprendida, los mundos profundos de ese hombre, algo sucedió. Algo distinto que la conducía a un cambio. Él se veía en las fotos de otros tiempos como un héroe antiguo enarbolando banderas de luchas; de luchas por otro mundo, de la construcción arcillosa del hombre nuevo y, al verlo con su sonrisa eterna, Eugenia sintió algo que la subyugó.
Al sumergirse, hipnotizada, en sus fotos despiertas ella acudió, sin saberlo, al pasado estático que parecía un hoy. Un hoy en el que ese hombre al que percibía como un mártir antiguo a cuyo sepulcro oculto no era necesario peregrinar, pues estaba ahí, tan cerca aunque del otro lado del océano, y seduciendo su presente de soledad, se convertía en un sueño sin fin. Él, que había abrazado unas utopías que ella quería perseguir, habiéndolo arriesgado todo, le hacía un lugar en su vida, aunque sólo a través de una pantalla. Así se fundieron en una relación desprovista del cara a cara, la piel acariciada, y todo lo que podría acontecer en el mundo real, siendo que el virtual era un rincón más de aquel.
Ávida de ese hombre, los ojos de Eugenia se bebieron su antaño pasional y sus pies, expedicionarios de arenas y tiempos, corrieron, presurosos, a la zaga de su ser próximo, prójimo, él. Él que le arrancó felicidad y desconsuelo a través de tanto, y de tan poco. Él que la arrastraba en su mar implacable, y ella nadaba contra las corrientes siempre adversas de sus futuras indiferencias, los egos infranqueables y los insensibles agravios. Los agravios que jamás debieron atravesar ese amor único. Insondable.
El interior embriagado de Eugenia llegó a cantar, emotivo, los poemas olvidados por él en sus celdas. Aquellas que lo encerraron cuando no trepidaba ante sus inquisidores, ante los verdugos. Sus manos pretendieron atrapar unos días que no había palpado. Que su biografía tardía no pudo asir, al estar destinada a nacer dos décadas después que aquel hombre que poblaba sus noches de insomnio. Aquel hombre que le había respondido con las palabras, y también con sus silencios. Finalmente, decidida al naufragio, ella sucumbió; se entregó, definitivamente, a la resignación de los vencidos.
Por qué se negó a la realidad tan evidente. A la pertinacia de sus no, tan vehementes. Por qué continuó aferrándose al sueño que no durmió, los besos que ese hombre jamás le dio, las sábanas que no los hallaron juntos, gozando. No lo supo. Jamás lo comprendió, pero sí, que un saludo, un simple saludo puede ser el inicio de lo inolvidable y, también, el más crudo y definitivo adiós.
lunes, 24 de junio de 2013
ENCUENTROS CAUSALES
De Emi Tudi
Era un día atípico de invierno, un domingo de sol pleno, húmedo y con un inusual clima primaveral. Amanecí temprano y con ganas de pasear; Puse agua en el termo y cargue la matera. Me costó un poco despertarlo a mi novio, pero luego de un rato de molestarlo sin parar, logre despabilarlo y emprendimos el viaje hacia las sierras.
Rumbo incierto. Mapa en mano, como copiloto dispongo que íbamos a ir donde nos lleve el destino, - cierro los ojos y marco con el dedo, lo que sale, sale–
- No, sos loca - me dice Agustin, -vos tenes mala puntería si sale algo muy lejos no te llevo-.
- Bueno, si es muy lejos, hacemos trampa, barajamos y damos de nuevo, replique.
- Correcto-, afirmo el piloto, no muy convencido.
Respire hondo deseando acertar a la primera, cerré los ojos y empecé a revolear el dedo, como si fuera una barita mágica.
- Listo, la suerte esta echada, es acá - abrí los ojos nerviosa y mire hacia donde se había posado el dedo: “Los cocos”. Distancia: más que prudencial; -Los Cocos, allá vamos- exclame contagiando al chofer con mi entusiasmo.
Luego de una hora de viaje, mates, sierras, charla y buena música arribamos. El pueblo era hermoso, sereno, de casas bajas, un despejado cielo azul y un aire fresco y puro que por momentos se invadía de un exquisito olor a leños.
Paseo obligado the Coco´s park. Montados en la aerosilla regresamos a la infancia. Ya en la cima nos sentamos a contemplar la inmensidad. Nueva ronda de mates y más charla. Siempre surge esa inquietud del citadino de mudarse a vivir en un lugar como el que está visitando, entonces amargo va y amargo viene uno cambia su vida en segundos, vende todo, compra una casa y se instala en el pueblo a vivir tranquilo y respirar de esa paz que percibe al llegar.
En fin, suspiramos sabiendo que es solo un anhelo, pero es lindo soñar. Con el último mate decidimos bajar.
El sol se estaba escondiendo y poco a poco la temperatura fue descendiendo. Tanto jugar a ser niños, y mudarnos de ciudad, nos abrió el apetito.
Ya en la base nos recomendaron un lugar para tomar el té y hacia allá fuimos. La casa era de un sereno estilo inglés; Por dentro los pisos de madera rechinaban, el ambiente era cálido e invitaba a merendar. Al medio de la sala había situada una antigua salamandra. Nos sentamos al lado, pegaditos. Comimos una rica porción de pastel de manzana acompañada con un tazón de chocolate humeante y espeso, que agarramos con las dos manos para calentarnos los dedos que estaban helados.
La moza y dueña del lugar era muy atenta y al vernos con frio nos dijo picara - si quieren abrigos yo les puedo recomendar un lugar. Es un lugar hermoso, dijo la anfitriona, -venden tejidos con hilados artesanales, Se van a ubicar enseguida, bajan por esta misma avenida y van siguiendo los carteles, es una casita como de cuentos-.
Luego de las indicaciones pertinentes y ya con la panza llena partimos hacia el último destino antes del regreso. Ya había oscurecido y el negro de la noche venia envuelto en una brisa gélida. Todo conspiraba para que el deseo de comprar algo mas abrigado fuera in crescendo.
Dimos un par de vueltas perdidos, yo ya me había entusiasmado y no iba a desistir, tenía que poder llegar. Dos o tres vueltas mas, y mientras admirábamos los antiguos caserones logramos encontrar el primer cartel indicativo.
Avanzamos varias cuadras mas y a lo lejos visualizamos la casita, era de fabula tal como nos habían contado. Entramos tímidamente, y nos recibió una mujer de sonrisa generosa, se veía feliz de vernos llegar y enseguida nos relajamos. Yo quede embelesada y quería comprar cuanto pulóver se me cruzaba. Todos los tejidos eran hechos a mano, el hilado el teñido y la confección totalmente artesanal. Finalmente luego de medirme todo me decido por un chaleco de lana cruda. Bolsa en mano y a instancias del reproche de mi compañero de viaje, que insistía en que se hacía tarde, saludamos y nos fuimos.
- Tengo que volver, exclame emocionada al salir del lugar, - voy a venir con mi hermana, con mi mama, el próximo feriado volvemos si o si-. -
Un... "bueno"(como a los locos), me conformó y me dormí camino a casa.
Pasaron dos años, y por supuesto, no había vuelto pese a que siempre miraba con ansias el folleto que aquella tejedora risueña me había obsequiado.
Corría el mes de febrero, y una vieja compañera de estudios se encontraba veraneando junto a su familia en la Cumbre, el clima no acompañaba para nada, hacia un frio polar; Y entonces aburridos nos invitaron a pasar el día para amenizar. -
Como somos paseanderos, sin vacilar armamos la mochila y partimos. Una tarde helada pero de hermosa compañía, de infusiones y chipa. Ya al ocaso la invite a mi amiga a aquel lugar de ensueños que tanto había deseado volver a visitar. Y allá fuimos.
Por supuesto que las dos caímos rendidas ante todo lo que nos ofrecían. Gorros, sacos, mantas, hilazas de todo tipo, coloridas, más sobrias, más calentitas, más livianas. Para todo gusto.
Yo sin plata me fui feliz de solo haber visto y ella se fue con una bolsa llena de ponchitos.
Tiempo después, mi amiga y aquella artesana sonriente, siguieron en contacto. Y por esas cosas que tiene la vida, en este mundo que es un espiral donde todo vuelve y nada sucede por casualidad comenzaron a publicar cuentos en un blog del que me hice fan.
Y quiso el azar que una mañana de fastidioso aburrimiento mientras navegaba perdida por la web leyendo cuentos, aquella mujer que abrigo mis días con un tejido circular, con la misma calidez con que me había recibido en su casa tiempo atrás, me invito a escribir, sin darse cuenta que con ese gesto tan simple tiraba de una madeja que poco a poco se fue desenredando y empezó a tejerse una nueva historia. Mi historia como escritora. Mi nueva pasión. Dándole un nuevo incentivo a mi rutina. Un nuevo rumbo, ya no hacia las sierras, sino hacia lo más profundo de mi imaginación.
Y comprendo ahora que en este universo nada sucede porque si, nadie llega a nuestra vida sin motivo, ni se va sin dejar huellas. Ningún destino es fortuito ni esta librado al azar. Ningún encuentro es casual.
Ni la mujer siguió tejiendo, ni mi amiga volvió a escribir. Ya su misión se había cumplido.
Desencuentro
De Silvana Mandrille
Cuando yo te amaba me dejaste ir
no era tu momento, sólo mi sentir;
cuando me elegiste yo no lo advertí,
había otro amor por el que vivir.
¡Cuánto lamento este desencuentro
hoy que el recuerdo te trae por aquí!
Los años pasaron y ya no abrigamos
sueños de juventud.
No sé de tu destino, no sabés de mi presente;
más si un día el azar nos vuelve a reunir
es posible que en los rostros nos desconozcamos,
y por si acaso el corazón traiciona
no faltarán las palabras disfrazadas de amistad.
¡Un nuevo desencuentro
habremos de saborear!
El pasado ha muerto, no revive más;
no somos los mismos, cambiamos la edad.
Nos condena el tiempo que no vuelve atrás,
y aunque la vida ruede... rodando y rodando
no pasa dos veces por el mismo lugar.
Desencuentro es el nombre del instante furtivo que pudimos disfrutar.
viernes, 26 de abril de 2013
Insomne en la noche
De Emi Tudi
Las noches de
insomnio son mágicas, me gusta escuchar el silencio de la casa, me levanto y
los veo dormir, despatarrados en la cama, me da tanta ternura que se me escapa
una sonrisa sin querer.
Camino en
puntitas de pie tratando de no hacer ruidos y me quedo parada mirando por la
ventana de la cocina, el cielo estrellado
y a veces la luna iluminan las plantas.
Abro la ventana
y respiro el olor a noche tranquila. La ciudad está finalmente en calma.
Me voy lejos, y
sueño con los ojos abiertos, inspiro profundo y extiendo los brazos hacia
arriba, hago fiaca, y de pronto sin querer, miro el reloj que marca los segundos en la pared.
Son las 3 a.m.,
saco cuentas y me quedan 4 horas de sueño, teniendo en cuenta que para que sean
completas debería caer desmayada en ese instante.
Me tomaría un te
calentito, sentada en el sillón, pero desde que cumplí los 30 no tomo líquidos
después de las 12 porque sino me lo paso en el baño.
Camino sigilosa
por el pasillo, guiándome con la mano en la oscuridad, choco el dedo chico del
pie con la punta de la cama y caigo retorcida del dolor sobre la cama, me
tiento y me empiezo a reír;
Suspiro para
calmar la risa tratando de no despabilarme más, y comienzo a tironear para
liberar la sabana que se encuentra acaparada; me tapo como puedo con el
triangulito que me queda libre. Intentando cobijarme a ver si el calorcito me
da sueño.
En vano hago el
esfuerzo de no pensar en nada, - mente en blanco…mente en blanco..- pienso
repitiendo como una mandala. Pero miles de pensamientos me invaden. Y el reloj
sigue marcando el tiempo al compas. - Mmm…ya deben ser las 3 y media…- cierro
los ojos con fuerza, y la perra comienza a ladrar.
Noooo, el gato
otra vez rompiendo la basura. Me levanto. Escoba en mano, junto el desparramo.
Ufa…ya son las
4.
Voy por ultima
vez al baño y cuando prendo la luz lo primero que veo es mi reflejo en el
espejo del botiquín, el pelo revuelto, los ojos colorados y las bolsitas de las
ojeras que ya comienzan a notarse, me da miedo mi cara de loca. Me arreglo un
poco el pelo y trato de consolarme pensando en la cálida siesta que me voy a
dormir cuando vuelva del trabajo tipo 6 de la tarde.
Apago la luz y
vuelvo a recostarme. - Voy a hacer lo que dice mi profe de pilates en la
relajación-, entonces me dispongo y respiro profundo, relajo cada musculo,
cierro los ojos y de pronto suena el despertador.
Otra noche
solitaria de insomnio en el calendario; Otro día zombi por el mundo, mis fieles
compañeras de vida las ojeras asoman contentas debajo de mis ojos enmarcando mi
mirada cansada.
Solo quiero que
el tic tac del reloj se acelere y que
pronto sean las 6, llegar a casa y
acostarme a dormir esa ansiada siesta que anhele toda la noche.-
lunes, 22 de abril de 2013
DIA DE OJERAS
De Sheila Acosta Anzalone
Era la cuarta noche de insomnio, y mis ojeras habían adoptado un color entre azulado y verdoso que no cubría el mejor maquillaje. Cosa incómoda la del insomnio, si las hay. Una comienza a dar vueltas por la casa, se prepara un té de lechuga que le enseñó a hacer la madre, la abuela, la tía o alguna parienta sanguínea o política; uno ya fabricado con melisa, cedrón, tilo y manzanilla; una chocolatada caliente con un poco de canela; una barra de chocolate y, como el insomnio además de angustia produce ansiedad, también se arma un sándwich con bondiola, queso, por qué no un poco de panceta y se va a la cama con el estómago colmado de líquidos curativos y otros no tanto, más la digestiva ingesta de los fiambres más inocuos. Ahí, en posición horizontal sobre el mueble más noble del cuarto se entera que acumuló idas al baño, eructos y flatulencias, pero continúa sin poder pegar un ojo.
Preocupada por la cuarta noche de insomnio, que me auguraría otro día laboral en el que me quedaría dormida frente al público, cuestión que es una de las pesadillas más encumbrados porque en cualquier posición me brotan unos ronquidos sonoros aunque vaya parada en el pasillo del subte, salí de la cama y encendí la computadora. Leí los cartelitos somníferos del amor exacerbado que no morirá jamás, los estimulantes del “yo puedo y soy mejor que mis enemigos, a quienes veré pasar por la puerta de casa en estado de cadáver y dentro de su cajón lustrado”, los de los niños perdidos que nunca se sabe si es verdad o mentira y, como quien no quiere la cosa, me entero que una amiga está deprimida porque el marido le metió los cuernos, la otra anda haciendo una promoción para ganarse una torta para el día de la madre, otra copió y pegó setecientas indirectas para el ex y las demás ya duermen, las muy yeguas ya duermen, y yo sin pegar un ojo.
Intenté leer un libro y comencé a quedarme dormida. Acomodé la almohada y, cuando ya sentí, percibí el hallarme en trance onírico, se me clavó el alambre. Introduje mi índice derecho sobre los brackets y no lo pude creer: se me había desprendido una goma y el alambre estaba libre como los chorros que entran, y al rato salen de la comisaría. Es mucho para mí, en mi cuarta noche de insomnio, y justo cuando estaba logrando dormir.
El alambre me estaba provocando una llaga y me fui hasta el perchero del living, incursión para la cual debí bajar la escalera, porque quería alcanzar mi cartera. Ahí tenía, eso recordaba, la cajita verde con la cera de ortodoncia. Subí con la cartera porque no me había puesto las pantuflas y el piso estaba helado. Sabía que andar descalza luego de la chocolatada y la bondiola era una receta ideal para la constipación, pero yo andaba con insomnio, mas no constipada. Hurgué dentro de la cartera y no pude hallar la cajita; dados mis intentos infructuosos volqué la que me acompaña a todos lados y compré en una oferta de Prüne, con intención de vaciarla y así poder revisar, entre las pocas cosas que guardaba en su interior. De ese modo, con experticia de cirujano a punto de operar, busqué la cajita verde entre dos facturas vencidas del gas, una paga de la luz, una por vencerse del cable, un sobrecito de té de frutos rojos, dos de limón, tres toallitas nocturnas (por las dudas), dos carefree, el blíster de Ibuevanol (por las dudas), el cepillo de dientes que llevo al trabajo, el desodorante que llevo al trabajo, la manzanita del Nina casi vacía, una agenda que no uso, el papelito en el que anoté el nuevo teléfono de la odontóloga, el papelito con el turno de la ginecóloga, dos sobrecitos de edulcorante de Martínez, dos biromes, una máscara de pestañas seca, una nueva de Maybelline, el espejito, una pincita de depilar que no saca una mierda, una pincita de depilar de las buenas, el carné de conducir, dos lápices labiales, el carné de la obra social, el carné del club, el carné vencido de la rebaja del micro, el folleto del teatro, el folleto de la audición, el panfleto de no sé qué partido que guardé porque el flaco que me lo dio estaba más bueno que el pan, la pantalla solar, un elástico para alargarme el contorno del corpiño, un hilo negro con la aguja clavada (por las dudas), tres caramelos de miel (por las dudas), una tira de chiclets porque me gustan y me los masco igual aunque se me enreden en los brackets, un esmalte, la crema de manos, la crema humectante, dos bandas elásticas, dos clips, tres chinches, una cinta hipoalergénica, una cinta adhesiva, una sombra de ojos color marrón, cuatro curitas, unas carilinas, una caja de Vauquita vacía, una Tita vencida.
Amanecía y, las ceras de ortodoncia con vitamina E más aloe vera que alivian las irritaciones causadas por los aparatos de ortodoncia, no estaban. Pero qué hice con las ceras, no están, me dije mientras me iba para el baño no por la indigestión que me provoqué para sortear el insomnio, sino porque era hora de ducharme para irme al trabajo como días atrás: con las ojeras hasta el piso.
lunes, 15 de abril de 2013
Egipto medio erótico
Sheila Acosta Anzalone
Típota, me dijo la mujer de la agencia de viajes cuando con mi inglés desastroso y las manos en señal de ruego le expliqué que los setecientos dólares eran todo lo que tenía, mi only money para intentar cruzar a Egipto, pues yo era medio egiptóloga y no podía morir sin ver las pirámides. Típota, me insistió cuando tomó el teléfono y llamó a no sé quien para informar, seguramente, que había una loca que pedía quinientos dólares de rebaja, cosa nada común en Europa o cualquier sitio del mundo. Tanto me dijo típota con esos ojos saltones de cuyo contorno pendían unas bolsas prominentes, que supuse que en ese término descansaba alguna traducción cercana al don´t worry inglés, y por eso me quedé pensando que mi padre tenía razón siempre, tanto cuando me decía que éramos así de desquiciados porque veníamos de los griegos, como en esas ocasiones en las que me aseguraba que las oportunidades pasaban una sola vez en la vida y seguro era ésta, la de estar tan cerca del Canal de Suez, la que me obligaba a rogarle a la griega de rostro batracio que me diera la posibilidad de ver la pirámide de Keops y volverme a Atenas a cagarme de hambre, claro, si para tal empresa estaba dispuesta a dejarlo todo. No importaba gastarlo para cumplir mi sueño, si en la Plaza Sindagma había unos frutales de adorno que parecían mandarinos, aunque luego supiera que eran naranjos, y los guardias que estaban allí, de adorno como las naranjas, se movían igual que los blandengues que cuidan los restos mortales de Artigas o los granaderos que protegen los de San Martín: sólo para hacer el cambio de guardia; el resto del tiempo, aunque alguien se robara las naranjas, permanecían inmóviles. No se movían ni cuando les picaba el culo o tenían descompostura gastrointestinal, y eso, seguramente, no era para cualquiera. Pero la que sí se movió y volvió a decir típota cuando terminó la conversación telefónica, fue la dueña de las bolsas de ojos más llamativas de la península helénica. Ante mi rostro lacrimógeno en señal de ruego, ella tomó la revista de los destinos más deseados, me señaló la página seis, correspondiente a Egipto, y comenzó a tachar todo lo que no tendría en mi viaje de ultra rebaja típota.
Salí de la agencia de viajes con gesto de felicidad, y fui a buscar mi bolsito a la casa de un matrimonio argentino. Me había hospedado amablemente, y todavía no habían alcanzado a comprender, ambos, cómo había andado por tantos lugares sin entender una palabra de nada, ninguna que no fuera del castellano rioplatense que sabía hablar. Llegué a El Cairo de noche, había viajado con otras argentinas que hablaban un inglés perfecto; me causaron un poco de envidia, pero sólo por un instante, porque era medio soberbia y me gustaba jactarme de las cosas que podía hacer aunque se me presentaran muchos obstáculos y éste, el del idioma, vaya que era uno muy grande. Nos recibió Hazem, un musulmán muy atractivo de unos treinta años, hablaba una mezcla idiomática incomible y discutimos un buen rato cuando me quiso cobrar la visa de veinte dólares, dinero que no tenía, siendo que había quedado en manos de la griega de las bolsas grandes. Hazem no entendía nada, yo era medio maleducada, y no le di más importancia; al fin de cuentas, el del problema comunicacional era él, no yo. Por qué no hablaba un buen castellano, le reclamé, y él no sólo no me respondió sino que me preguntó cómo iba a hacer cuatro días en Cairo sin un puto dólar, ni una meretriz lira egipcia, ni una recatada y virgen divisa de otro lugar del mundo, que eran tan necesarias para sobrevivir. Entonces, como si fuese una pieza de gran valor, exhibí ante el guía más caprichoso de Egipto la página seis, enteramente tachada, de la revista que me habían entregado en la agencia de viajes. Hazem se rascó la cabeza, entendía que yo era medio terca, que no me iba a volver a Atenas así nomás, y por eso me preguntó por mi equipaje y le mostré que lo llevaba al hombro, que no era pesado, que era medio austera. Trasladaba tres bombachas, dos corpiños, dos remeras, una calza, el desodorante y el cepillo de dientes. Viajamos en una combi, mis compañeras de viaje se quedaron en un hotel muy lujoso, y yo en otro no tanto, o bastante menos,pegado a una mezquita hermosísima, por lo que el nivel del hotel me importó poco y nada, si lo que necesitaba era sólo dormir y ducharme.
Mi primer día en Egipto fue único, sería inolvidable, lloré al llegar a Ghiza. Divisé a lo lejos las pirámides y no pude creer que estaba allí. Había cargado agua en el hotel porque entendía que la leve temperatura en el desierto, apenas unos cincuenta grados, me provocaría sed. Cuando quise beber recordé que no había llevado el mate, porque el agua estaba a punto de ebullición, casi para preparar un té sin que expidiera la espuma blanca producto de no haber hervido. No importaba, estaba medio insolada, y totalmente deshidratada, pero contenta como perro con dos colas. El almuerzo estaba incluido en la excursión, por lo que bebí un jugo refrescante antes de deshidratarme nuevamente en la fábrica de esencias, donde me aseguraban que mi nombre era procedente de la hebraica language y yo discutía que procedía de la arabic language. No nos pusimos de acuerdo, ya le había explicado a Hazem que entendía la diferencia ahora que estaba en el mundo árabe, pero como era medio indiferente a esas cuestiones políticas y religiosas no me angustiaba por nada. El problema vino después, cuando Mervat, la otra guía nos llevó al Museo de El Cairo y notó que era medio egiptóloga, que conocía a Tutankamón bastante más que ella, que sabía detalles muy importantes de la ceremonia de la momificación y otras cosas que les vendrían bien a los turistas españoles y más a ellos, para mantenerme entretenida en algo, guiando turistas, sin el peligro de andar por las calles sin un peso ni un poco de inglés o árabe, para comunicarme si no podía volver. Así me tuvieron tres días, trabajando con ellos como guía, de adorno como los guardias de la Plaza Sindagma me llevaban al aeropuerto a recibir judíos que llegaban desde Tel Aviv. Pude notar apenas el conflicto, porque cuando llegaban los contingentes de cualquier punto del mundo musulmán estaba todo muy tranquilo, pero cuando llegaban los moishes había un operativo impresionante, además de tener que soportar que me presentaran como el adorno con nombre procedente dela hebraica language. Ahí, como no hablaba ni inglés ni árabe ni idish, les hacía a todos la sonrisa más hipócrita que me salía y me tomaba la cabeza, porque me duraba la insolación y no podía soportar los embates de la gastritis por culpa de esa comida ultra picante que Hazem me obligaba a comer. Llegó el último día y estaba en el Museo de El Cairo con unas españolas que estaban muy agradecidas con mis servicios de guía. Tengo esa costumbre de caer bien a la gente cuando cuento algo, y como soy medio charlatana aprovecho cuando me escuchan. Las españolas se fueron y yo me quedé en la planta alta del museo, cerca del sarcófago más valioso de la historia de Egipto, al menos, el único hallado sin que lo fundiera la rapiña de los cazadores de fortunas. Me estaba arrancando un padrastro del dedo mayor de la mano derecha, que me terminó sangrando, cuando me abordó él. Yo lo conocía, y por eso se ofendió, no estaba bien que lo tomara con esa naturalidad, pero yo era medio desubicada respecto de las convenciones más ceremoniosas. Como insistió con su asunto jerárquico le contesté que no se agrandara como galleta en el agua, que había sido un faraoncito del montón, que ni viento le hubiese echado a la historia si no se hubiera encontrado intacta su tumba, porque no la habían descubierto los chorros. Le profeticé que en el futuro sería así, y él perdería su prestigio para siempre: todo aquel que no fuera descubierto por los chorros tendría sus cinco minutos de fama o, al menos, su siglo de gloria. Como él, Tutankamón, que se venía con sus delirios ensoberbecidos, sin saber que en eso no me ganaba, porque aún sin un puto peso, ni una meretriz lira egipcia, ni una recatada divisa extranjera, yo era medio altanera, y no me iba a vencer en la pulseada. En un momento él me confesó que se sentía atraído por mí, que hacía unos cuantos milenios no veía una mujer y yo le expliqué, como pude, que era medio sensible, que lloraba con los teleteatros y por eso me negaba a andar con un hombre sin corazón. Él me pidió que no lo subestimara, y me aseguró que sí tenía corazón aunque no puesto. Que lo tenía guardado en uno de los vasos canopos junto al hígado, los riñones, y otras vísceras. Le pedí que no me hablara de esas cosas, que yo era medio impresionable, que cuando iba a la carnicería y me preguntaban si las milanesas las quería de bola de lomo, peceto, cuadrada o nalga, respondía que de cualquiera, que cortaran rápido, que me había quedado traumada desde que mi madre me obligó a comerme la buseca con el mondongo y desde ahí soy medio fóbica a esos asuntos. Él no me entendió mucho, porque nunca hacía solo las compras, sus esclavos y sirvientes bebían esos malos tragos y pedían, a sus órdenes, los cortes de carnes necesarios y caminaban con paso presuroso los corredores interminables de los hipermercados. Las españolas me habían dejado muy cansada, porque me pedían explicaciones de todo, y, como soy medio engreída acerca de mis saberes, todo se los había enseñado con lujos de detalles demostrando que era una egiptóloga avezada.
Al fin Tutankamón me mostró el papiro. Me emocioné, pero, aunque yo sabía mucho de demótica, hierática y escritura jeroglífica, no podía interpretar sus ideogramas, menos traducirlos. Por eso, él me confesó que era una especie de declaración de amor y yo me quebré, porque era medio romántica. Por fin me animé y le expliqué que me gustaban los hombres maduros de hasta treinta y cinco años, como mucho y, en casos muy particulares, de hasta cuarenta. Que con hombres de miles de años no había salido nunca, y no sabía si podíamos congeniar. Él me respondió que entendía su avanzada edad, pero que en el fondo de su momia continuaba teniendo no más de catorce años. Me indigné, le dije que era medio liberada, que no me caían bien los hombres inmaduros a quienes seducían mujeres que pudieran simular ser sus madres. Él lloró, tenía un llanto milenario, sus lágrimas olían a limo, a Nilo, a té de flor del desierto. Yo lo abracé, pensé que no estaría mal entrar a su sarcófago, aunque fuera medio claustrofóbica, que nadie se enteraría, que estaba a miles de kilómetros de casa y la técnica de hematología no me vería y no me recordaría, como lo hizo la última vez que doné sangre, que no hay que andar haciéndolo por ahí, menos en el exterior, menos que menos en África, donde anda mucho el virus incurable.
No pude creer la conexión que tuvimos dentro del sarcófago. Me dejé poseer como nunca, tan lejos de casa. Tuve orgasmos milenarios, históricos, múltiples gemidos trepidantes. Politeístas. Adoradores del sol. Constructores de pirámides, hipogeos y tumbas infranqueables. De escrituras perennes. Me aturdió el sonido ensordecedor de la capital más bulliciosa del mundo y, cuando logré matar el mosquito, el que había entrado como todos los bichos que se escabullían por las ventanas de ese hotel de mala muerte de los suburbios de El Cairo, él se subía los pantalones. Estaba de espaldas, pude notar algo que no había percibido cuando mi interior excitado era gobernado por su falo africano: las nalgas de Hazem eran faraónicas, y yo seguía, medio aturdida, por culpa de la insolación.
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