De Sheila Acosta Anzalone
Era un septiembre ventoso pero cálido, y Silvia organizó la ropa del
placard. Ahí estaba ese pantalón biege amantecado que le cerraba, con
suerte, y luego de unas destrezas gimnnásticas: acostada sobre la cama a
los fines de subir el cierre.
-Lo uso igual- se dijo, y sacó unas botitas color camel que combinaban perfecto.
Vestida
mejor que otros días, salió para su trabajo en la escuela. Varias
compañeras ponderaron el pantalón y las botas y ella se regicijó
valorando el esfuerzo del cierre contra el rollo. Pero algo no
planificado e irregular, justo en contra de ella, que era tan regular,
sucedió. Estaba escribiendo sobre el pizarrón unas consignas, mientras
los alumnos terminaban una guía, cuando sintió que la elección del
pantalón, dado el color, no había sido la acertada. Sabía que se había
manchado, lo sabía y esperó hasta que culminara el recreo para pasar
desapercibida. No quería ir para el baño, que quedaba cerca de la sala
de los docentes. Cuando logró llegar supo que la situación era más
trágica de lo que suponía. Recordó esa primera vez de la que sabía
vendría una vez al mes, según los anticipos maternos. La madre no le
había anticipado que justo en el cine le iba a pasar lo que le pasó,
manchándose la babucha rosada casi hasta llegar a las skipy fucsia,
aquellas sandalias de plástico con tiritas cruzadas como las
franciscanas. Había sido el estreno de Elliot, mi amigo el dragón, que
andaba socorriendo a los chicos en problemas, y ella, justo ella
necesitaba por esos momentos que la socorriera algún bicho volador, pero
se tuvo que conformar con atarse, en la cintura, el pullovercito de
bremer bordó.
Y ahí estaba Silvia, tres décadas después del
recordado papelón, tratando de salvar ese nuevo. En la sala había una
sola docente que pudiera ayudarla. Se había quedado después del recreo,
con permiso de la directora, porque estaba totalmente afónica, y en los
inicios de su carrera no podía pedir licencias. Llevando su cuaderno
Arte para el baño, y con una comunicación en la que ella como emisora
hablaba y su receptora, al intercambiar el rol, contestaba con gestos,
Silvia inició su pedido de socorro. Escribió una esquela dirigida a una
preceptora y se la dio. La notita, decía.
-Sonia, vení hasta el baño. Es urgente.
Minutos después la afónica devenida en paloma manesajera regresó con una notita que decía:
-¿Qué pasa?
Silvia volvió a escribir, encerrada en el baño.
-Me manché toda, busquen a Laura, que vive a dos cuadras y es más o menos como yo, para que me mande un calzón y un pantalón.
La paloma mensajera volaba con las esquelas de un lado a otro:
-Y sabiendo que te venía te pusiste un pantalón clarito, si serás boluda, nena. Laura no me atiende. Decime de otra.
-Ana Zuñiga, podría hacer-escribió en otro trozo de hoja sobre el cuaderno Arte apoyado sobre el lavatorio del baño.
La paloma mensajera, la profe muda en forma momentánea, iba con la nota y volvía con la respuesta.
-¿Le digo que te mande culquier cosa?
-Cualquier
cosa, no-contestaba, enojada, Silvia-si me manda una calza de goma como
la que usó Olivia Newton Jones bailando funky con Travolta, seguro no
me va a entrar. O sea: ¡que me mande algo que me entre! De Fiebre de
sábado por la noche, no.
Cuando leyeron esa respuesta, las que
leían las notas de la atacada por la tragedia mensual, comenzaron a
debatir y la interlocutora de Silvia, en la cadena de mensajes en
papelitos, escribió.
-Che, acá dicen que la de Fiebre de sábado
por la noche no era Olivia, que era una morochita de pelo corto.
Acordate, che, la vimos en el super ocho de Rosita Bandeira.
Cuando
Silvia leyó esa última respuesta se terminó de enfurecer. Sin sacar la
hoja del cuaderno Arte, escribió una misiva insultante, amenazante,
plagada de palabrotas y vituperios. Entre las madres, hermanas y abuelas
meretrices de las que debatían sobre las películas de Travolta, había
sugerencias de relaciones zoofílicas con los burros y otras obscenidades
más. Ya estaba por abrir la puerta del baño, nuevamente, para darle la
misiva a la paloma mensajera de ese día, cuando reaccionó, rompió la
hoja en varios pedazos y la tiró al inodoro. Luego, tratando de
serenarse, escribió:
-Cómo las quiero, chicas, pídanme, por favor, un remís, y me madan avisar con la muda cuándo llega. Gracias por todo.
Después
de entregar la última nota, se ató el saquito marrón, en la cintura,
como otrora lo hiciera con el pullover de bremer mientras entendía que
ni Elliot, la salvaría y esperó que, por lo menos, el remisero no se
pareciera a Travolta