Para participar enviá un mail a palabrasenronda@gmail.com Todas las imágenes están extraídas de la red INTERNET

viernes, 13 de junio de 2014

Campeones

 



Graciela Fachal


¿Veintiuno es hoy? O le escuché mal al relator ¡Ah… por eso nos hicieron cantar el himno ayer. Me chuparon el martes seis… Entonces… Gooooooool! Gooooool de Argentinaaa..! Gooooool..! Entonces el domingo fue el Día del Padre. ¿Cómo estará el viejo? ¿Cómo estarán los chicos? No entenderán nada. ¿Qué les habrá dicho la flaca? Su panza estará más grande ya… ¿Por qué nos pusieron a ver este partido? ¿Con qué criterio eligieron a los que podemos verlo? Es la primera vez que me bajo el tabique… pero sólo para ver la tele; ningún mirar para los costados o para atrás; si no, ligo… Goooooool..! Goooool de Argentinaaa..! ¡Go-la-zoooo..! Están todos atrás. Me parece que esa es la voz del Turco; lo escuché cuando lo llevaron a Rafa al quirófano: así que vos sos el Rata, a ver si hoy cantás todo lo que sabés, pendejo, si no vas a saber quién es el Turco… El 10 es Kempes… el 14, Luque… Uy, me parece que ese del pulover negro es Hernán. ¿Estará Elsa también? ¡Qué linda estaba la Iso Milano que les compramos! Pero hicimos bien en cambiarla por el Isetta; con un pibe ya y la flaca embarazada necesitábam… Gol... Gol... Gooooooool..! Gooooool de Argentinaaa..! Goooool..! ¡Vamos muchaaachooos..! Ese es Chumpitaz, el capitán de Perú. Ja, el Flaco Menotti; la puta que lo parió! Cómo me fumaría un Parisien… ¿Pablo estará acá mirando el partido? Me parece que lo hicieron mierda. ¿Quién más habrá caído? ¿Alguna de las chicas? Por lo que veo revoleando los ojos, no trajeron mujeres a ver este… ¡Gooooooool..! Gooooool de Argentinaaa..! Gooooool..! Vaaamos Argentinaaa..! ¡Vaaamos muchaaachos que llegamos a la finaaal..! ¿Los chicos y la flaca estarán mirando este partido? ¿Quiénes lo estarán viendo? ¿Dónde estarán? ¡Bien, Pasarella! ¡Cómo se habrán puesto mis viejos! Y mi hermano! ¿Cómo andará la panza? ¿Será nena esta vez? Ay, carajo..! ¿Cómo estarán los chicos? ¿Qué les habrán dicho? Me preocupan sus preguntas … sus temores, quizás terrores… Van a quedar marcados por las huellas de esta angustia, capaz que para toda la vi… ¡Gooooooool..! Gooooool de Argentinaaa..! Gooooool..! Argentinaaa, cincoooo..! Perú, cerooo..! ¡Ya estamos pisando el camino hacia la finaaaaal..! ¡Ya es un sueño cada vez más cercanooo..! Sueño con poder volver a casa… con abrazar a los chicos… los llantos compartidos… el abrazo interminable con la flaca… las caricias a la panza terceriza… Sueño con ser mejor padre y un esposo más compañero, con comer chocolates los tres juntos… Pienso en todo lo que voy a hacer si llego a zafar de ésta… Tengo la sensación de haber estado perdiendo el tiempo; como si no me hubiera dedicado con todas mis fuerzas, o todo mi amor, a la flaca y los chicos… ¿Por qué carajo seguí metido si sabía que la cosa, ahora, no tenía sentido ni salida? ¿Por qué no le di pelota a la flaca cuando jodía con que había que desensillar hasta que aclarara… ¡Mierda! ¡No puedo seguir pensando!!! Se me caen las lágrimas y los mocos y… ¡Gooooooool..! Gooooool..! Goool de Argentinaaa..! Gooooool..! Argentinaaa, seeeeis..! Perú, ceroooo..! Graaandeee Argentinaaa clasificando para la final de este Mundial setentaiooochooo..! Gooooool..! ¡¡Los argentinos nos merecemos esta felicidaaaad!! ¡¡¡Porque los argentinos somos dereeechos y…

Cada Mundial, lo mismo. Recién vi la ceremonia inaugural de éste. En poco rato empezará el partido entre Brasil y Croacia. Estoy triste. Y mis ojos no lloran, por ahora.



miércoles, 11 de junio de 2014

Estoy triste y mis ojos no lloran

De Sheila Acosta Anzalone




Ya lo sabes. Estoy triste y mis ojos no lloran, aunque antes hayan derramado océanos de lágrimas. Mares de llantos compungidos, en tanto pronunciaba mis palabras inútiles. Frases al viento. Sueños hilvanados acerca de lo que no pudo ser, o fue un soplo de segundos. Unos panaderos volando en la tarde ventosa mientras decidía los íntimos deseos. Todos asociados a ti. Esperanzas augurando unas acciones que no llegarían, en tanto te ansiaba arrebujada en el umbral de mi alma.

No, ya no lloro. ¿Para qué continuar haciéndolo? ¿Qué sentido tendría? Los telones ya han caído y las fronteras eran más restrictivas de lo que imaginaba. Nadie pasa por mi corazón, me dijiste, o eso creí escuchar cuando logré descubrir que tenías el peor y más irreductible de los defectos: no te dejabas querer.

Es así de cruda la verdad cuando un conflicto no tiene solución o, a simple vista, parece no tenerla. Y es de una tristeza insondable porque los abismos que nos distancian no saben del amor, o lo saben, pero su pertinaz costumbre a vivir en sombras impiden que mis sentimientos los iluminen. Que les regalen calor en tus noches solitarias, o las mías cuando ya no lloro, o finjo no hacerlo. Sí, claro que sí, emprendo esa ficción para demostrarme, en medio de las lágrimas reprimidas, cuán fuerte soy.

domingo, 8 de junio de 2014

Yeguas, si las hay



Sheila Acosta Anzalone




A ver, pensá: si no te lo digo yo, que soy tu madre, ¿quién te lo va a decir? Ah, claro, claro, me olvidaba que ya eras una mujer.¡Perdón! No tenía en cuenta que la señorita ya estaba tan grande que no necesitaba ningún consejo, ni contar nada, claro. Menos contar con la madre, tanto para ser su confidente como para tenerla informada. Creés que saliste de un repollo, que no hice miles de sacrificios, que no di la vida por vos. Que no tuve jamás, nunca en los veintitrés años que me llevó criarte, más de dos bombachas por vez, y siempre alguna con los elásticos estirados. ¿Corpiños? Al que no se le salía el aro, había que acomodarlo para no andar con una teta al aire. ¡Pero claro! Qué le puede importar a una ingrata como vos, a una caprichosa mal aprendida; porque, enseñada, estás bien enseñada. Al mejor colegio te mandé mientras vivía miles de privaciones, y usaba pincitas vulgares que no me arrancaban ni un pelo. Dale, dale, hacé lo que quieras, no me cuentes nada, así no te tengo que rezongar, que me sube la presión a las nubes, con lo que reventaría en cualquier momento. Ah, ¿que me estabas preparando una fiesta sorpresa para mi cumple de cincuenta? No te digo: cuando hablo con mis amigas les aseguro que sos la hija perfecta, y que saliste igualita a mí. O sea: a mamá, que si no te lo digo yo, que soy tu madre, ¿quién te lo va a decir?

viernes, 31 de enero de 2014

Sheila Acosta Anzalone

No, no lo soñé, fue como te digo. Por qué mentiría. Con algunas cuestiones no se miente, ni se simula, ni se finge, ni se espera la aprobación de lo que no desea ser aprobado. Fue así. Tan así, totalmente así. Nadie, absolutamente nadie puede negarme que fue así. Por supuesto, está claro que resultaría de una inutilidad absoluta explicar lo inexplicable, o entender aquello que, a todas luces, se exhibe incomprensible.
Quien se atreva a asegurar que descubrió los insondables misterios de la vida, podrá hacerlo, pero sus aseveraciones surgirán de su parcial visión. En mi caso, tan humilde y, a la vez, tan soberbio, engreído, inusual, pero muy sincero, sólo me conformo con decir que es posible lo imposible, que se puede añorar lo que no se vivió, extrañar una voz jamás escuchada, o perderse en la mirada que nunca nos vio.
Un ocaso mortecino puede aguardar en cada madrugada, porque el alba es crepúsculo en otras latitudes. Un eclipse total del corazón no es sólo la letra de una ochentosa y bella canción, ni la luminosidad dejada por alguien en su tránsito por el rincón compartido, a veces, por un segundo. Es eso, es un eclipse total, y cada quien sabe de las bellezas únicas e irrepetibles que mueve un fenómeno universal como ese. Cada quien entiende que, una vez que pase, deberá esperar años, quizás siglos, o milenios para que acaezca algo similar. Por eso la necesidad de atrapar los eclipses, como si se pudiera tratarlos cual objetos. Como cosas que perezcan, atadas, a las mezquinas leyes de la propiedad. Así de egoístas somos, así de yoístas sin entender y aceptar, que los asuntos únicos son tan libres como el viento.
Quién puede negar mi vuelo de libertad afirmando que lo soñé, si ya he surgido de la crisálida y muy pronto, en horas se hará la noche.
Quién puede regimentar los sueños cuando son y no son sueños. Quién es capaz de decirme que sólo lo soñé.

viernes, 13 de septiembre de 2013

La carta que no pudo entregar.



  • Había amanecido un día gris. Muy gris. La bruma marina auguraba una jornada de encierro pero Jorgelina, de todos modos, salió. Debía hacer las compras de los ingredientes necesarios para los ñoquis, pues ese día gris era veintinueve.Y ese día del mes, como es bien sabido desde el culto a las  ceremonias gastronómicas, se debe saborear tan sustancioso plato.
     Jorgelina no había prestado mayor atención al contexto climático de otros veintinueve, aunque sí a los recuerdos de aquellos almuerzos familiares con el billete colorido debajo de cada plato. Vertiginosa había sido la devaluación de la moneda argentina durante su infancia, por lo que los billetes de la ceremonia de prosperidad habían sido colorados, violáceos, verdosos y marrones. Todo el grupo de su casa natal disfrutaba de la delicia casera de la madre, quien había estado un buen rato parada en la cocina, para pasar por la tablita de marcado a los confeccionados con papa y harina. Aquellos que luego quedarían embebidos dentro de la boloñesa en que navegaban las hojas del laurel. Al que le quedara una hoja en el plato, le tocaría el turno de lavar los platos, había indicado a la madre que bien merecido tenía un breve descanso.
    A nadie se le ocurría, por esas épocas, desobedecer un mandato materno. Menos, paterno. Eran tiempos en que estos rituales familiares se seguían al pie de la letra. Y la letra de la escuela también era obedecida sin chistar. A pocos se les hubiese ocurrido, décadas atrás, cuestionar a la maestra, contestarle, opinar acerca de su práctica. A menos osados, aún, se les hubiese ocurrido desobedecer al director, o no saber nada para una prueba.
    Jorgelina había sido una buena alumna, pero no una mejor compañera. Era egoísta y competitiva en sus épocas de escuela. Le gustaba jactarse de lo que otros no tenían, y dejar en evidencia a los que poco habían estudiado. Además, no prestaba los útiles, no convidaba a nadie con sus golosinas, y siempre quería destacarse entre los demás. Sus métodos le valían el desprecio de la mayoría de sus compañeros, pero a ella no le importaba. O, más exactamente, parecía no importarle el ser rechazada por los que eran sus iguales durante la jornada escolar. En definitiva y en el fondo, muy en el fondo de sus actitudes mezquinas, ella sabía que ser querida y valorada por sus compañeros era más importante que los muchos felicitados, excelentes y muy bien diez de sus cuadernos y libretas. Llegó el día, primer y soleado día del trabajo grupal. Jorgelina no sabía lo que significaba trabajar en equipo desde la horizontalidad y con un objetivo común. Su yoísmo exacerbado le impedía verse igual a los otros, sus compañeros, pasando del yo al nosotros. No sabía de esas cosas porque se jactaba, se regocijaba luciéndose sola y no entendía cómo se podía disfrutar de la posibilidad destacarse junto a otros. Otros que fueran sus iguales. Y fue el sorteo de la maestra el que decidió con quiénes se reuniría. Con pereza y habitada por la soberbia, fue a reunirse a lo de un compañero. Trabajaron mucho, y ella trató de dejar en claro su papel desatacado en el grupo. Sería la primera en decir, de memoria, su texto que, además, sería el más extenso. Continuarían los otros y ella cerraría la lección con unas menciones que destacaran su lugar en el grupo de estudio.A pesar del esfuerzo se hizo muy tarde y no lograron terminar con las láminas ese día, por lo que acordaron reunirse otra vez, pero en la casa de Jorgelina. Era un veintinueve gris y brumoso, cuando los compañeros de Jorgelina llegaron aún quedaba en el ambiente el aroma inconfundible del tuco de los ñoquis. Marcela, una de las compañeras, valoró con su memoria olfativa ese detalle, y contó que su madre, fallecida un año atrás, hacía una comida que tenía ese olor. Que seguramente habían almorzado ñoquis, agregó. Tobías, el compañero que había sido anfitrión antes, tomó de la mano a Marcela en señal fraterna y otra de las chicas la abrazó. Jorgelina no se dio cuenta de nada porque estaba muy ocupada en jactarse de su posición económica. Su casa era mejor que la de Tobías y las de Mariana y Rosa. Era más grande, más vistosa, estaba mejor ubicada según las imposiciones de la urbanidad.
    Marcela vivía en un conventillo a cargo de unos tíos viejos. Nadie iría hacia allí a reunirse para un trabajo grupal porque quedaba en un barrio de las afueras.
     Marcela se entretuvo, mientras Tobías desplegaba las láminas sobre la mesa, observando unos adornos de cristal de la madre de Jorgelina. La anfitriona, quien si tenía madre que ese día había cocinado unos deliciosos ñoquis, le dijo:
     -Que no se te ocurra robarte nada, ¿eh?Tobías la miró sorprendido, las otras chicas también. Y Marcela, tomando avergonzada su carteritaa escolar de cuero, salió de la casa llorando mientras Tobías corría y desde el cuarto del hermano mayor de Jorgelina se escuchaba Abba en su versión castellana de Chiquitita. Marcela corría y en la casa de la mezquina que no prestaba los útiles ni convidaba golosinas quedó flotado la frase “Chiquita no hay que llorar, que las penas vienen y van y desaparecen…”.
    El día de la lección Marcela no fue, tampoco los días siguientes por lo que la maestra no reprogramó más el lugar del grupo y Tobías dio la parte de la que se fue llorando, herida por una ofensa.
     La bruma lo invadía todo y el auto de Jorgelina tuvo un desperfecto. Dado el ruido y el aumento intempestivo de la temperatura, supuso había sido el corte de la correa del alternador. No andaba nadie por la costanera con ese tiempo por lo que, resignada, salió caminando a pedir auxilio. Pocos metros había transitado cuando un auto se detuvo junto a ella. La conductora le habló, era Marcela. Tantos años habían pasado y se la podía reconocer por la sonrisa franca que revelaba algo de tristeza y mucho de sinceridad. Llevó a Jorgelina hasta un taller y luego a su casa, cuando el auto quedó en manos del mecánico. Ya se despedían y Jorgelina se animó:
     -Marcela, te escribí una carta el mismo día en que te ofendí-le tembló la voz y agregó-sé que hice algo horrible, imperdonable. Escribí una carta pidiéndote disculpas, pero no me animé a dártela. La guardé durante muchos años.-¿La tiraste?-preguntó su interlocutora, emocionada. -No. La guardé en una caja junto a los adornos de cristal de mamá, ¿te acordás?
     -De tu mamá me acuerdo, cómo no, era una gran mujer. De lo otro no, ya pasó, Jorgelina. Fueron cosas de la infancia. No te preocupes, ya lo había olvidado.
    Se abrazaron, fue un largo y apretado abrazo el que las halló reunidas en un día tan gris como el de antaño y, cuando Marcela se subía a su coche, Jorgelina le dijo:
     -Esperá, con lo del auto voy a cambiar el menú y pasar lo planificado para esta noche ¿Por qué no venís a cenar? Voy a cocinar unos ñoquis como los que hacían nuestras madres.-Ni loca me perdería esos ñoquis, compañerita- respondió, mientras los hoyuelos de su sonrisa franca de tres décadas atrás le mostraban, a la que había sido cruel, que había una oportunidad para reivindicarse.

    Sheila Acosta Anzalone.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

PALABRAS AL VIENTO

Sheila Anahí


Te escribo, a pesar de nuestra ruptura irreversible, te escribo. A pesar de la decisión, elucubrada decisión de no enviarte mis cartas, te escribo. Si alguna vez te las hubiese enviado, quizás, regresarías a mí como aquel personaje de Crónica de una muerte anunciada, que volvía al encuentro de la que lo amaba como si no volviera. Como si las décadas hubieran sido segundos. Llegaba viejo, cansado y derrotado pero con las cartas sin leer, los sobres sin abrir. Antes de pasar por eso, por la insondable tristeza de condenar mis palabras a la indiferencia y el olvido, prefiero escribirte para mí, decirte que no importa, ya, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Lo que realmente importa, y esta es la mayor verdad que abrazo por estos días, mi mayor certeza, es lo que provocó en mí la necesidad de escribir para vos como si fuera para nadie. Esa necesidad me condujo a crear sin límites, me pemitió inventar un mundo nuevo en el que cualquiera puede habitar si se propone dar infinitas interpretaciones a lo que no nació para ser interpretado. No sólo puede habitar mi mundo aquel a quien escribí mil cartas monotemáticas, cartas sin sentido que se esmeraban en decir lo que, en cualquier idioma, ocuparía unas pocas palabras: aún no te he olvidado.

martes, 10 de septiembre de 2013

UN AMOR DE OFICINA

 De Emi Tudi



            
 Le escribo sabiendo que nunca enviare esta carta…por obvios motivos, usted no sabe que existo y yo no sé su dirección…
Le escribo estas líneas sabiendo que nunca las va a leer, pero no me importa, porque quiero que sepa que cada mañana me enfundo en mis mejores galas solo para colgarme por la ventana a verlo, con la vana esperanza que mientras habla por teléfono levante su vista y de pronto me vea.
Cada medio día, me almuerzo la angustia de que no ha mirado ni siquiera un segundo hacia mi ventana, y al caer la tarde bajo la persiana con el anhelo  de que quizá lo hará mañana.
 Quisiera que sepa que no soy de esas locas que se obsesionan con un desconocido, pero desde que usted se ha mudado a ese edificio que linda con el mío, mis días han cobrado vida, me despierto cada mañana con una sonrisa pensando en usted, y casi me he olvidado de cuan miserable eran mis jornadas en este trabajo que odio.
Solo agradecerle, que ha devuelto a mi cotidiana rutina la ilusión y que desde su llegada ha vuelto a entrar el sol en este cubículo frio en el cual trabajo 8 largas horas de mi hastiosa vida.
PD: Por si acaso algún día esta epístola llega a sus manos, y si solo por casualidad usted decide levantar la vista de puro curioso, mi ventana es la del séptimo piso, tercer cuadradito (al medio), tiene un macetero con una plantita que solía estar seca, pero que esta brotando otra vez desde que la riego a diario. Saludos cordiales, Maria…

lunes, 9 de septiembre de 2013

La carta que no envió

 De Sheila Acosta Anzalone

 Era un septiembre ventoso pero cálido, y Silvia organizó la ropa del placard. Ahí estaba ese pantalón biege amantecado que le cerraba, con suerte, y luego de unas destrezas gimnnásticas: acostada sobre la cama a los fines de subir el cierre.
-Lo uso igual- se dijo, y sacó unas botitas color camel que combinaban perfecto.
Vestida mejor que otros días, salió para su trabajo en la escuela. Varias compañeras ponderaron el pantalón y las botas y ella se regicijó valorando el esfuerzo del cierre contra el rollo. Pero algo no planificado e irregular, justo en contra de ella, que era tan regular, sucedió. Estaba escribiendo sobre el pizarrón unas consignas, mientras los alumnos terminaban una guía, cuando sintió que la elección del pantalón, dado el color, no había sido la acertada. Sabía que se había manchado, lo sabía y esperó hasta que culminara el recreo para pasar desapercibida. No quería ir para el baño, que quedaba cerca de la sala de los docentes. Cuando logró llegar supo que la situación era más trágica de lo que suponía. Recordó esa primera vez de la que sabía vendría una vez al mes, según los anticipos maternos. La madre no le había anticipado que justo en el cine le iba a pasar lo que le pasó, manchándose la babucha rosada casi hasta llegar a las skipy fucsia, aquellas sandalias de plástico con tiritas cruzadas como las franciscanas. Había sido el estreno de Elliot, mi amigo el dragón, que andaba socorriendo a los chicos en problemas, y ella, justo ella necesitaba por esos momentos que la socorriera algún bicho volador, pero se tuvo que conformar con atarse, en la cintura, el pullovercito de bremer bordó.
Y ahí estaba Silvia, tres décadas después del recordado papelón, tratando de salvar ese nuevo. En la sala había una sola docente que pudiera ayudarla. Se había quedado después del recreo, con permiso de la directora, porque estaba totalmente afónica, y en los inicios de su carrera no podía pedir licencias. Llevando su cuaderno Arte para el baño, y con una comunicación en la que ella como emisora hablaba y su receptora, al intercambiar el rol, contestaba con gestos, Silvia inició su pedido de socorro. Escribió una esquela dirigida a una preceptora y se la dio. La notita, decía.
-Sonia, vení hasta el baño. Es urgente.
Minutos después la afónica devenida en paloma manesajera regresó con una notita que decía:
-¿Qué pasa?
Silvia volvió a escribir, encerrada en el baño.
-Me manché toda, busquen a Laura, que vive a dos cuadras y es más o menos como yo, para que me mande un calzón y un pantalón.
La paloma mensajera volaba con las esquelas de un lado a otro:
-Y sabiendo que te venía te pusiste un pantalón clarito, si serás boluda, nena. Laura no me atiende. Decime de otra.
-Ana Zuñiga, podría hacer-escribió en otro trozo de hoja sobre el cuaderno Arte apoyado sobre el lavatorio del baño.
La paloma mensajera, la profe muda en forma momentánea, iba con la nota y volvía con la respuesta.
-¿Le digo que te mande culquier cosa?
-Cualquier cosa, no-contestaba, enojada, Silvia-si me manda una calza de goma como la que usó Olivia Newton Jones bailando funky con Travolta, seguro no me va a entrar. O sea: ¡que me mande algo que me entre! De Fiebre de sábado por la noche, no.
Cuando leyeron esa respuesta, las que leían las notas de la atacada por la tragedia mensual, comenzaron a debatir y la interlocutora de Silvia, en la cadena de mensajes en papelitos, escribió.
-Che, acá dicen que la de Fiebre de sábado por la noche no era Olivia, que era una morochita de pelo corto. Acordate, che, la vimos en el super ocho de Rosita Bandeira.
Cuando Silvia leyó esa última respuesta se terminó de enfurecer. Sin sacar la hoja del cuaderno Arte, escribió una misiva insultante, amenazante, plagada de palabrotas y vituperios. Entre las madres, hermanas y abuelas meretrices de las que debatían sobre las películas de Travolta, había sugerencias de relaciones zoofílicas con los burros y otras obscenidades más. Ya estaba por abrir la puerta del baño, nuevamente, para darle la misiva a la paloma mensajera de ese día, cuando reaccionó, rompió la hoja en varios pedazos y la tiró al inodoro. Luego, tratando de serenarse, escribió:
-Cómo las quiero, chicas, pídanme, por favor, un remís, y me madan avisar con la muda cuándo llega. Gracias por todo.
Después de entregar la última nota, se ató el saquito marrón, en la cintura, como otrora lo hiciera con el pullover de bremer mientras entendía que ni Elliot, la salvaría y esperó que, por lo menos, el remisero no se pareciera a Travolta

sábado, 6 de julio de 2013

EL SALUDO



 Sheila Acosta Anzalone




Todo había acaecido por un saludo. Todo. El otoño se avizoraba en todo su esplendor, y los árboles, los majestuosos árboles de follajes caducos, se hallaban casi desnudos a la espera del inclemente invierno. La comunicación o incomunicación entre ellos, un hombre y una mujer, había acontecido en los terrenos escarpados de la virtualidad, geografía imaginaria que habita las vidas de sus usuarios, reunidos en las populosas tertulias de las redes sociales.

Ella, Eugenia, recibió con naturalidad aquel saludo virtual, el “toque” y no le dio mayor importancia. Pero después, cuando incursionó, sorprendida, los mundos profundos de ese hombre, algo sucedió. Algo distinto que la conducía a un cambio. Él se veía en las fotos de otros tiempos como un héroe antiguo enarbolando banderas de luchas; de luchas por otro mundo, de la construcción arcillosa del hombre nuevo y, al verlo con su sonrisa eterna, Eugenia sintió algo que la subyugó.

Al sumergirse, hipnotizada, en sus fotos despiertas ella acudió, sin saberlo, al pasado estático que parecía un hoy. Un hoy en el que ese hombre al que percibía como un mártir antiguo a cuyo sepulcro oculto no era necesario peregrinar, pues estaba ahí, tan cerca aunque del otro lado del océano, y seduciendo su presente de soledad, se convertía en un sueño sin fin. Él, que había abrazado unas utopías que ella quería perseguir, habiéndolo arriesgado todo, le hacía un lugar en su vida, aunque sólo a través de una pantalla. Así se fundieron en una relación desprovista del cara a cara, la piel acariciada, y todo lo que podría acontecer en el mundo real, siendo que el virtual era un rincón más de aquel.

Ávida de ese hombre, los ojos de Eugenia se bebieron su antaño pasional y sus pies, expedicionarios de arenas y tiempos, corrieron, presurosos, a la zaga de su ser próximo, prójimo, él. Él que le arrancó felicidad y desconsuelo a través de tanto, y de tan poco. Él que la arrastraba en su mar implacable, y ella nadaba contra las corrientes siempre adversas de sus futuras indiferencias, los egos infranqueables y los insensibles agravios. Los agravios que jamás debieron atravesar ese amor único. Insondable.

El interior embriagado de Eugenia llegó a cantar, emotivo, los poemas olvidados por él en sus celdas. Aquellas que lo encerraron cuando no trepidaba ante sus inquisidores, ante los verdugos. Sus manos pretendieron atrapar unos días que no había palpado. Que su biografía tardía no pudo asir, al estar destinada a nacer dos décadas después que aquel hombre que poblaba sus noches de insomnio. Aquel hombre que le había respondido con las palabras, y también con sus silencios. Finalmente, decidida al naufragio, ella sucumbió; se entregó, definitivamente, a la resignación de los vencidos.

Por qué se negó a la realidad tan evidente. A la pertinacia de sus no, tan vehementes. Por qué continuó aferrándose al sueño que no durmió, los besos que ese hombre jamás le dio, las sábanas que no los hallaron juntos, gozando. No lo supo. Jamás lo comprendió, pero sí, que un saludo, un simple saludo puede ser el inicio de lo inolvidable y, también, el más crudo y definitivo adiós.


lunes, 24 de junio de 2013

ENCUENTROS CAUSALES



 De Emi Tudi





Era un día atípico de invierno, un domingo de sol pleno, húmedo y con un inusual clima primaveral. Amanecí temprano y con ganas de pasear; Puse agua en el termo y cargue la matera. Me costó un poco despertarlo a mi novio, pero luego de un rato de molestarlo sin parar, logre despabilarlo y emprendimos el viaje hacia las sierras.

Rumbo incierto. Mapa en mano, como copiloto dispongo que íbamos a ir donde nos lleve el destino, - cierro los ojos y marco con el dedo, lo que sale, sale–

- No, sos loca - me dice Agustin, -vos tenes mala puntería si sale algo muy lejos no te llevo-.

- Bueno, si es muy lejos, hacemos trampa, barajamos y damos de nuevo, replique.

- Correcto-, afirmo el piloto, no muy convencido.

Respire hondo deseando acertar a la primera, cerré los ojos y empecé a revolear el dedo, como si fuera una barita mágica.

- Listo, la suerte esta echada, es acá - abrí los ojos nerviosa y mire hacia donde se había posado el dedo: “Los cocos”. Distancia: más que prudencial; -Los Cocos, allá vamos- exclame contagiando al chofer con mi entusiasmo.

Luego de una hora de viaje, mates, sierras, charla y buena música arribamos. El pueblo era hermoso, sereno, de casas bajas, un despejado cielo azul y un aire fresco y puro que por momentos se invadía de un exquisito olor a leños.

Paseo obligado the Coco´s park. Montados en la aerosilla regresamos a la infancia. Ya en la cima nos sentamos a contemplar la inmensidad. Nueva ronda de mates y más charla. Siempre surge esa inquietud del citadino de mudarse a vivir en un lugar como el que está visitando, entonces amargo va y amargo viene uno cambia su vida en segundos, vende todo, compra una casa y se instala en el pueblo a vivir tranquilo y respirar de esa paz que percibe al llegar.

En fin, suspiramos sabiendo que es solo un anhelo, pero es lindo soñar. Con el último mate decidimos bajar.

El sol se estaba escondiendo y poco a poco la temperatura fue descendiendo. Tanto jugar a ser niños, y mudarnos de ciudad, nos abrió el apetito.

Ya en la base nos recomendaron un lugar para tomar el té y hacia allá fuimos. La casa era de un sereno estilo inglés; Por dentro los pisos de madera rechinaban, el ambiente era cálido e invitaba a merendar. Al medio de la sala había situada una antigua salamandra. Nos sentamos al lado, pegaditos. Comimos una rica porción de pastel de manzana acompañada con un tazón de chocolate humeante y espeso, que agarramos con las dos manos para calentarnos los dedos que estaban helados.

La moza y dueña del lugar era muy atenta y al vernos con frio nos dijo picara - si quieren abrigos yo les puedo recomendar un lugar. Es un lugar hermoso, dijo la anfitriona, -venden tejidos con hilados artesanales, Se van a ubicar enseguida, bajan por esta misma avenida y van siguiendo los carteles, es una casita como de cuentos-.

Luego de las indicaciones pertinentes y ya con la panza llena partimos hacia el último destino antes del regreso. Ya había oscurecido y el negro de la noche venia envuelto en una brisa gélida. Todo conspiraba para que el deseo de comprar algo mas abrigado fuera in crescendo.

Dimos un par de vueltas perdidos, yo ya me había entusiasmado y no iba a desistir, tenía que poder llegar. Dos o tres vueltas mas, y mientras admirábamos los antiguos caserones logramos encontrar el primer cartel indicativo.

Avanzamos varias cuadras mas y a lo lejos visualizamos la casita, era de fabula tal como nos habían contado. Entramos tímidamente, y nos recibió una mujer de sonrisa generosa, se veía feliz de vernos llegar y enseguida nos relajamos. Yo quede embelesada y quería comprar cuanto pulóver se me cruzaba. Todos los tejidos eran hechos a mano, el hilado el teñido y la confección totalmente artesanal. Finalmente luego de medirme todo me decido por un chaleco de lana cruda. Bolsa en mano y a instancias del reproche de mi compañero de viaje, que insistía en que se hacía tarde, saludamos y nos fuimos.

- Tengo que volver, exclame emocionada al salir del lugar, - voy a venir con mi hermana, con mi mama, el próximo feriado volvemos si o si-. -

Un... "bueno"(como a los locos), me conformó y me dormí camino a casa.


Pasaron dos años, y por supuesto, no había vuelto pese a que siempre miraba con ansias el folleto que aquella tejedora risueña me había obsequiado.

Corría el mes de febrero, y una vieja compañera de estudios se encontraba veraneando junto a su familia en la Cumbre, el clima no acompañaba para nada, hacia un frio polar; Y entonces aburridos nos invitaron a pasar el día para amenizar. -

Como somos paseanderos, sin vacilar armamos la mochila y partimos. Una tarde helada pero de hermosa compañía, de infusiones y chipa. Ya al ocaso la invite a mi amiga a aquel lugar de ensueños que tanto había deseado volver a visitar. Y allá fuimos.

Por supuesto que las dos caímos rendidas ante todo lo que nos ofrecían. Gorros, sacos, mantas, hilazas de todo tipo, coloridas, más sobrias, más calentitas, más livianas. Para todo gusto.

Yo sin plata me fui feliz de solo haber visto y ella se fue con una bolsa llena de ponchitos.

Tiempo después, mi amiga y aquella artesana sonriente, siguieron en contacto. Y por esas cosas que tiene la vida, en este mundo que es un espiral donde todo vuelve y nada sucede por casualidad comenzaron a publicar cuentos en un blog del que me hice fan.

Y quiso el azar que una mañana de fastidioso aburrimiento mientras navegaba perdida por la web leyendo cuentos, aquella mujer que abrigo mis días con un tejido circular, con la misma calidez con que me había recibido en su casa tiempo atrás, me invito a escribir, sin darse cuenta que con ese gesto tan simple tiraba de una madeja que poco a poco se fue desenredando y empezó a tejerse una nueva historia. Mi historia como escritora. Mi nueva pasión. Dándole un nuevo incentivo a mi rutina. Un nuevo rumbo, ya no hacia las sierras, sino hacia lo más profundo de mi imaginación.

Y comprendo ahora que en este universo nada sucede porque si, nadie llega a nuestra vida sin motivo, ni se va sin dejar huellas. Ningún destino es fortuito ni esta librado al azar. Ningún encuentro es casual.

Ni la mujer siguió tejiendo, ni mi amiga volvió a escribir. Ya su misión se había cumplido.