Para participar enviá un mail a palabrasenronda@gmail.com Todas las imágenes están extraídas de la red INTERNET

martes, 26 de agosto de 2014

Semi cama


De Graciela Fachal



En vísperas de estas vacaciones invernales, la terminal parece un hormiguero. En casi todas las plataformas desde las que parten los servicios de larga distancia, los viajeros se agolpan para despachar sus maletas.

Muchos estudiantes universitarios, sonrientes y descontracturados, parecen saborear ya estos próximos días en sus casas paternas, disfrutando del levantarse cuando llamen para almorzar, de las comidas caseras y las sobremesas familiares; de los reencuentros con los amigos en asados, mateadas y boliches de sus ciudades de origen.

Mi ómnibus parte con demora. ¡Al fin comienza el viaje!

¿Y la bandejita con el refrigerio? Ah..! No..! Ahora recuerdo que, cuando vine a comprar esta mañana el pasaje, escuché la lejana voz que manaba del parlantito de la boletería y se confundía con los sonidos de los motores regulando: para hoy, a Pehuajó, sólo queda en el semicama de las 21.

Evidentemente, el semicama no incluye ni tan siquiera una semi bandejita que contenga una semi cenita. Y yo sin cenar! ¡Qué macana!Tan ajustada de tiempo llegué a la terminal que no alcancé a pensar en comprar unas galletitas o un algo. Menos mal que levanté de la heladera de casa, una botellita con agua. Pero no importa. Lo que importa es que ya estoy en viaje y que me he ido relajando tras este día tan movido y movilizador que comenzó poco antes de las cinco de la mañana con una llamada telefónica de mi hermano menor.

Parece que la calefacción está al máximo. Y yo con mi manía de vestirme con tantas prendas para evitar padecer las inclemencias del invierno! me quedo en remera mientras veo que otros compañeros de travesía, uno a uno, van haciendo lo propio

Logro una posición cómoda y comienzo a dormirme.

Se encienden las blancas luces, se abre la puerta y sube una pasajera en Brandsen. La bebé del asiento contiguo comienza a expresar malestar y rezonga. Su madre intenta callarla acercándole un pezón a la boquita. Luego de varios intentos infructuosos la desarropa un poco y, finalmente, la pequeñita se prende al seno materno y santo remedio.

Una pareja de adultos mayores se ha dormido plácidamente, a juzgar por los clásicos sonidos que producen.

Me reacomodo y logro conciliar el sueño. Sueño que es interrumpido abruptamente con el encendido de las luces y la voz de uno de los choferes: Saladillo! Veinticinco de Mayo! Bragado!

Cada parada tiene como objetivo la carga y descarga de encomiendas y de algún que otro pasajero. No obstante, en Brabado me bajo, sedienta de bocanas de aire fresco y puro; y para estirar las piernas. Los semi cama no han sido diseñados pensando en la comodidad de quienes portamos

piernas largas ni de quienes pesan por sobre la media de la población.

Oxigenada y elongada, vuelvo a dormirme. Despierto cuando el ómnibus se detiene en la próxima estación terminal. me apuro a abrigarme, guardo en mi bolso la almohadita y desciendo a esperar la entrega de maletas.

- ¿No había una remisería allá, en frente?- le pregunto a una joven que también espera su equipaje.

- Sí. Pero hace mucho que la cerraron. Ahora sólo hay taxis- responde con voz de recién despertada.

- Ah..! hace tanto que no vengo en micro...- me justifico.

Ingreso al edificio, desesperada por algo que calme mi hambre y pregunto en un mostrador-cafetería:

- ¿Tenés galletitas?

- No, señora- contesta la empleada con expresión de "lo siento".

- ¿Algún kiosco por acá?

- No... A esta hora, no.

- ¿La parada de taxis?

- Ahí, a la vueltita.

Le agradezco y salgo a buscar el vehículo. ¡Qué cambiada está la terminal! Pero ahora no estoy como para evaluar las reformas edilicias. Sólo quiero llegar, comer, fumar un cigarrillo y dormir sin que enciendan las luces ni voceen nombres de ciudades.

Al llegar a la parada veo un auto acercándose velozmente. Se detiene.Su conductor baja rápidamente y carga mi maleta mientras subo.

- ¿A dónde la llevo, señora?

- González del Solar 250.

- A ver... oriénteme. ¿Es para el lado del Barrio Obrero?

- No, en el centro... González del Solar- pronuncio con clara dicción y buen volumen.

- Ah..! Para el lado del Parque...- conduciendo como a 80 km por una avenida en la que no se veía otro atisbo de vida humana despierta que no fuese el conductor o yo.

- No..! A ver: Alem, Hernández, González del Solar!- mientras me escuchaba con profunda atención para corroborar que estaba diciendo las palabras correctas y el correcto orden de las paralelas.- ¿Vos no sos de acá???

- Sí, pero no ubico esa calle.

Entonces, alguna de mis neuronas logró hacer sinapsis para elaborar una acertada pregunta:

- Esto es Pehuajó?

- No señora. Es Nueve de Julio.

- No!!! ¿Y yo qué hago ahora acá???

- No sé, señora. ¿A dónde quiere que la lleve?- mientras parecía pisar aún más el acelerador.

- A la terminal, llevame!!! Rápido!!! Antes de que se vaya el micro!!!

- ¿Usted va a Pehuajó?

- Sí!!! Apurate, por favor!!!

Mi desesperación había llegado a su máxima potencia. Me imaginaba tomando café con medialunas en ese mostrador habitado sólo por la empleada de una terminal tan vacía como colmada estaba aquella de la que había partido. Tendría que esperar allí hasta que un nuevo coche, cama o semi cama (ya no importaba), pasara rumbo a mi destino.

Al llegar a la estación, el ómnibus estaba saliendo.

- ¡Hacele seña de luces!!!

Hizo un guiño y se ubicó detrás, marchando en caravana.

- ¡Hacele señas!!!

Otro guiño de luces.

- ¿Tenés bocina???

- Sí.

- ¡Tocale bocina!!!

Tuuut.

Desaforada, bajé la ventanilla mientras demandaba:

- ¡Pasalo!!! ¡¡¡Pasalo!!!

Cuando logró ponerse a la par, saqué mi brazo derecho y lo agité tan fuerte como podía.

El ómnibus se detuvo. Mi taxi, diez metros delante.

- ¿Cuánto es?- mientras bajaba mi valija y le entregaba un billete.

- Veinte pesos. ¿Vio que lo alcancé, señora? ¿Vio que llegamos a tiempo?

- Sí! Gracias!

- ¡Buen viaje, señora!

Veo las risas de los conductores del semi cama. Uno de ellos me dice, a través de su ventanilla abierta:

- Ya nos parecía. En la planilla decía que bajaban dos pasajeros. Y comentamos: ¡Qué raro que bajaron tres!

- ¿Me abre la puerta, por favor?

- Sí ¡cómo no!

Si la planilla decía que bajaban dos pasajeros... ¿a ninguno se le ocurrió decir algo así como... A ver, a ver! Uno de ustedes tres no tiene que bajarse acá. ¿Quién es el que no sacó pasaje para Nueve de Julio?

Así me habrían ahorrado este tamaño derroche de adrenalina!

Pehuajó, 19 de julio de 2014

Otro Tiempo Gozoso





De Carmen Julia Bazán


Algunas veces ¡Cielos! ¡Duele tanto tu ausencia!...

Que si, eterna, mi añoranza con eso se calmase

Aún si obrase impía por siempre La Presencia

¡Con qué gusto arrancara las venas palpitantes!



¿De qué valen la luna, el sol y la belleza?

¡Si todo es deslucido en el corazón sangrante!

Si el milagro del día con su clara nobleza

Eclipsado resulta por tal verdad flagrante.



Hace siglos te espero, aguardo tu regreso

Y la vida transcurre ¡Y la vida se pasa!

Y las horas se escapan como agua, mientras veo

A esta aviesa penumbra invadiendo la casa.



¿Podría negociar una tregua para mi alma?

¡Querer retroceder el tiempo a nuestro cielo!

¡Ay, Dios! Si en la virtud no encontrare la calma

¡Entonces alto precio pagara en el averno!









Hoy es un día negro pero, rebelde el ansia

Se amotina en un trémulo destello de esperanza;

Mas no halla su consuelo, hay sólo intemperancia

Sacrílega orfandad ahogando a su templanza.



Ya no sé si amor fuera este sentir dolido

Que obnubila el recuerdo perturbando mi tino,

Quizás fuese obsesión, resistencia al olvido

¿Lo eterno plasmaría en muerte su destino?



Con las fuerzas que restan de aquel afán partido

Alzaré cada día el estandarte precioso.

Aunque jamás te vea y no encuentre el camino,

Honraré los blasones de otro tiempo gozoso.



viernes, 13 de junio de 2014

Campeones

 



Graciela Fachal


¿Veintiuno es hoy? O le escuché mal al relator ¡Ah… por eso nos hicieron cantar el himno ayer. Me chuparon el martes seis… Entonces… Gooooooool! Gooooool de Argentinaaa..! Gooooool..! Entonces el domingo fue el Día del Padre. ¿Cómo estará el viejo? ¿Cómo estarán los chicos? No entenderán nada. ¿Qué les habrá dicho la flaca? Su panza estará más grande ya… ¿Por qué nos pusieron a ver este partido? ¿Con qué criterio eligieron a los que podemos verlo? Es la primera vez que me bajo el tabique… pero sólo para ver la tele; ningún mirar para los costados o para atrás; si no, ligo… Goooooool..! Goooool de Argentinaaa..! ¡Go-la-zoooo..! Están todos atrás. Me parece que esa es la voz del Turco; lo escuché cuando lo llevaron a Rafa al quirófano: así que vos sos el Rata, a ver si hoy cantás todo lo que sabés, pendejo, si no vas a saber quién es el Turco… El 10 es Kempes… el 14, Luque… Uy, me parece que ese del pulover negro es Hernán. ¿Estará Elsa también? ¡Qué linda estaba la Iso Milano que les compramos! Pero hicimos bien en cambiarla por el Isetta; con un pibe ya y la flaca embarazada necesitábam… Gol... Gol... Gooooooool..! Gooooool de Argentinaaa..! Goooool..! ¡Vamos muchaaachooos..! Ese es Chumpitaz, el capitán de Perú. Ja, el Flaco Menotti; la puta que lo parió! Cómo me fumaría un Parisien… ¿Pablo estará acá mirando el partido? Me parece que lo hicieron mierda. ¿Quién más habrá caído? ¿Alguna de las chicas? Por lo que veo revoleando los ojos, no trajeron mujeres a ver este… ¡Gooooooool..! Gooooool de Argentinaaa..! Gooooool..! Vaaamos Argentinaaa..! ¡Vaaamos muchaaachos que llegamos a la finaaal..! ¿Los chicos y la flaca estarán mirando este partido? ¿Quiénes lo estarán viendo? ¿Dónde estarán? ¡Bien, Pasarella! ¡Cómo se habrán puesto mis viejos! Y mi hermano! ¿Cómo andará la panza? ¿Será nena esta vez? Ay, carajo..! ¿Cómo estarán los chicos? ¿Qué les habrán dicho? Me preocupan sus preguntas … sus temores, quizás terrores… Van a quedar marcados por las huellas de esta angustia, capaz que para toda la vi… ¡Gooooooool..! Gooooool de Argentinaaa..! Gooooool..! Argentinaaa, cincoooo..! Perú, cerooo..! ¡Ya estamos pisando el camino hacia la finaaaaal..! ¡Ya es un sueño cada vez más cercanooo..! Sueño con poder volver a casa… con abrazar a los chicos… los llantos compartidos… el abrazo interminable con la flaca… las caricias a la panza terceriza… Sueño con ser mejor padre y un esposo más compañero, con comer chocolates los tres juntos… Pienso en todo lo que voy a hacer si llego a zafar de ésta… Tengo la sensación de haber estado perdiendo el tiempo; como si no me hubiera dedicado con todas mis fuerzas, o todo mi amor, a la flaca y los chicos… ¿Por qué carajo seguí metido si sabía que la cosa, ahora, no tenía sentido ni salida? ¿Por qué no le di pelota a la flaca cuando jodía con que había que desensillar hasta que aclarara… ¡Mierda! ¡No puedo seguir pensando!!! Se me caen las lágrimas y los mocos y… ¡Gooooooool..! Gooooool..! Goool de Argentinaaa..! Gooooool..! Argentinaaa, seeeeis..! Perú, ceroooo..! Graaandeee Argentinaaa clasificando para la final de este Mundial setentaiooochooo..! Gooooool..! ¡¡Los argentinos nos merecemos esta felicidaaaad!! ¡¡¡Porque los argentinos somos dereeechos y…

Cada Mundial, lo mismo. Recién vi la ceremonia inaugural de éste. En poco rato empezará el partido entre Brasil y Croacia. Estoy triste. Y mis ojos no lloran, por ahora.



miércoles, 11 de junio de 2014

Estoy triste y mis ojos no lloran

De Sheila Acosta Anzalone




Ya lo sabes. Estoy triste y mis ojos no lloran, aunque antes hayan derramado océanos de lágrimas. Mares de llantos compungidos, en tanto pronunciaba mis palabras inútiles. Frases al viento. Sueños hilvanados acerca de lo que no pudo ser, o fue un soplo de segundos. Unos panaderos volando en la tarde ventosa mientras decidía los íntimos deseos. Todos asociados a ti. Esperanzas augurando unas acciones que no llegarían, en tanto te ansiaba arrebujada en el umbral de mi alma.

No, ya no lloro. ¿Para qué continuar haciéndolo? ¿Qué sentido tendría? Los telones ya han caído y las fronteras eran más restrictivas de lo que imaginaba. Nadie pasa por mi corazón, me dijiste, o eso creí escuchar cuando logré descubrir que tenías el peor y más irreductible de los defectos: no te dejabas querer.

Es así de cruda la verdad cuando un conflicto no tiene solución o, a simple vista, parece no tenerla. Y es de una tristeza insondable porque los abismos que nos distancian no saben del amor, o lo saben, pero su pertinaz costumbre a vivir en sombras impiden que mis sentimientos los iluminen. Que les regalen calor en tus noches solitarias, o las mías cuando ya no lloro, o finjo no hacerlo. Sí, claro que sí, emprendo esa ficción para demostrarme, en medio de las lágrimas reprimidas, cuán fuerte soy.

domingo, 8 de junio de 2014

Yeguas, si las hay



Sheila Acosta Anzalone




A ver, pensá: si no te lo digo yo, que soy tu madre, ¿quién te lo va a decir? Ah, claro, claro, me olvidaba que ya eras una mujer.¡Perdón! No tenía en cuenta que la señorita ya estaba tan grande que no necesitaba ningún consejo, ni contar nada, claro. Menos contar con la madre, tanto para ser su confidente como para tenerla informada. Creés que saliste de un repollo, que no hice miles de sacrificios, que no di la vida por vos. Que no tuve jamás, nunca en los veintitrés años que me llevó criarte, más de dos bombachas por vez, y siempre alguna con los elásticos estirados. ¿Corpiños? Al que no se le salía el aro, había que acomodarlo para no andar con una teta al aire. ¡Pero claro! Qué le puede importar a una ingrata como vos, a una caprichosa mal aprendida; porque, enseñada, estás bien enseñada. Al mejor colegio te mandé mientras vivía miles de privaciones, y usaba pincitas vulgares que no me arrancaban ni un pelo. Dale, dale, hacé lo que quieras, no me cuentes nada, así no te tengo que rezongar, que me sube la presión a las nubes, con lo que reventaría en cualquier momento. Ah, ¿que me estabas preparando una fiesta sorpresa para mi cumple de cincuenta? No te digo: cuando hablo con mis amigas les aseguro que sos la hija perfecta, y que saliste igualita a mí. O sea: a mamá, que si no te lo digo yo, que soy tu madre, ¿quién te lo va a decir?

viernes, 31 de enero de 2014

Sheila Acosta Anzalone

No, no lo soñé, fue como te digo. Por qué mentiría. Con algunas cuestiones no se miente, ni se simula, ni se finge, ni se espera la aprobación de lo que no desea ser aprobado. Fue así. Tan así, totalmente así. Nadie, absolutamente nadie puede negarme que fue así. Por supuesto, está claro que resultaría de una inutilidad absoluta explicar lo inexplicable, o entender aquello que, a todas luces, se exhibe incomprensible.
Quien se atreva a asegurar que descubrió los insondables misterios de la vida, podrá hacerlo, pero sus aseveraciones surgirán de su parcial visión. En mi caso, tan humilde y, a la vez, tan soberbio, engreído, inusual, pero muy sincero, sólo me conformo con decir que es posible lo imposible, que se puede añorar lo que no se vivió, extrañar una voz jamás escuchada, o perderse en la mirada que nunca nos vio.
Un ocaso mortecino puede aguardar en cada madrugada, porque el alba es crepúsculo en otras latitudes. Un eclipse total del corazón no es sólo la letra de una ochentosa y bella canción, ni la luminosidad dejada por alguien en su tránsito por el rincón compartido, a veces, por un segundo. Es eso, es un eclipse total, y cada quien sabe de las bellezas únicas e irrepetibles que mueve un fenómeno universal como ese. Cada quien entiende que, una vez que pase, deberá esperar años, quizás siglos, o milenios para que acaezca algo similar. Por eso la necesidad de atrapar los eclipses, como si se pudiera tratarlos cual objetos. Como cosas que perezcan, atadas, a las mezquinas leyes de la propiedad. Así de egoístas somos, así de yoístas sin entender y aceptar, que los asuntos únicos son tan libres como el viento.
Quién puede negar mi vuelo de libertad afirmando que lo soñé, si ya he surgido de la crisálida y muy pronto, en horas se hará la noche.
Quién puede regimentar los sueños cuando son y no son sueños. Quién es capaz de decirme que sólo lo soñé.

viernes, 13 de septiembre de 2013

La carta que no pudo entregar.



  • Había amanecido un día gris. Muy gris. La bruma marina auguraba una jornada de encierro pero Jorgelina, de todos modos, salió. Debía hacer las compras de los ingredientes necesarios para los ñoquis, pues ese día gris era veintinueve.Y ese día del mes, como es bien sabido desde el culto a las  ceremonias gastronómicas, se debe saborear tan sustancioso plato.
     Jorgelina no había prestado mayor atención al contexto climático de otros veintinueve, aunque sí a los recuerdos de aquellos almuerzos familiares con el billete colorido debajo de cada plato. Vertiginosa había sido la devaluación de la moneda argentina durante su infancia, por lo que los billetes de la ceremonia de prosperidad habían sido colorados, violáceos, verdosos y marrones. Todo el grupo de su casa natal disfrutaba de la delicia casera de la madre, quien había estado un buen rato parada en la cocina, para pasar por la tablita de marcado a los confeccionados con papa y harina. Aquellos que luego quedarían embebidos dentro de la boloñesa en que navegaban las hojas del laurel. Al que le quedara una hoja en el plato, le tocaría el turno de lavar los platos, había indicado a la madre que bien merecido tenía un breve descanso.
    A nadie se le ocurría, por esas épocas, desobedecer un mandato materno. Menos, paterno. Eran tiempos en que estos rituales familiares se seguían al pie de la letra. Y la letra de la escuela también era obedecida sin chistar. A pocos se les hubiese ocurrido, décadas atrás, cuestionar a la maestra, contestarle, opinar acerca de su práctica. A menos osados, aún, se les hubiese ocurrido desobedecer al director, o no saber nada para una prueba.
    Jorgelina había sido una buena alumna, pero no una mejor compañera. Era egoísta y competitiva en sus épocas de escuela. Le gustaba jactarse de lo que otros no tenían, y dejar en evidencia a los que poco habían estudiado. Además, no prestaba los útiles, no convidaba a nadie con sus golosinas, y siempre quería destacarse entre los demás. Sus métodos le valían el desprecio de la mayoría de sus compañeros, pero a ella no le importaba. O, más exactamente, parecía no importarle el ser rechazada por los que eran sus iguales durante la jornada escolar. En definitiva y en el fondo, muy en el fondo de sus actitudes mezquinas, ella sabía que ser querida y valorada por sus compañeros era más importante que los muchos felicitados, excelentes y muy bien diez de sus cuadernos y libretas. Llegó el día, primer y soleado día del trabajo grupal. Jorgelina no sabía lo que significaba trabajar en equipo desde la horizontalidad y con un objetivo común. Su yoísmo exacerbado le impedía verse igual a los otros, sus compañeros, pasando del yo al nosotros. No sabía de esas cosas porque se jactaba, se regocijaba luciéndose sola y no entendía cómo se podía disfrutar de la posibilidad destacarse junto a otros. Otros que fueran sus iguales. Y fue el sorteo de la maestra el que decidió con quiénes se reuniría. Con pereza y habitada por la soberbia, fue a reunirse a lo de un compañero. Trabajaron mucho, y ella trató de dejar en claro su papel desatacado en el grupo. Sería la primera en decir, de memoria, su texto que, además, sería el más extenso. Continuarían los otros y ella cerraría la lección con unas menciones que destacaran su lugar en el grupo de estudio.A pesar del esfuerzo se hizo muy tarde y no lograron terminar con las láminas ese día, por lo que acordaron reunirse otra vez, pero en la casa de Jorgelina. Era un veintinueve gris y brumoso, cuando los compañeros de Jorgelina llegaron aún quedaba en el ambiente el aroma inconfundible del tuco de los ñoquis. Marcela, una de las compañeras, valoró con su memoria olfativa ese detalle, y contó que su madre, fallecida un año atrás, hacía una comida que tenía ese olor. Que seguramente habían almorzado ñoquis, agregó. Tobías, el compañero que había sido anfitrión antes, tomó de la mano a Marcela en señal fraterna y otra de las chicas la abrazó. Jorgelina no se dio cuenta de nada porque estaba muy ocupada en jactarse de su posición económica. Su casa era mejor que la de Tobías y las de Mariana y Rosa. Era más grande, más vistosa, estaba mejor ubicada según las imposiciones de la urbanidad.
    Marcela vivía en un conventillo a cargo de unos tíos viejos. Nadie iría hacia allí a reunirse para un trabajo grupal porque quedaba en un barrio de las afueras.
     Marcela se entretuvo, mientras Tobías desplegaba las láminas sobre la mesa, observando unos adornos de cristal de la madre de Jorgelina. La anfitriona, quien si tenía madre que ese día había cocinado unos deliciosos ñoquis, le dijo:
     -Que no se te ocurra robarte nada, ¿eh?Tobías la miró sorprendido, las otras chicas también. Y Marcela, tomando avergonzada su carteritaa escolar de cuero, salió de la casa llorando mientras Tobías corría y desde el cuarto del hermano mayor de Jorgelina se escuchaba Abba en su versión castellana de Chiquitita. Marcela corría y en la casa de la mezquina que no prestaba los útiles ni convidaba golosinas quedó flotado la frase “Chiquita no hay que llorar, que las penas vienen y van y desaparecen…”.
    El día de la lección Marcela no fue, tampoco los días siguientes por lo que la maestra no reprogramó más el lugar del grupo y Tobías dio la parte de la que se fue llorando, herida por una ofensa.
     La bruma lo invadía todo y el auto de Jorgelina tuvo un desperfecto. Dado el ruido y el aumento intempestivo de la temperatura, supuso había sido el corte de la correa del alternador. No andaba nadie por la costanera con ese tiempo por lo que, resignada, salió caminando a pedir auxilio. Pocos metros había transitado cuando un auto se detuvo junto a ella. La conductora le habló, era Marcela. Tantos años habían pasado y se la podía reconocer por la sonrisa franca que revelaba algo de tristeza y mucho de sinceridad. Llevó a Jorgelina hasta un taller y luego a su casa, cuando el auto quedó en manos del mecánico. Ya se despedían y Jorgelina se animó:
     -Marcela, te escribí una carta el mismo día en que te ofendí-le tembló la voz y agregó-sé que hice algo horrible, imperdonable. Escribí una carta pidiéndote disculpas, pero no me animé a dártela. La guardé durante muchos años.-¿La tiraste?-preguntó su interlocutora, emocionada. -No. La guardé en una caja junto a los adornos de cristal de mamá, ¿te acordás?
     -De tu mamá me acuerdo, cómo no, era una gran mujer. De lo otro no, ya pasó, Jorgelina. Fueron cosas de la infancia. No te preocupes, ya lo había olvidado.
    Se abrazaron, fue un largo y apretado abrazo el que las halló reunidas en un día tan gris como el de antaño y, cuando Marcela se subía a su coche, Jorgelina le dijo:
     -Esperá, con lo del auto voy a cambiar el menú y pasar lo planificado para esta noche ¿Por qué no venís a cenar? Voy a cocinar unos ñoquis como los que hacían nuestras madres.-Ni loca me perdería esos ñoquis, compañerita- respondió, mientras los hoyuelos de su sonrisa franca de tres décadas atrás le mostraban, a la que había sido cruel, que había una oportunidad para reivindicarse.

    Sheila Acosta Anzalone.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

PALABRAS AL VIENTO

Sheila Anahí


Te escribo, a pesar de nuestra ruptura irreversible, te escribo. A pesar de la decisión, elucubrada decisión de no enviarte mis cartas, te escribo. Si alguna vez te las hubiese enviado, quizás, regresarías a mí como aquel personaje de Crónica de una muerte anunciada, que volvía al encuentro de la que lo amaba como si no volviera. Como si las décadas hubieran sido segundos. Llegaba viejo, cansado y derrotado pero con las cartas sin leer, los sobres sin abrir. Antes de pasar por eso, por la insondable tristeza de condenar mis palabras a la indiferencia y el olvido, prefiero escribirte para mí, decirte que no importa, ya, lo que fuimos, lo que somos, lo que seremos. Lo que realmente importa, y esta es la mayor verdad que abrazo por estos días, mi mayor certeza, es lo que provocó en mí la necesidad de escribir para vos como si fuera para nadie. Esa necesidad me condujo a crear sin límites, me pemitió inventar un mundo nuevo en el que cualquiera puede habitar si se propone dar infinitas interpretaciones a lo que no nació para ser interpretado. No sólo puede habitar mi mundo aquel a quien escribí mil cartas monotemáticas, cartas sin sentido que se esmeraban en decir lo que, en cualquier idioma, ocuparía unas pocas palabras: aún no te he olvidado.

martes, 10 de septiembre de 2013

UN AMOR DE OFICINA

 De Emi Tudi



            
 Le escribo sabiendo que nunca enviare esta carta…por obvios motivos, usted no sabe que existo y yo no sé su dirección…
Le escribo estas líneas sabiendo que nunca las va a leer, pero no me importa, porque quiero que sepa que cada mañana me enfundo en mis mejores galas solo para colgarme por la ventana a verlo, con la vana esperanza que mientras habla por teléfono levante su vista y de pronto me vea.
Cada medio día, me almuerzo la angustia de que no ha mirado ni siquiera un segundo hacia mi ventana, y al caer la tarde bajo la persiana con el anhelo  de que quizá lo hará mañana.
 Quisiera que sepa que no soy de esas locas que se obsesionan con un desconocido, pero desde que usted se ha mudado a ese edificio que linda con el mío, mis días han cobrado vida, me despierto cada mañana con una sonrisa pensando en usted, y casi me he olvidado de cuan miserable eran mis jornadas en este trabajo que odio.
Solo agradecerle, que ha devuelto a mi cotidiana rutina la ilusión y que desde su llegada ha vuelto a entrar el sol en este cubículo frio en el cual trabajo 8 largas horas de mi hastiosa vida.
PD: Por si acaso algún día esta epístola llega a sus manos, y si solo por casualidad usted decide levantar la vista de puro curioso, mi ventana es la del séptimo piso, tercer cuadradito (al medio), tiene un macetero con una plantita que solía estar seca, pero que esta brotando otra vez desde que la riego a diario. Saludos cordiales, Maria…

lunes, 9 de septiembre de 2013

La carta que no envió

 De Sheila Acosta Anzalone

 Era un septiembre ventoso pero cálido, y Silvia organizó la ropa del placard. Ahí estaba ese pantalón biege amantecado que le cerraba, con suerte, y luego de unas destrezas gimnnásticas: acostada sobre la cama a los fines de subir el cierre.
-Lo uso igual- se dijo, y sacó unas botitas color camel que combinaban perfecto.
Vestida mejor que otros días, salió para su trabajo en la escuela. Varias compañeras ponderaron el pantalón y las botas y ella se regicijó valorando el esfuerzo del cierre contra el rollo. Pero algo no planificado e irregular, justo en contra de ella, que era tan regular, sucedió. Estaba escribiendo sobre el pizarrón unas consignas, mientras los alumnos terminaban una guía, cuando sintió que la elección del pantalón, dado el color, no había sido la acertada. Sabía que se había manchado, lo sabía y esperó hasta que culminara el recreo para pasar desapercibida. No quería ir para el baño, que quedaba cerca de la sala de los docentes. Cuando logró llegar supo que la situación era más trágica de lo que suponía. Recordó esa primera vez de la que sabía vendría una vez al mes, según los anticipos maternos. La madre no le había anticipado que justo en el cine le iba a pasar lo que le pasó, manchándose la babucha rosada casi hasta llegar a las skipy fucsia, aquellas sandalias de plástico con tiritas cruzadas como las franciscanas. Había sido el estreno de Elliot, mi amigo el dragón, que andaba socorriendo a los chicos en problemas, y ella, justo ella necesitaba por esos momentos que la socorriera algún bicho volador, pero se tuvo que conformar con atarse, en la cintura, el pullovercito de bremer bordó.
Y ahí estaba Silvia, tres décadas después del recordado papelón, tratando de salvar ese nuevo. En la sala había una sola docente que pudiera ayudarla. Se había quedado después del recreo, con permiso de la directora, porque estaba totalmente afónica, y en los inicios de su carrera no podía pedir licencias. Llevando su cuaderno Arte para el baño, y con una comunicación en la que ella como emisora hablaba y su receptora, al intercambiar el rol, contestaba con gestos, Silvia inició su pedido de socorro. Escribió una esquela dirigida a una preceptora y se la dio. La notita, decía.
-Sonia, vení hasta el baño. Es urgente.
Minutos después la afónica devenida en paloma manesajera regresó con una notita que decía:
-¿Qué pasa?
Silvia volvió a escribir, encerrada en el baño.
-Me manché toda, busquen a Laura, que vive a dos cuadras y es más o menos como yo, para que me mande un calzón y un pantalón.
La paloma mensajera volaba con las esquelas de un lado a otro:
-Y sabiendo que te venía te pusiste un pantalón clarito, si serás boluda, nena. Laura no me atiende. Decime de otra.
-Ana Zuñiga, podría hacer-escribió en otro trozo de hoja sobre el cuaderno Arte apoyado sobre el lavatorio del baño.
La paloma mensajera, la profe muda en forma momentánea, iba con la nota y volvía con la respuesta.
-¿Le digo que te mande culquier cosa?
-Cualquier cosa, no-contestaba, enojada, Silvia-si me manda una calza de goma como la que usó Olivia Newton Jones bailando funky con Travolta, seguro no me va a entrar. O sea: ¡que me mande algo que me entre! De Fiebre de sábado por la noche, no.
Cuando leyeron esa respuesta, las que leían las notas de la atacada por la tragedia mensual, comenzaron a debatir y la interlocutora de Silvia, en la cadena de mensajes en papelitos, escribió.
-Che, acá dicen que la de Fiebre de sábado por la noche no era Olivia, que era una morochita de pelo corto. Acordate, che, la vimos en el super ocho de Rosita Bandeira.
Cuando Silvia leyó esa última respuesta se terminó de enfurecer. Sin sacar la hoja del cuaderno Arte, escribió una misiva insultante, amenazante, plagada de palabrotas y vituperios. Entre las madres, hermanas y abuelas meretrices de las que debatían sobre las películas de Travolta, había sugerencias de relaciones zoofílicas con los burros y otras obscenidades más. Ya estaba por abrir la puerta del baño, nuevamente, para darle la misiva a la paloma mensajera de ese día, cuando reaccionó, rompió la hoja en varios pedazos y la tiró al inodoro. Luego, tratando de serenarse, escribió:
-Cómo las quiero, chicas, pídanme, por favor, un remís, y me madan avisar con la muda cuándo llega. Gracias por todo.
Después de entregar la última nota, se ató el saquito marrón, en la cintura, como otrora lo hiciera con el pullover de bremer mientras entendía que ni Elliot, la salvaría y esperó que, por lo menos, el remisero no se pareciera a Travolta