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jueves, 24 de noviembre de 2016

JUNTOS COMO LAS HORMIGAS/ EL ENCUENTRO



La Avenida Argentina se veía muy ancha y luminosa. El viento movía las ramas de los álamos y al cruzarse, parecían darme la bienvenida. Cuando el asfalto ya terminaba, se desplegó a mi derecha el golf de La Cumbre, con sus onduladas mantas verdes y allí, pegada, con un jardín prácticamente compartido, se apareció Links House.
A lugares donde la gente mayor va a vivir, dejando su casa y su gente, se los llama en general, hogar de ancianos, asilos, casas de retiro, de descanso y un listado de acepciones que los empresarios y los parientes culposos,   tratan de crear para hacer parecer atractivo y feliz algo que, social y culturalmente por nuestras tierras, está sentenciado a no serlo. Este lugar, no lleva ninguno de esos sustantivos pues no los necesita. Es Links House.
Hacía dos meses que yo estaba sin trabajo lo cual me había provocado una bajada importante de la autoestima. No hay nada más corrosivo que tener pena de una misma. Decidí que urgentemente, debía dejar de mirarme así y salir de ese foco infeccioso. La manera? Mirar alrededor y observar quién te puede necesitar. Obviamente que siempre están los más cercanos, mis cinco hijos, mi esposo, mi familia pero… está bueno inaugurar nuevos roles con nuevas personas.
No pasó mucho tiempo sin que lo encontrara.
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La tía de mi marido, luego de vivir una tragedia que se llevo la vida de su hijo y su nieta de catorce años queridísimos por todos,  se encuentra en esta residencia a la cual entré esa mañana, con la esperanza de sacarla del cuarto y hacer que conociese a las otras personas mayores que, como ella, estaban transitando este período especial de su vida, en un mismo lugar. Leli, así se llama esta fuerte mujer de ochenta y siete años, pasa todas las horas del día sentada en un cuarto, en el sillón que llevaron de su living, donde siempre estaba pasando las horas. No quiere salir, no quiere ni siquiera comer en el comedor junto a los otros huéspedes. Cuando tiene la oportunidad, habla decididamente sobre un pronto retorno a su casa. Pero ya no puede vivir más sola. Necesita gente que la cuide y sepa hacerlo. Ya no está su hijo. Sus nietos viven lejos. Aunque ella no lo sienta, está más frágil que nunca, se puede caer, quebrar, lastimar.  Es muy doloroso esto también para ellos, los hijos de su hijo. Viven todavía el desgarro impiadoso de la partida abrupta de su papá y su hermana y también el desprendimiento de su abuela, su casa, su vida de nietos. Es mucho.

Durante el último mes y medio, había estado yo, visitándola. Me iba con mi tejido y simplemente la acompañaba mientras le relataba mi cotidianeidad, lo que había preparado de cenar, las actividades de los chicos, los cambios en el pueblo, los precios del supermercado, el punto irlandés que saqué para un suéter y todo lo que se me venía a la mente. Incluso lleve mi tablet, pues pensé que podría ser entretenido que viera fotos provenientes de Facebook, así le graficaría mejor las historias de la familia. Fue divertido porque cuando hacía referencia a algún conocido del pasado, ahí ibamos a curiosear si existía el hijo, el nieto o el pariente que tuvieramos la suerte de encontrar vivo y activo en una red social.

 Siendo yo la mayor de siete hermanos, siempre tengo alguna novedad sobre alguno y eso me ayuda a empezar la visita con noticias de la actualidad. Buscando intereses y motivaciones, me dí cuenta que le encantaba darme recetas de cocina, las torrejas de pan, la mayonesa casera, los huevos rellenos, el pionono, la crema pastelera con caramelo, el secreto de las papas fritas al horno…y entonces decidí preguntárselas muchas veces, todas las que fueran necesarias si veía que al responderme, se le iluminaba la cara.  Cuando eso sucede, levanta la mirada vivaz y vuelve a sonreír con los ojos enmarcados de ternura y regresan los  gestos propios, esos que te dibujaron las decisiones y los sentimientos que generaste en la vida…así como la última pena sin nombre.
  Un día, le anuncié que iría a almorzar con ella, al comedor de Links. Llegué y estaba cambiada, lista para “salir”.  Entramos del brazo. Varias mesas esperaban con manteles estampados con pequeñas rosas y armoniosos floreros. Sentí que continuaban las bienvenidas, pues nos esperaban con flores. Los demás ya estaban acomodados. Nos sentamos y la comida fue servida por una chica simpática y prolija. Leli me dijo: -pobrecita, viste cómo cojea… tiene un problema en la pierna y sin embargo trabaja de pie. Así era.
 Mientras ella comía, yo hablaba, intentando bajar mi voz cuyo tono naturalmente, es muy alto. En compensación con el énfasis que pongo en el volumen, mis brazos comenzaron a moverse al compás de mis relatos y, en un instante en que desvié la mirada, me dí con una escena que cambió la perspectiva de mi presencia en ese lugar. Sentados en sus respectivas mesas, individualmente,  cubiertos en mano frente a su plato,  estaban dos ancianos mirándome con los cuellos erguidos,  escuchando con concentrada atención lo que yo estaba contando. Parecían los suricatas de las peliculas de Disney que ven mis chicos. Apenas advirtieron que yo los había descubierto “pispeando”,en pleno acto de curiosidad, bajaron las miradas y siguieron comiendo. Inmediatamente supe que había otros a quienes podía acompañar con mis palabras y que reunirme con ellos, convocándolos con la lectura de algun cuento, sería una buena herramienta para mostrarle a Leli que ese lugar, no era un hospital, no era un internado ni un asilo, ni una cárcel. Ese lugar puede ser su nuevo hogar.  Mi intento a partir de alli sería ese.
Ese mismo día, al retirarme, le mencioné la propuesta a la coordinadora de Links. Fue muy amable y aceptó con entusiasmo mi propuesta, de inmediato. Acordamos un día. Yo iría a leerles cuentos.
Sali feliz. Ya habia encontrado el lugar donde realmente podría servir.

                                                                                                           Nati Spina

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